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Lo mejor del espíritu de Mayo

Hace doscientos años la Asamblea de 1813 anticipó los rasgos morales de la nacionalidad consagrada en 1816 y estableció normas que arraigarían en la organización definitiva del país con la Constitución de 1853/60

Jueves 31 de enero de 2013

El Congreso y el Poder Ejecutivo se han aunado en la decisión de que hoy sea feriado nacional en conmemoración del bicentenario de la Asamblea General Constituyente de 1813. Han invocado el papel soberano de que se invistió a la asamblea, el origen popular de su configuración y la vocación que manifestó por los valores de libertad e igualdad.

Cómo no estar de acuerdo con todo esto, y celebrarlo, pese a que la asamblea se abstuvo de cumplir con los dos objetivos que habían movilizado al convocarla las expectativas generales: como mandato expreso, que dictara una Constitución provisional, y como cuestión más difusa, que declarara la independencia de España de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero hizo mucho, y bien, como se verá.

Hace doscientos años esta asamblea anticipó los rasgos morales de la nacionalidad consagrada en 1816 en Tucumán y estableció preceptos que arraigarían en la organización jurídica definitiva del país con la Constitución de 1853/60. Ahí está lo sustancial de los trabajos que el cuerpo realizó bajo presidencias sucesivas, desde la primera, la de Carlos María de Alvear, personalidad aristocrática y ambiciosa, y fama de engreído. ¿Pero cuánto más podía esperarse de alguien que había llegado a posiciones de indiscutible poder con entorchados militares y apenas 23 años? Demasiado joven, si se lo parangona, que también serían de poca edad, con los 37 años de Avellaneda y de Roca o con los 41 de Mitre, cuando asumieron la presidencia de la Nación.

Por iniciativa de Alvear, uno de los primeros pronunciamientos de la asamblea fue disponer, a partir del 31 de enero de 1813, la libertad de vientres y que los hijos de esclavos nacidos desde esa fecha fueran tenidos por libres. Se procuró ir más lejos, con la declaración de que desde el 4 de febrero serían libres por igual los esclavos que se introdujeran en las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero la delicada situación con Portugal obligó en este punto a retroceder.

El 21 de mayo, la asamblea prohibió el "detestable uso de los tormentos para el esclarecimiento de la verdad e investigación de los crímenes" y ordenó que se inutilizaran en la plaza pública los instrumentos del rigor. Comisionó para ese menester al verdugo, oficiante al que contemplaba el presupuesto estatal. Con igual espíritu, prescribió el cese de los castigos corporales -entre cinco y treinta golpes "en las partes blandas"- que se propinaban en las escuelas a quienes resquebrajaran el orden.

La asamblea abolió el mayorazgo, por el que se mantenía la unidad de los bienes de familia generalmente en cabeza del hijo mayor. También suprimió la mita y los yaconazgos, sobre trabajo gratuito de indios en minas, en el primer caso, y en campos de laboreo agrícola, en los segundos, como los servicios personales, que obligaban a los aborígenes a realizar tareas en casas, y las encomiendas, que les hacían pagar tributos.

El principio de igualdad, tan asociado a las influencias de la Revolución Francesa de 1789, se ratificó con la prohibición de exhibir signos o distintivos de nobleza en la fachada de los edificios y la orden de dar por extinguidos "todos los títulos de condes, marqueses y barones". Como exteriorización de los atributos de un Estado cuya autonomía no se atrevía a proclamar, la asamblea dispuso declarar el 25 de mayo fiesta cívica, crear el escudo -bien que sin las bayonetas y los cañones que se le agregarían en tiempos de Rosas-, acuñar moneda, legislar sobre el régimen judicial y adoptar el himno, a cuya letra de Vicente López y Planes puso música el organista de la Catedral, Blas Parera. Se logró así que el sentimiento nacional tuviera eco en una expresión cadenciosa, emotiva y solemne, y la gente entonara "?Oíd el ruido de rotas cadenas?", aunque absteniéndose de protocolizar esa percepción auditiva, tanto porque hasta allí lo aconsejara la prudencia política como porque la generación de Mayo aún estaba haciendo, según Luis Alberto Romero, "la Revolución sin saberlo".

La palabra seca y precisa de Juan José Paso, tan distante del estilo ampuloso y arrebatado de la época, no porque fuera revolucionaria sino porque así se arengaba de ordinario, había fijado, al inaugurar las sesiones, el sentido de la convocatoria: se trataba de remediar el "paso vacilante" de casi tres años de revolución "por falta de un plan que trazara las rutas de nuestra carrera y destino". En su condición de presidente del Segundo Triunvirato, Paso pidió que se actuara en consecuencia.

La organización nacional estaba en 1813 demorada. Con carácter local, un núcleo de esencias constitucionales había sido propuesto por el Cabildo de Buenos Aires y votado por el vecindario el 25 de mayo de 1810. Cabe preguntarse cuántas veces se han cumplido los postulados de esa jornada memorable. "La Junta -dice el acta- ha de celar (sic) sobre el orden y la tranquilidad pública y la seguridad individual de todos los vecinos, haciéndose responsable de lo contrario". O se podría indagar por la suerte efectiva de otras reglas que acordaron los cabildantes, como las de que la Junta Provisoria quedaba, como cuerpo ejecutivo, excluida del poder judiciario, pero obligada a rendir cuentas "todos los días" del estado de la administración de la hacienda.

