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El análisis

Un juego en el que gana Gran Bretaña

Política

Héctor Timerman viajó a Londres para decirles a los ingleses en la cara que de acá a 20 años la bandera argentina flameará en las Malvinas . Les reprochó ser colonialistas, que "ni un solo país" apoya la posición británica, que el Reino Unido vive una grave crisis económica y que se está aislando del mundo.

Dio, si cabía, otro paso para que negociar la soberanía de las islas sea imposible, estrategia que en los últimos años ejecutan con minuciosa paciencia los dos gobiernos.

Pero en el juego de discursos intransigentes hasta ahora siempre gana Gran Bretaña, cuyo objetivo fundamental en esta historia es que nada cambie.

En teoría, la misión de Timerman en Londres tenía dos grandes objetivos. Uno, exponer en tierra rival un fuerte apoyo internacional a la posición argentina.

El otro, y tal vez más relevante, es debilitar el efecto que podría tener el curioso referéndum convocado para marzo en las islas, donde los habitantes británicos de las Malvinas votarán... si quieren seguir siendo británicos.

Sin embargo, hasta ahora el Gobierno, más allá de las palabras, no ha conseguido ampliar la masa de apoyo diplomático a la causa Malvinas, excepto en América latina y en algunos países emergentes. Estados Unidos mantiene su declamada "neutralidad" (acompañada de un tácito apoyo a la posición británica) a la hora de discutir sobre las islas. Europa jamás cuestionó (y hasta avaló en la legislación comunitaria) la soberanía británica sobre el archipiélago.

El reciente giro de la diplomacia argentina en el caso por el atentado contra la AMIA, que posibilitó un acuerdo con el gobierno de Irán -un régimen sancionado por los principales países desarrollados- difícilmente ayudará a ganar amigos en el diferendo por Malvinas.

De todos modos, en la Casa Rosada destacaban ayer la repercusión del viaje de Timerman en la propia Inglaterra, donde dos de los principales diarios londinenses -The Guardian y The Independent- le dedicaron espacios más que importantes a la entrevista en la que el canciller desplegó sus críticas a la política británica de ayer y hoy.

Timerman potenció el impacto de su jugada con una visita al Parlamento. Lo recibió un comité encargado de las relaciones comerciales y culturales entre la Argentina y Gran Bretaña, pero el canciller se encargó de sacar allí el tema de la soberanía de las Malvinas ante unos parlamentarios algo descolocados que habían llegado a la cita con una agenda diferente.

Para aflojar las tensiones que generaron sus denuncias (los trató de "colonialistas"), el canciller se encargó de regalarles un elogio: agradeció el sacrificio de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial. Y trató de presentar esa charla como una señal de que el diálogo por la soberanía es "posible y necesario". Al irse, no se privó de saludar con la V de la victoria a los fotógrafos que lo esperaban frente al Palacio de Westminster.

El gobierno británico jugó a bajarle el precio a la misión argentina. El canciller William Hague le respondió a Timerman que sólo aceptaría hablar de Malvinas con los representantes políticos de los isleños como testigos. Sabía que era una condición inaceptable: la Argentina rechazó siempre -salvo en los años del menemismo y con discutible éxito- cualquier negociación que no fuera estrictamente bilateral.

Sin diálogo a nivel de gobierno, el viaje de Timerman se completará con una reunión de la que participarán intelectuales, periodistas, artistas y políticos europeos que apoyan la posición argentina.

Poco traerá en el bolso si el plan era avanzar en la recuperación de las islas. Pero hay objetivos más inminentes; palpables, si se quiere. Le servirá a la Presidenta para reavivar otra vez el reflejo nacionalista por Malvinas, una táctica que siempre fascinó a los gobiernos argentinos en momentos de noticias no tan dulces. La inminencia del plebiscito isleño anticipa más episodios del estilo en las próximas semanas.

Aunque el conflicto tiene menos impacto en su agenda doméstica, también el gobierno de David Cameron pudo disfrutar de la eficiente herramienta de propaganda que significa para él reafirmar la defensa diplomática, política y militar de las Malvinas.

Eso sí: hay que reconocerle a Timerman la audacia de viajar a Londres para desplegar en público la línea más dura de la argumentación argentina sobre las islas. Y también habrá que admitir un importante grado de tolerancia británica. ¿Alguien podría imaginar qué pasaría si Cameron o a alguno de sus secretarios viniera a Buenos Aires para pronunciar alguna de sus habituales bravuconadas sobre la necesidad de llenar de armas el Atlántico Sur?.

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