Dígame usted, si es tan amable, ¿para qué sirven los talleres literarios?

Hay quienes piensan que son una amenaza (una fábrica de escrituras homogéneas) para la salud de la literatura

Maximiliano Tomas
PARA LA NACION
Jueves 31 de enero de 201300:48

Es una fija: cada tanto, por lo general a principios de año (ahora: es decir, ahora), cuando se acaban los artículos sobre los libros para leer durante el verano, aparece alguien a quien se le ocurre hacer una nota sobre talleres literarios (al menos parece existir una justificación: en Buenos Aires todo el mundo escribe, o dice que escribe). Se mandan mails, se hacen entrevistas y llamados por teléfono. Y cuando el artículo va tomando forma siempre, siempre, aparece la pregunta inevitable. Que es la de la utilidad ¿Sirven los talleres literarios? ¿Se puede enseñar a escribir? Es extraño lo que sucede con la escritura, como si se partiera de una desconfianza original. Porque a nadie se le ocurriría preguntar si las clases de guitarra, de danza, de escultura o de teatro sirven para algo. Tal vez se deba a que todos saben, o creen saber, mal que bien, escribir correctamente, o al menos muchos más de los que tienen una relativa facilidad para actuar, o bailar, o tocar la guitarra.

Hay quienes piensan que los talleres son una amenaza (una fábrica de escrituras homogéneas) para la salud de la literatura. Hay quienes opinan que son una banalidad. O un espacio de gestión y administración de narcisismo. Hay quienes los ven como un lugar ideal para sociabilizar, y hasta para buscar pareja. Y hay quienes los consideran una suerte de taller mecánico (un lugar donde ajustar y desajustar frases, donde cambiarle el aceite a un texto). Para mí, un taller literario es algo parecido a una terapia psicoanalítica: uno asiste regularmente, paga el importe de la sesión, y algunas veces encuentra (si logra dar con el terapeuta indicado y establecer ese enamoramiento un poco inestable que se llama transferencia) lo que fue a buscar, no sin antes atravesar un camino de sufrimiento, goce, reflexión y palabras. Una terapia grupal en la que además, si se tiene suerte, se puede conocer a otras personas interesantes, que tienen más o menos los mismos gustos, problemas, conflictos e intereses que uno.

"¿Sirven los talleres literarios? ¿Se puede enseñar a escribir?"

Según creo no existe, por temerario que sea, ningún coordinador o docente que vaya a asegurar que puede transformar a un integrante de su taller en escritor. Sencillamente porque no se puede (no se puede enseñar, en verdad, lo que convierte a alguien que escribe en un escritor singular: inteligencia, originalidad, sabiduría, cultura, sensibilidad, sentido del humor, imaginación, experiencia vital, una mirada o una idea propia del mundo). Y todos los talleres podrían resumirse en un breve consejo: la mejor manera de aprender a escribir es leyendo, mucho y bien. O como dice Abelardo Castillo, que al mismo tiempo que desconfía de los talleres dicta el que debe ser el más antiguo de los que existen en Buenos Aires: "Se aprende a escribir con los libros de la propia biblioteca. Los escritores aprenden con sus propios errores, y con los escritores que admiran y detestan".

Sin embargo es mentira que no existan buenos autores, incluso muy buenos, que hayan ido a talleres literarios. Lo que sucede es que cada uno de ellos ya era un verdadero escritor cuando comenzó a ir a esos talleres, aunque no lo supiera. Mario Levrero, en la entrada del viernes 8 de septiembre de 2000 de La novela luminosa, anota al hacer referencia a uno de los varios grupos que coordinaba en Montevideo: "Vinieron unos cuantos. Leyeron excelentes trabajos. Todos escriben mejor que yo. Me satisface. Aunque es una pena que no vayan a dedicarse a la literatura: parece que se conforman con escribir para el taller. Y bueno. Ahí yo no puedo hacer nada".

"Hay quienes piensan que los talleres son una amenaza (una fábrica de escrituras homogéneas) para la salud de la literatura"

Y también hubo, hay y habrá escritores en serio que los dictan, tanto en el extranjero (las universidades estadounidenses están repletas de cursos de escritura creativa dictados por narradores de reconocido talento) como en la Argentina: Luis Chitarroni, María Moreno, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Selva Almada, José María Brindisi, Hernán Ronsino, Fernanda García Lao, Pedro Mairal son apenas algunos de ellos. Así que si es por responder a la cuestión de la utilidad (es decir, si es que la utilidad puede tener algo que ver con la literatura), bueno, ahí reside una de ellas: los talleres sirven también para que los escritores tengan una manera digna de ganarse la vida. Viendo cómo están las cosas, no es poco.

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