En aquella constancia se expresa que el vecindario había votado para que se invitara a los demás cabildos a designar representantes a un congreso "para establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente". Mitre dio tal significación a lo convenido que fincó en el 25 de mayo los orígenes constitucionales del país. Otro tanto han dicho maestros contemporáneos del Derecho, como Segundo Linares Quintana.

En los finales del Primer Triunvirato, y bajo la inspiración de Bernardino Rivadavia, se había convocado a villas y ciudades a fin, entre otras cosas, de que "formada y sancionada la constitución del Estado, señalase la ley al gobierno los límites de su poder". Esa otra asamblea llegó a reunirse, pero de tal manera lo hizo en medio de controversias sobre la legitimidad de las elecciones realizadas y el predominio que Buenos Aires se había reservado en relación con el total de los congresistas, que una conspiración comenzó a tramarse. Hacía pie en grupos civiles que se consideraban continuadores del pensamiento de Mariano Moreno, cuyas relaciones con Rivadavia habían sido, por así decirlo, como algunas que cualquiera puede observar a diario: gentes que piensan bastante igual, pero sienten de diferente modo.

Los morenistas encontraron permeabilidad para sus propósitos entre los elementos militares ansiosos por neutralizar las reyertas que empantanaban el denuedo por organizar una fuerza que asegurara el éxito frente a los realistas. Así se produjo el alzamiento del 8 de octubre de 1812 contra el poder colegiado en el que prevalecían Rivadavia y su cofrade, el general Juan Manuel de Pueyrredón. Su desprestigio se había acelerado con el triunfo de Belgrano en Tucumán, después de haber desobedecido el general y abogado la conminación de ese Primer Triunvirato de que retrocediera con sus tropas a Córdoba para cubrir mejor a Buenos Aires.

La mañana del 8 de octubre aparecieron en formación en la Plaza de la Victoria el Regimiento de Granaderos a Caballo, con su jefe, el coronel José de San Martín, secundado por Alvear; el Regimiento de Artillería, al mando del comandante Manuel Pinto, y el Regimiento 2 de Infantería, a cargo del coronel Francisco Ortiz de Ocampo. Eran vitoreados por una multitud que pedía la disolución de la asamblea convocada por Rivadavia y que el Cabildo reasumiera el mando político. Los cabildantes se atuvieron a la fuerza de los hechos y resolvieron que en noventa días se reuniera una nueva asamblea "con todos los poderes que quieran darle los pueblos". Cayó el Primer Triunvirato; asumió el Segundo, integrado por Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte.

Así como en la historia legendaria de las fraternidades secretas en la Argentina el GOU o Grupo de Oficiales Unidos aparece como el grupo movilizador de voluntades de la revolución fascista de 1943, de la que participó Juan Perón en grado eminente, a la Logia Lautaro se le ha conferido el papel rector en la sublevación de 1812. Vicente Fidel López ha descripto ese golpe cívico-militar, en la Historia de la República Argentina , como producto de "la alianza del liberalismo oligárquico con el militarismo liberal".

Más apropiado sería, tal vez, interpretar que muchos actores de este suceso habían surgido, como suele ocurrir con las vanguardias revolucionarias, de entre los sectores dominantes de la sociedad preestablecida, con recursos individuales preparados para el pensamiento y la acción. Todos eran refractarios a la autoridad colonial que había desconocido de qué forma los ideales de la Ilustración, de las revoluciones norteamericana y francesa y los consiguientes fenómenos constitucionales y legislativos se habían encarnado entre los criollos. Además, éstos sentían muy en serio que había llegado la hora de estimular la producción local por el comercio ultramarino. En suma, a partir de un mismo liberalismo compartido por casi todos los hombres enfrentados por los hechos de octubre de 1812, la diferencia estribaba en que los vencedores se identificaban con un radicalismo revolucionario más enfático que el de los derrotados. Nadie representaba mejor a los primeros que uno de los redactores de la Gazeta, el apasionado Bernardo Monteagudo, jefe, además, de la Sociedad Patriótica.

Tres días después de inauguradas las deliberaciones, San Martín triunfaba en San Lorenzo sobre los realistas que habían desembarcado en la costa próxima. Cuatro meses antes, Belgrano había vencido a las fuerzas del antiguo orden en Tucumán, y volvería a hacerlo en Salta, el 20 de febrero de 1813. Si por momentos había signos de alivio y de esperanza en la afirmación de los ánimos patriotas, en otros cundía el sobrecogimiento por las vacilaciones que campeaban y veían traducirse en derrotas militares: Vilcapugio, Ayohuma? O por las amenazas que desde Montevideo advertían de la urgencia por contar con una flota de combate.

