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Los distintos territorios del delito

PARA LA NACION
Jueves 14 de febrero de 2013
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Los ladrones de la vieja guardia suelen proponer una distinción entre el delito por vocación -el que practicaron ellos, más por espíritu de aventura que por codicia, según su versión- y el delito por necesidad, que forma parte de aquello que se conoce como inseguridad: adolescentes y jóvenes casi siempre atiborrados de droga barata y dispuestos a todo.

En los vocacionales, habría una suerte de ética del delito, que incluye no matar salvo casos de extrema necesidad, cuidado del propio cuerpo y una rigurosa disciplina que prescinde del alcohol y las drogas. Aparte, suelen ser de hablar poco de su trabajo. Una moral de guerreros. Y tienen su propio panteón de héroes, como el Gordo Valor o la Garza Sosa. Aunque los hay menos mediáticos.

El otro territorio del delito es un espacio indiferenciado; si alguna vez trascienden los nombres de estos ladrones por necesidad es para olvidarlos casi de inmediato. Sus rostros y su aspecto son retratados como una interminable monotonía. Ellos mismos se ocupan de uniformarse: ropa deportiva, anorak con capucha, zapatillas de resortes. Sus hazañas son de circulación interna, intergrupal, el espacio de lo social es un lugar al que se entra sólo para depredarlo.

A los delincuentes por vocación pertenecen también quienes cometen crímenes impulsados por alguna forma de pasión. Sus historias están en los libros y son asiduos protagonistas de películas y series. Parece que en sus vidas, en sus ambiciones, sus miserias y hasta en su barbarie siempre permanece un lado oscuro a desentrañar. Muchas veces sus pasiones son las nuestras, sólo que ellos cruzaron la frontera de la ley. Y sus robos y asesinatos se han ido integrando al mundo del relato, de lo que puede ser narrado, aunque no siempre sea fácil de soportar.

Pero pareciera que resulta imposible armar un relato con los ejércitos de la noche de la inseguridad. No se los presenta como sujetos; existen en tanto que forman parte de un grupo que los incluye y les da su única identidad; su definición siempre es colectiva. Sólo se espera de ellos que confirmen lo que se sabe de antes, hasta que la policía o un disparo los saque de circulación. Se los suele considerar irrecuperables. No hay relato, porque no hay cambio esperable.

Esta imposibilidad de armar un relato de estos delincuentes por necesidad hace imposible que se los enfrente de otra manera que no sea las balas. Sus historias sólo aparecen en algunos programas sensacionalistas, pero cada individuo que se entrevista es presentado como un ejemplar de un grupo mayor, sin vida propia. Si puede decirse así, son pura sociedad, la expresión de su peor parte.

La ausencia de relato es también la renuncia a comprender, a tratar el hecho no sólo como social, sino también cultural: estos pibes llegan al delito con una historia a cuestas. Tal vez el esfuerzo por entrar a sus historias pueda ser un camino para entender de dónde viene esa furia depredadora y ese accionar canalla. Que sean una parte, seguramente de las más incómodas, de la manera en que contamos y nos contamos la sociedad en que nos toca vivir.

© LA NACION

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