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Un ataque directo a la economía de los diarios

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LA NACION
Viernes 08 de febrero de 2013
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Si el levantamiento de avisos de los supermercados impuesto por Guillermo Moreno se mantiene en el tiempo, podría transformarse en uno de los daños más graves infringidos por el Gobierno contra la prensa no adicta desde que le declaró la guerra, tras el conflicto con el campo.

Primero el poder amedrentó sólo de palabra, pero rápidamente pasó a los hechos, con herramientas económicas y judiciales. Con las primeras tuvo más éxito que con las segundas. En efecto, dispuso una distribución aviesa y arbitraria de la pauta oficial -como confirmó el informe dado a conocer anteayer por la Auditoría General de la Nación-, que engrosó las alforjas de medios adictos y despojó a los que contaban con públicos genuinos. Así el Estado asumió sostener artificialmente la cantidad creciente de nuevos espacios oficialistas que no le sirven a la publicidad privada por carecer de una audiencia estimable.

Como el Gobierno también pretendió ser resonante en los tribunales, pero hasta ahora sólo logró magros resultados (tanto en el caso del adn de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, como con la causa Papel Prensa y los afanes "desinversores" de la ley de medios), optó por los manotazos. Por esta vía llegaron, de facto, la estatización de las transmisiones de fútbol, con monopolización de la tanda publicitaria para autopromocionarse y escrachar enemigos, el intento de borrar del mapa a Fibertel y la reserva para sí del desarrollo de la TV digital terrestre.

También puso una pata en la producción de contenidos (nuevas señales y ficciones políticamente correctas) y otra, en la telefonía celular.

Declaró de interés público la producción y comercialización de papel para diarios y activó de manera constante a usinas oficialistas en distintos soportes destinadas casi exclusivamente a horadar la credibilidad de los medios y a difamar a sus periodistas. Y la radio AM fue colonizada bestialmente por el kirchnerismo y apenas un poco menos, la TV abierta y por cable.

Cuando Cristina Kirchner se dio cuenta de que todo ese paquidérmico aparato comunicacional que crecía a su alrededor gracias a su generosa asistencia financiera multimillonaria era escasamente eficaz para liderar la agenda informativa diaria, ella misma se cargó al hombro esa mochila, en 2012, por medio de cada vez más seguidas cadenas nacionales. No las abandonó del todo pero este año se volcó con mayor intensidad al Twitter, y se ganó varias tapas de diarios, en tanto que vía Facebook, desató una polémica que todavía está lejos de apagarse en el mundillo artístico, al reprender al actor Ricardo Darín.

La Presidenta tiene el electorado a su favor (al menos, el 54%) pero también ansía conquistar las audiencias. Todas.

Como a pesar de los descomunales esfuerzos oficiales descriptos, la opinión pública sigue prefiriendo informarse por aquellos medios que el Gobierno más denuesta, no debería extrañar que en su horizonte figure la tentación de echar mano a acciones más directas, ya sin disimulo alguno.

La prohibición "informal" para que los supermercadistas no pongan avisos en los diarios del fin de semana tiene algo de eso, y un antecedente cercano en las restricciones impuestas por la misma Presidenta en julio de 2011 al llamado rubro 59. En aquella ocasión, al menos, Cristina Kirchner emitió un decreto al respecto.

Ahora la "sugerencia" -si aún resulta creíble esa palabra aplicada al secretario de Comercio Interior- partió de Guillermo Moreno. La idea de ponerle un "chaleco de fuerza" a los precios, al menos durante los próximos 60 días, para evitar que se desboquen del todo, vino con el efecto no querido (...) de restringir la difusión por los medios tradicionales de las habituales ofertas de los grandes supermercados.

No hay una prohibición formal, no podría haberla. Ofendería al sistema democrático y sería reprobada internacionalmente. Fue anunciado como algo pasajero y aun podría ser más fugaz de lo que se piensa.

El Gobierno habría pedido bajar los anuncios sólo porque los descuentos carecerán de sentido en los próximos dos meses. ¿Acaso no calculó que esa medida impactaría de lleno en la economía de los medios, que tienen en esos anuncios una de sus principales fuentes de ingresos del fin de semana?

En todo caso, cada supermercado debía evaluar libremente de acuerdo a sus propias estrategias que debía hacer al respecto. Pero Moreno les ahorró pensar: lo decidió por ellos.

Pero, ¿qué ocurrirá cuando el consumidor, acostumbrado a ser orientado en sus compras, se retraiga desalentado por la ausencia de ese estímulo? En ese caso, los avisos podrían volver más temprano que tarde. Igual, las alarmas ya suenan. Habrá que ver por cuánto tiempo.

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