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El próximo canciller

Opinión

Por   | Para LA NACION

El próximo titular de la Cancillería deberá ser necesariamente alguien de carrera. Una carrera profesional y de idoneidad en política exterior. Ya no podremos arriesgar más improvisación de quien sólo corre todo el día de un lado para el otro con el fin de enmendar lo que desarregla, ni de quien sale presuroso a dar conferencias vociferando los fracasos que son travestidos en logros épicos. Acreditado solo en la autosuficiencia de su soberbia, tan vehemente como inconsistente, nos subestima. En sus constantes intentos por querer ser alguien, no hay dudas de que esta vez lo logró: con lo que firmó, ya nunca será olvidado.

El próximo canciller deberá ser constructor de puentes. En principio, restaurador de todos aquellos que fueron volados con el objetivo de aislarnos del mundo y estar alineados con regímenes dictatoriales, demagógicos, teocráticos; que ponen a nuestro país fuera del mundo civilizado.

Un nuevo canciller que no hunda el barco de la política exterior argentina, ni al que se lo embarguen por todas aquellas deudas que su predecesor asumió en una especie de actitud de barrabrava de la diplomacia. Un nuevo capitán, que a diferencia de quien conduce el barco hoy, no se suba al Titanic, convencido de que la nueva "revolución nacional y popular" es ir de frente contra el iceberg para partirlo en dos.

El próximo canciller puede ser de cualquier origen, cultura y religión, pero si llegara a ser nuevamente un miembro de la comunidad judía, no quedará exento de reparar la degradación que sentimos quienes, con orgullo de ser tan judíos como argentinos, no podemos menos que expresar indignación al haber sido cómplices y partícipes necesarios de la entrega de la causa AMIA, de los agravios al Estado de Israel y de la claudicación ante Irán; otorgándoles un inesperado como repudiable triunfo diplomático y simbólico. En una renuncia -lamentablemente, la que no fue a su cargo sino a los principios-, nuestro canciller selló con su firma un acuerdo que propicia la creación de una Comisión de la "verdad" entre dos estados, asumiendo que lo que sabemos hasta el día de su firma es mentira, donde está escrito "interrogatorio" y él lee "indagatoria"; donde ni una coma puede ser modificada en lo que aparenta ser un logro y es un fracaso. Nos engañan presentando dos estados en diálogo "histórico", simétrico y diplomático, cuando, en realidad, no lo son. Se trata de dos estados, es cierto, pero uno es la Argentina, que cede su soberanía obstruyendo a su propia Justicia; y el otro es Irán, imputado en la masacre con la participación -ya acreditada en la causa- de sus más altos funcionarios.

El próximo canciller deberá no engañar. Es un compromiso ético en la función pública, fundamento que fue traicionado cuando se pactó a espaldas de todos, negando lo que ya sabíamos: estaba negociando con Irán. Se sentó sin escrúpulos con quienes niegan la Shoá, el genocidio de seis millones de judíos y que -ante el silencio de nuestra diplomacia cómplice- van por más y piden de viva voz la destrucción de Israel. Podría haber sido cualquier día del año, pero no deja de ser un dato revelador pactar con Irán en el Día del Perdón, cancelando el secreto mal guardado de las negociaciones iniciadas hacía tiempo, que sin pudor ni vergüenza siempre fueron negadas. Un día y un acto de entrega que, en la memoria judía y argentina, nunca será olvidado. Argentina se rindió ante el monstruo que no desaparece, sino que muta en un antisionismo fundamentalista y terrorista que propone, ya no sólo destruir un Estado, sino a todo el judaísmo; reeditando la judeofobia en su versión más reciente.

El próximo canciller deberá cargar con el peso y con el dolo de un acuerdo firmado por su antecesor, a espaldas de la comunidad judía, de los familiares de la AMIA, de la sociedad y de la ley argentina.

Sin embargo, no será menor el peso de una comunidad judía que sí supo ofrendar al país, desde los primeros inmigrantes, a nuestros mejores hombres y mujeres, que hicieron sus aportes al bien común, en tantas disciplinas, entre las que la política tiene muchos logros y reconocimientos más allá de este lamentable fracaso.

Pero aun ante tanto crédito bien merecido, no podremos desconocer la enorme deuda ética y cívica, al haber malogrado el privilegio conferido de haber tenido un primer canciller judío en la Argentina. A su debido tiempo, la comunidad judía y la sociedad toda asumiremos el pecado de omisión, en el complaciente silencio por temor a los poderosos; en lugar del coraje en la convicción de los principios.

Hasta que asuma un nuevo canciller, será necesario reconocer con plena conciencia el hecho de que se le dio la espalda a la soberanía argentina, a la condición judía, a la memoria de la Shoá y a la solidaridad con el Estado de Israel.

Sólo cuando salgamos de la manipulación demagógica y volvamos a escribir la historia que supere el verso del relato, podremos todos por igual reconocer lo que hoy muchos ya sentimos y asumimos: una humillante vergüenza. A la Argentina, mientras llega el próximo canciller, no podemos menos que pedirle perdón.

© LA NACION.

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