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Opinión

Las declaraciones altisonantes conspiran contra el interés nacional

Política
 
 

¿Volverán a ser las Malvinas parte de la Argentina en 20 años? Nunca es fácil predecir el futuro, pero no vale la pena contestar esta pregunta priorizando cuestiones normativas (lo que "debería pasar"), sino positivas (lo que "podría llegar a pasar"). Importa menos saber quién tiene la razón que identificar los mecanismos para alcanzar los objetivos estratégicos que tiene la Argentina como nación.

¿Cuál es el modo más eficaz, rápido y conducente de recuperar la soberanía sobre las islas? Como ocurrió con el juicio que los fondos buitre entablaron contra el país en la justicia de Nueva York, las declaraciones altisonantes conspiran contra lo que se quiere lograr. Esos discursos menos patrióticos que patrioteros están más pensados para el público doméstico que para el solemne mundo de la diplomacia. Y esto puede derivar en un grave error: que la política exterior se defina con objetivos políticos y electorales internos, de corto plazo.

En las últimas décadas, la Argentina no tuvo una estrategia estable y consistente con relación a las Malvinas. En los años 60 y 70, se intentó la negociación en las instituciones internacionales: no funcionó, a pesar de que hubo acercamientos interesantes. En los 80, el gobierno de facto optó por la confrontación militar, con resultados tan heroicos como contraproducentes. En los 90, se probó con la seducción de los isleños. En los últimos años, se reiteró a viva voz el reclamo de soberanía en múltiples foros internacionales, con resultados igualmente frustrantes.

Sin duda, Malvinas es una causa noble y justa, además de tratarse desde 1994 de un mandato constitucional. Pero hasta ahora nada funcionó porque ninguna estrategia se basó en una comprensión cabal y sutil del balance de poder de la Argentina y Gran Bretaña.

En efecto, hubo modificaciones significativas en el escenario internacional, y estamos dejando pasar una oportunidad extraordinaria para conseguir un progreso rotundo en la causa Malvinas. Hay un desplazamiento de influencia de los países avanzados a los emergentes. Sin los límites impuestos por la ideologización que caracterizó la política exterior de la Guerra Fría, aumentaron los grados de maniobra que el mundo le ofrece a la Argentina.

Así, en muchos círculos militares y diplomáticos chinos se estudia y compara la situación que la Argentina enfrenta con Malvinas con la que la República Popular tiene con Taiwan, en busca de simetrías, diferencias y lecciones para aprender. Asimismo, uno de los objetivos principales de la política exterior de Brasil consiste en asegurar su presencia y eventual dominio en el Atlántico Sur, lo que no está en sintonía con una presencia británica en las islas. Brasil y China son dos socios estratégicos de la Argentina. ¿Estamos aprovechando bien esos vínculos?

La Unión Europea atraviesa una crisis económica e institucional y, en particular, con el Reino Unido, a tal punto que David Cameron anunció un plebiscito que puede derivar en su salida de la UE. La Argentina tiene históricos lazos con muchos de los países que se verían perjudicados por esa actitud aislacionista de Londres. ¿Estamos sacando ventajas de esta oportunidad?

La posición argentina se ha centrado en declaraciones en foros multilaterales, exaltaciones del carácter pacífico del reclamo y exhortaciones en pos de una negociación. Esta política es percibida en Londres como improvisada en su planificación y poco creíble en su ejecución. No percibe ninguna necesidad o urgencia de responder efectivamente a nuestro pedido. Prefiere ignorarlo, ganar tiempo y continuar con los proyectos energéticos y pesqueros.

Usar las islas como pretexto de proyección nacionalista para desviar la atención de problemas internos es una tentación a la que sucumbieron de Thatcher a Galtieri. Pero usar el ámbito internacional para beneficio político doméstico no sólo disminuye las chances del país de avanzar en su causa, sino que debilita su imagen frente al Reino Unido. Dada la enorme asimetría que presenta la correlación de fuerzas, la Argentina precisa prudencia y sofisticación más que arrebato y sobreactuación. Debe aprender de David e ignorar a Goliath.

Winston Churchill decía que un fanático es quien no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema. Cuando no se quiere modificar la posición o el tema, muchas veces es porque ese statu quo favorece a intereses egoístas.

La Argentina debe evitar el fanatismo, propio o ajeno, para avanzar en una agenda realista. Esto implica una estrategia que combine factores económicos, políticos y -con extrema prudencia- tal vez militares. Se trata de coordinar el apoyo de actores locales para acordar una política consistente y de largo plazo que trascienda la dinámica electoral. También, de articular esfuerzos con actores regionales y globales para consolidar una coalición sobre la que apoyarse y negociar desde una posición de fortaleza..

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