Se legislaba, en un sentido, con vocación por una dirección histórica hacia el progreso, como cuando se declaró "completamente libre la exportación y comercio de los cereales", asunto mayor en la actualidad a raíz de la involución perpetrada por el mismo gobierno al que ninguna nueva superstición ha disociado, felizmente, del fasto de hoy. En otro sentido, aquellos asambleístas estaban en exceso distraídos, como era inevitable, por las rencillas internas y por cuestiones más graves de la realidad inmediata, tanto internas como del exterior. Entre las últimas, los historiadores han anotado el ocaso de los ejércitos napoleónicos, que tanto habían perturbado a España.

Con el país en guerra, con los preparativos para la restauración de 1814 del antiguo régimen español que devolvería a Fernando VII a la Corona y la metrópoli reanimada en la voluntad de recuperar los bienes perdidos en América y salvar los otros que pudieran escamoteársele, la asamblea tomó una medida draconiana: imponer un empréstito forzoso para costear la escuadrilla con la cual habrían de batirse los argentinos. Dispuso que el gravamen excepcional rigiera "sin afectar fuentes de riqueza nacional" e "hipotecar las rentas generales" como garantía del reintegro de esos fondos.

Dificultades por doquier harían rendir la asamblea a lo que se había negado en sus primeros pasos, aun sabiendo, desde los prolegómenos del alzamiento al que debía la existencia, que los golpistas aspiraban a una mayor concentración del poder. Primero, la asamblea había confirmado al triunvirato presidido por Paso como órgano ejecutivo de gobierno, pero en enero de 1814 terminó por instituir un gobierno unipersonal. Convirtió en director supremo de las Provincias Unidas a Gervasio Posadas, que se había turnado con Alvear, su sobrino, en las primeras presidencias del cuerpo.

Tampoco la asamblea siguió una línea recta en la interpretación de su representatividad. José Luis Busaniche, en su Historia Argentina , dice, desde la perspectiva federal, que la convocatoria a constituir un congreso constituyente había sido dirigida "a los pueblos" para que éstos votaran quiénes serían sus representantes y que tal condición se había desnaturalizado al rechazarse los poderes de los delegados de la Banda Oriental. Éstos habían venido a Buenos Aires con instrucciones terminantes, impulsadas por Artigas, de romper con la Corona y de no admitir otro sistema de gobierno que el de una confederación.

En ese punto crucial también fue Alvear quien tuvo la palabra. Alegó que una vez elegidos, los diputados del pueblo lo eran de la Nación, y mal podrían, por lo tanto, "votar en comisión". Prevaleció con él la visión unitaria que marcaría el destino inmediato del Estado en gestación.

Queda por examinar uno de los capítulos complejos en el funcionamiento de esta asamblea de 1813, cuyo primer acto, antes de instalarse en el solar de la calle San Martín, que había sido del Real Consulado y es hoy del Banco de la Provincia, fue asistir en la Catedral a una misa y tedeum para impetrar por el destino de la tarea encomendada. Un número considerable de los miembros eran clérigos: Francisco Javier Argerich, Valentín Gómez -"hombre de Estado y de parlamento, más que hombre de altar", según López, el historiador-, Ramón E. Anchoris, Pedro I. de Castro Barros, Pedro Vidal, Juan Dámaso Fonseca, Juan Gregorio Baigorri, Mariano Perdriel?; si hasta Posadas era notario del Obispado. Sin embargo, el sentimiento y los intereses nacionales prevalecieron en aquellos religiosos por encima de la obediencia comprensible con el gobierno eclesiástico reglado desde Roma. Vicente Fidel López observa que la Santa Sede había hecho llamados a la rebelión contra el régimen criollo.

Así las cosas, la asamblea dispuso que las relaciones con la Iglesia se regularan, con excepción de las cuestiones de dogma, "por principios y conveniencias de las naciones". Ordenó que las comunidades religiosas quedaran, mientras no se dispusiera lo contrario, "en absoluta independencia de todos los prelados existentes fuera del territorio del Estado". Suprimió, al igual que lo habían hecho las cortes liberales de Cádiz en 1812, el Tribunal de la Inquisición. Al nuncio apostólico, que residía en España, le prohibió ejercer acto alguno de jurisdicción. Y legisló, en acto sorprendente, sobre bautismos: con un prurito que hará pestañar más a los pediatras que a los religiosos y juristas que lean esto, los asambleístas quisieron que las abluciones sacramentales se hicieran con agua tibia, no fría, para no agitar a los infantes.

Las actas originales de la asamblea están perdidas, pero es posible hallar, en alguna librería de viejo, El Redactor del Pueblo . En 98 páginas, editadas por LA NACION el 31 de enero 1913, se acogen los boletines que se publicaban sobre la marcha de los debates. Son hojas a las que impregna el temperamento de tribunos que ventilaron allí broncas y debilidades personales, que se lucieron con ideas y oratoria, que sufrieron después, en varios casos, cárcel, confinamiento y destierro, pero a quienes la historia agradece el haber dictado normas, asumidas más tarde por otros países, que reflejan, jurídica y políticamente, lo mejor del espíritu de Mayo.

© LA NACION

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