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Álter eco

¡Ni el bolsillo ni el sexo! Los economistas no encuentran la fórmula de la felicidad

Economía

Por   | Para LA NACION

Los economistas son tipos de suerte: lo hacen con modelos. En la página web de Finlandia JokEc hay decenas de chistes y anécdotas sobre esta disciplina y el sexo, como el de la frase anterior. Son humoradas que tienden, en general, a burlarse de las habilidades amatorias de los economistas.

Por ejemplo, en el sitio se cuenta una historia, reinvindicada como real, que afirma que en Boston las prostitutas locales aprovechan para tomarse su semana de vacaciones cuando se organiza allí la convención anual de la asociación que agrupa a los académicos de la denominada ciencia sombría.

Lo cual no quiere decir que el sexo no esté presente en investigaciones económicas. El caso más reciente al respecto es un trabajo, aún inédito, realizado por economistas argentinos, que releva por primera vez la totalidad del universo de datos duros de los últimos 20 años sobre felicidad y bienestar emocional en la Argentina. Este estudio, escrito por los economistas Pablo Schiaffino, de la Universidad de Palermo y de la Di Tella; y Martín Tetaz, de la Universidad Nacional de La Plata, sostiene una afirmación provocativa: que el sexo no hace la felicidad. "Nos sorprendimos al hallar un resultado acerca de la relación entre el sexo y la felicidad que no estaba presente en al literatura acumulada sobre el tema", contaron Schiaffino y Tetaz a LA NACION, "la gente que es muy activa en su vida sexual, pero que no está sentimentalmente involucrada, no reporta mayores niveles de bienestar emocional que aquellos que no hacen el amor habitualmente, o que ni siquiera tienen citas".

Para llegar a esta conclusión -entre muchas otras-, los economistas relevaron 28 años de series estadísticas sobre la felicidad de los argentinos. Cubrieron cinco mediciones de la Encuesta Mundial de Valores y tres ondas de la de Gallup-Universidad de Palermo (dos de 2011 y una de 2012). "En promedio, los argentinos somos más felices que en 1984, aunque la tendencia registrada no fue la misma en todo el país", concluyeron. Mientras que en la ciudad de Buenos Aires la suba fue gradual e ininterrumpida, en el Gran Buenos Aires y el resto del país se registró un bajón a mediados de los 90 y una posterior recuperación.

En 1974, el pionero de la economía de la felicidad, Richard Easterlin, descubrió un resultado intrigante. La "Paradoja de Easterlin" estableció que tiende a haber poca correlación entre el nivel de ingreso de las personas -o de los países en su agregado- y el bienestar emocional de la población. En las décadas posteriores, el resultado se relativizó: el consenso actual es que la felicidad aumenta con el dinero hasta un nivel de necesidades satisfechas, y luego la elasticidad ingreso se desvanece. El trabajo de Tetaz-Schiaffino corroboró la paradoja para la Argentina: la serie de felicidad muestra muy poca correspondencia con el ciclo financiero de los hogares en los últimos 28 años.

Otro resultado extendido en la economía del bienestar emocional es el de la "forma de U" que muestra, por lo general, el ciclo de vida de la felicidad. Somos muy alegres en la juventud, y luego, por distintos factores (exceso de trabajo, hijos chicos que demandan tiempo y por lo tanto menos espacio para actividades placenteras) la felicidad cae en picada, hasta un nadir entre los 40 y y los 45 años. Más adelante, se recupera. En la Argentina, Schiaffino y Tetaz comprobaron esta parábola, pero descubrieron que el aumento de bienestar emocional a los 50 no llega a "empatar" la alegría reportada en la juventud. A nivel gráfico, la curva de la felicidad en la vida de los argentinos muestra una sonrisa ladeada. Una curiosidad: el antropólogo experto en sonrisas David Rulicky sostiene que la forma de reírse típica de los argentinos es justamente esta: no se levantan en paralelo ambas comisuras de los labios. Una sonrisa canchera, tanguera, algo gozadora.

El estudio de los economistas de la UNLP, UP y UTDT halló también una baja vinculación entre los niveles educativos y la felicidad reportada. Tampoco fueron significativos los coeficientes de correlación con la cantidad de hijos y el bienestar emocional, aunque tener un solo hijo registró un impacto levemente negativo.

En general, la gente que muestra una vida social activa (que se ve en forma frecuente con amigos, que participa de actividades grupales) es más feliz que quienes no lo hacen. "Definitivamente, el comportamiento pro-social da mejores dividendos, en términos de bienestar emocional, que un alto nivel de ingresos", sostienen los economistas. Al respecto, esta semana se conoció un paper de John Helliwell y Haifang Huang, difundido en la serie del NBER, que afirma que "las amistades online producen menos felicidad que las amistades offline, de la vida real". El trabajo se titula "comparando los efectos de felicidad en amigos online y reales".

Así que, para lograr una inyección de bienestar fresco, reconfortante y genuino, nada de chat. Schiaffino y Tetaz descubrieron que tampoco lleva agua para este molino tomar medicación psiquiátrica -aunque los estresados son menos felices que los relajados-. Y ya vimos en el inicio de la nota que la actividad sexual también es relativa para estos menesteres. ¿Qué nos hará realmente felices a los argentinos? ¿Ver a Tinelli? ¿Recibir a la Fragata Libertad con un show de Choque Urbano? Los economistas no convencionales ya están trabajando para dar pronta respuesta a este dilema.

Sentirse bien, una decisión

  • Falta emoción
    Según una investigación, las personas sexualmente muy activas que no involucran sentimientos no tienen mayor felicidad que quienes no hacen el amor
  • Más sonrisas
    El estudio concluyó que los argentinos somos más felices que en 1984, aunque hay diferencias regionales
  • Sin vinculación
    Diferentes informes muestran que hay una baja relación entre los niveles educativos o entre la cantidad de hijos y la felicidad
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