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Un jugador de billar en la mesa de los acuerdos

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PARA LA NACION
Domingo 17 de febrero de 2013
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La sospecha de que en el acuerdo con Irán hay gato encerrado, véase qué paradoja, mejora un poco la reputación del Gobierno. Mientras la duda sobreviva, mientras creamos que lo pactado esconde secretos repujados con la proverbial astucia kirchnerista, sentiremos que toda evaluación que hagamos del memorándum suscripto en Etiopía será incompleta. Nos resistimos a aceptar que nuestro Poder Ejecutivo haya decidido brindarle en forma gratuita un servicio de blanqueo internacional al régimen teocrático al que nuestra justicia le imputa la autoría de una masacre.

Sabemos que el gobierno kirchnerista no es fanático de los acuerdos -en todo caso entiende de confrontaciones como nadie-, pero este mes se dispuso a recuperar el tiempo perdido e hizo dos acuerdos de un saque, uno con el régimen iraní, llamémoslo el acusado, para que nos revele la verdad de lo que sucedió con la AMIA, y el otro con los supermercadistas, para controlar la inflación en un país que no la tiene (si la tuviera, explicó la Presidenta en Georgetown, todo estallaría por los aires).

Desde luego, los supermercadistas que cobran caro el tomate redondo larga vida o la nalga cortada para milanesa no son de la misma calaña que los antisemitas que gobiernan Irán, a quienes, entre otras cosas, les gustaría abolir el Estado de Israel, pero la contraparte es la misma, una presidenta de fuerte personalidad, proclive a estrategias complejas. Es posible pensar que su forma de negociar repite patrones en asuntos diversos. Sucede, por ejemplo, con la sorpresa, pero sobre todo con la ambigüedad. El detalle de lo que se pacta no es para cualquiera, rasgo que tal vez derive del concepto paternalista del poder. La ambigüedad es funcional al entendimiento de que la parte de abajo de la mesa es igualmente legítima. Allí se arreglan algunos aspectos relevantes, cuando no los principales.

Quienes creen que el tema del acuerdo de precios son los precios y nada más estarán pendientes del día 61 para saber si la medida fue eficaz o fracasó, pero para un gobierno que considera que el enemigo número uno no es la inflación sino los medios, lo "acordado" debajo de la mesa ya es ganancia. Se cumplió el objetivo colateral de perjudicar a los diarios críticos mediante la fulminación de la publicidad de supermercados, cláusula no escrita, pero cuyo cumplimiento verifica cualquier Carlitos. Sea con los modales algo rústicos de Guillermo Moreno o con la disimulada amabilidad de Héctor Timerman, el kirchnerismo acostumbra a golpear varias bolas con un solo golpe: cuando negocia no emula a un ajedrecista, sino a un jugador de billar. ¿Con Irán habrá hecho algo distinto?

La novedad viene con la onda "perdido por perdido". El Gobierno sostiene que como la causa judicial está estancada desde hace 19 años, mejor le pedimos al acusado que nos diga la verdad: no tenemos nada para perder. A propósito, hace también 19 años que nuestros políticos no consiguen cumplir con la cláusula transitoria sexta de la Constitución, que les exigía dictar una ley de coparticipación federal. Perdido por perdido podría dictarse un decreto que diga que a los impuestos los reparte el presidente como mejor le place. Algo similar se podría pensar para "destrabar" otras morosidades traumáticas, como el Riachuelo, los juicios por jurados, la inseguridad y, por qué no, la pobreza. Mejor no dar ideas.

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