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Las infinitas partes de una historia

Centrada en un escritorio que perteneció a García Lorca, La gran casa es una indagación fascinante, tejida con anécdotas y personajes conectados, de la relación entre padres e hijos

Viernes 01 de febrero de 2013
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PARA LA NACION
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Nicole Krauss comparte con uno de sus personajes algunas circunstancias. Al igual que Nadia, es una reconocida escritora neoyorquina dotada –quién lo duda después de leerla– de una "agudeza psicológica necesaria para descubrir el delicado armazón que vertebra la conducta ajena". Como ella, publica una novela cada cinco años aproximadamente: la primera obra que la hizo famosa fue Llega un hombre y dice (2002), luego vino La historia del amor (2006), y ahora La gran casa, finalista del National Book Award. Pero Krauss carece del vampirismo de Nadia, que se apropia de historias y dolores ajenos para escribir. Obsesionada por algunos temas, los textos de Krauss transitan la pérdida y las reacciones que suscitan la memoria, la guerra y los exilios forzosos. Y también los escritores y la escritura.

La gran casa es una extraordinaria novela polifónica que ensambla la existencia de varios personajes en diferentes épocas y países: la acción transcurre entre 1939 y nuestros días en Nueva York, Oxford, Jerusalén y Budapest. Son cuatro las voces que, como verdaderos soliloquios, narran sus vidas. Nadia, la escritora que vive en Nueva York y que en 1970 conoce al poeta chileno Daniel Varsky, dueño de un escritorio y de otros muebles que le deja cuando regresa a Chile, donde será secuestrado y desaparecido por la dictadura de Pinochet. Aaron, un anciano judío que vive en Jerusalén y tiene una relación muy complicada con Dov, su hijo menor, que ha regresado de Londres para asistir al funeral de su madre. Arthur Bender, un profesor que vive en Oxford e intenta desentrañar el enigma que durante décadas ha silenciado Lotte Berg, su esposa, una escritora alemana judía, y que será la clave de la resolución de la historia. La cuarta voz pertenece a Isabel, una joven neoyorquina que viaja a Oxford para escribir su tesis. Allí conoce a Yoav Weisz –de quien se enamora– y a su hermana Leah, hijos del implacable anticuario Weisz, experto en recuperar los muebles robados por los nazis a los judíos. La gran casa organiza los relatos en torno a un vacío, al igual que la gente que busca sus muebles perdidos.

Todos los personajes aparecen al menos en dos de las historias y sus presencias son incidentales o determinantes. Si no son escritores, intentan serlo, como Dov, que quiere escribir una novela sobre el dolor, en la que un tiburón debe cargar con lo peor de las emociones humanas. En primer plano está el enorme escritorio que se dice que perteneció a Federico García Lorca y que pasa de una casa a otra en formas diferentes: como regalo o como robo. Este mueble desmesurado, inverosímil, que tiene diecinueve cajones de los cuales uno permanece cerrado con llave, representa para sus sucesivos dueños diferentes cosas: para Nadia es la posibilidad de escribir, a tal punto que cuando se queda sin él luego de veintisiete años, su creatividad se esteriliza; para Lotte está asociado con momentos de su pasado que permanecen clausurados y silenciados, como el cajón; para Weisz, es la pieza que le falta para reproducir con fidelidad el despacho que su padre tenía en la casa de Budapest, saqueada por los nazis en 1944. Sin embargo, ésa no es la única metáfora de esta fascinante novela. La figura de la Gran Casa es, quizá, la más subyugante y productiva. Si bien hay muchas casas en la historia, la Gran Casa refiere a la escuela fundada por el judío Ben Zakai (que vivió en Roma en el siglo I de la era cristiana) tras la segunda destrucción del templo en Jerusalén. Su fundamento se resume así: "Si se reunieran todos los recuerdos de los judíos, si cada fragmento volviera a formar parte de la unidad, la Gran Casa volvería a levantarse". Un perfecto ensamblaje de las infinitas partes de la memoria judía: tal es la idea que estructura el texto, resultado de un pormenorizado encastre de historias cuyo sentido se ilumina desde la totalidad.

En esta larga novela, la relación entre padres e hijos es central. Hay madres que abandonan a sus hijos, niños sin madre y madres que adoptan, padres crueles que humillan a sus hijos con frecuencia y que sin embargo se han esforzado por construir el vínculo desde lugares periféricos. Sin embargo, los personajes no son iguales a sus miserias. Krauss les da una oportunidad de mostrar al menos dos aspectos: uno destructivo, miserable, y otro que, sin justificar sus comportamientos, desnuda sus puntos débiles. Los protagonistas tienen varias cosas en común: son un misterio para quienes están a su lado, cargan miedos, guardan algún secreto de su juventud. La zona inaccesible se profundiza y produce fobias, exabruptos, distanciamientos irreversibles. El amor no les es ajeno, pero las relaciones no siempre tienen que ver con el amor.

La excelente traducción conserva la rigurosidad de la palabra justa y la cadencia de una prosa muy cuidada y poética (Krauss escribió poesía antes de ser "tomada" por el género novela). Hay una bella imagen que la escritora trae en algunas entrevistas cuando habla de su trabajo: las novelas son lugares para preservas ciertas memorias, para ensamblarlas y darles un nuevo sentido. La gran casa es un buen lugar para guardarlas.

La gran casaNicole KraussSalamandraTrad.: Ana Rita da Costa García352 páginas$ 95

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Luz crítica

En octubre de 1932, apareció en Buenos Aires una revista de nombre inesperado, Trapalanda, que se definía como "Un colectivo porteño", en alusión al medio de transporte público que había empezado a utilizarse recientemente. La dirigía Enrique Espinoza (pseudónimo de Samuel Glusberg) -experto en lides editoriales, sobre todo por La Vida Literaria, su proyecto anterior- pero contaba con el apoyo intelectual de Leopoldo Lugones, Luis Franco, Waldo Frank y, especialmente, Ezequiel Martínez Estrada. Señala Christan Ferrer en el prólogo a esta edición facsimilar: "La revista Trapalanda es obra de ambos. Tenían casi la misma edad, eran autodidactas, provenían de familias sin fortuna, trabajaban duramente y vivían los dos en la localidad suburbana de Lanús. Outsiders en alguna medida, llegados de Ucrania o de provincias". Así se explica que, luego de que se le concediera a Martínez Estrada el Premio Nacional de Literatura, el número 2 de la revista estuviera dedicado por entero a textos que finalmente formarían parte de Radiografía de la Pampa, que vería la luz el año siguiente, 1933, y que no casualmente iba a llamarse Trapalanda. Hasta el último número, aparecido en 1935, se publicaron textos de Bertrand Russell, Paul Valéry, Max Scheler, Pedro Henríquez Ureña y Albert Einstein, aparte de los colaboradores más estables. La vida de Trapalanda había sido relativamente breve; y su influencia, entre los tiempos de Martín Fierro y de Sur, tardía, de media voz y luminosamente crítica.

Vanessa Aguirre

Trapalanda (edición facsimilar)Biblioteca Nacional432 páginas$ 70

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