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Ahora, la pregunta es: "¿Habemus Papam?"

Opinión

Las primeras imágenes que invaden la mente ante la inesperada renuncia del papa Benedicto XVI a su alto magisterio corresponden a la película ítalo-francesa Habemus P apam , filmada en 2011 con dirección de Nanni Moretti y con la actuación estelar de Michel Piccoli en el papel de un papa que no desea ser consagrado. Su temor al honor que le había sido conferido es tan intenso que el supuesto papa al que interpreta Piccoli huye del Vaticano y se esconde de quienes lo han escogido hasta perderse entre la gente con el objeto de pasar desapercibido. El filmde Moretti recurrió a escenas humorísticas como aquella en la que la Curia, angustiada ante el vacío de autoridad que se había creado, hace desfilar ante las cámaras a un actor que finge ser el papa para aliviar la tensión.

Los que vimos Habemus P apam , hace dos años, juzgábamos a la película como una ingeniosa fantasía, tal vez poco creíble, hasta que irrumpió la noticia ya no imaginaria, sino real de que Benedicto XVI, efectivamente, había dimitido. El film de Moretti tuvo, al fin, un carácter anticipatorio. ¡El Papa, verdaderamente, había renunciado!

No sería exagerado calificar la decisión de Benedicto no sólo como "inesperada", sino también como "revolucionaria", porque hizo estallar dos premisas que se tenían por indudables en la grey católica: una, que los papas no renuncian y la otra que no deben renunciar porque están atados a una voluntad superior. Ésta era, al menos hasta ahora, la persuasión de los 1200 millones de católicos que pueblan el globo: que los papas, que han sido puestos por Dios, no están autorizados a abandonar su sede hasta que Dios lo decida. Pasa aquí en cierta forma como con la condena milenaria del suicidio en la moral católica, ya que si Dios le dio al hombre el maravilloso don de la vida, sólo Dios se lo puede quitar. Y así ha ocurrido a lo largo de los milenios. De la misma manera como el hombre no debe renunciar al maravilloso don de la vida que Dios le brindó, tampoco los papas debían declinar su enorme responsabilidad y para ello se suponía que Dios les ofrecía una gracia particular, una "gracia de estado", para cumplir con su extraordinaria misión.

Esta creencia milenaria venía reforzada por la agonía ejemplar del papa anterior a Benedicto, Juan Pablo II, quien probó hasta el fin el cáliz de un sufrimiento inaudito expuesto a los ojos del mundo, en heroico testimonio de aquello en lo que creía. Pero, se dirá, Juan Pablo II va en camino de ser declarado santo por la Iglesia y ya se sabe que no es obligatorio escalar a estas alturas. Benedicto XVI, ¿renunció entonces a escalarlas? ¿Lo abandonó, acaso, su "gracia de estado"? Al tomar la decisión que tomó, ¿no se allanó a ser simplemente un hombre "normal"? Su decisión de renunciar, ¿no se parece demasiado a la actitud de un ejecutivo de empresa o de un gobernante que, después de haber sopesado cuidadosamente sus razones, elige responsablemente dar un paso al costado en lugar de insistir en una posición poco sostenible? Pero este noble gesto, lamentablemente tan excepcional en la vida política, ¿coincide acaso con lo que se espera de un papa, sobre todo si se tiene en cuenta el lema que Juan Pablo II, escogió para definir su magisterio, Totus T uus (todo tuyo), que podría traducirse de este modo: "Mi entrega es total"?

El interrogante que encabeza este artículo por lo visto se ha ampliado porque ya no nos preguntamos sólo si tenemos papa, sino también si el papa que tendremos será "carismático" como fue Juan Pablo II o será a la inversa simplemente "humano", como demostró ser Benedicto XVI. Si escoge esta segunda alternativa, ¿en qué se diferenciaría en todo caso de los gobernantes seculares? Al renunciar a la continuidad de su misión hasta ayer tenida por sagrada, ¿no la ha "naturalizado" en demasía Benedicto? ¿No la ha vuelto "humana, demasiado humana", como alguna vez advirtió, en un contexto comparable aunque no idéntico, el filósofo Federico Nietzsche?

Desde el punto de vista político, la Iglesia Católica es una monarquía al mismo tiempo electiva y vitalicia. Su estructura de poder es igual en tal sentido a la del Imperio Romano, en cuyo seno nació hace dos mil años. En la Roma imperial, los emperadores eran elegidos de por vida por el Senado, pero no eran hereditarios. Del mismo modo, los papas son elegidos de por vida por el cónclave de cardenales, que es el Senado de la Iglesia y, naturalmente, tampoco son hereditarios. Durante el Renacimiento, que contempló el pico de corrupción de la Iglesia, hubo alguna vez hijos naturales de un papa el caso más famoso fue el de César Borgia-, pero, para disimular, se los llamó nepotes , que quiere decir "sobrinos", y de ahí la palabra "nepotismo", que se refiere al hábito malsano de poblar con parientes las filas del gobierno, un hábito que por cierto no ha desaparecido.

Hay en nuestro tiempo cuatro formas predominantes de gobierno: los regímenes republicanos, cuyos gobernantes duran poco tiempo cada uno, un breve plazo que es aceptado por sus titulares; las monarquías vitalicias, pero no hereditarias, que caracterizaron ayer al Imperio Romano y que hoy caracterizan al papado; las monarquías tradicionales, hereditarias, de las cuales subsisten hoy diez en Europa, entre ellas el Reino Unido, Holanda y España, y los regímenes dictatoriales a la manera del de Venezuela, supuestamente inmortales, pero sometidos pese a ello a la condición inevitablemente mortal de todos los hombres, como lo confirma el chavismo a través de la grave enfermedad de su titular. Nuestra Presidenta oscila por su parte entre su aspiración utópica a un poder "eterno" a través de sucesivas "re-reelecciones" y la Constitución republicana a la cual tarde o temprano debería allanarse como ya lo han hecho casi todas las repúblicas latinoamericanas.

Volviendo ahora al papado, el poder del papa, que es vitalicio pero no es hereditario, tiene además un rasgo único; no es estrictamente "político", sino "espiritual", es decir que en última instancia no apela a la fuerza física como los demás sistemas políticos, sino a la convicción íntima de quienes creen en él, como lo hizo notar el genio analítico de Max Weber. Sería inútil, en tal sentido, aplicar una sanción espiritual como la excomunión, desde Roma, a un protestante o a un musulmán.

Las monarquías vitalicias como lo es el papado son usualmente "largas" y esta longitud temporal les acuerda un ritmo cansino durante el cual el papa vigente extiende su reinado. La Iglesia cambia, de este modo, pausadamente, lo cual quiere decir que cada papa confiere a su reinado una impronta original. Juan Pablo II fue, así, un pastor de multitudes, pero Benedicto XVI ha sido a la inversa un papa teólogo, un papa "tímido" que estaba más en su elemento en las aulas que en las plazas o en los aviones. Por eso se lo llamó más de una vez el "papa Ratzinger", porque produjo documentos de una sutileza y una originalidad extraordinarias, a veces lindantes con la heterodoxia, como cuando fue con su gran amigo y rival, el teólogo Hans Küng, el inspirador del Concilio Vaticano II, menos desde una perspectiva aristotélica y tomista (como había sido lo usual) que desde una perspectiva platónica y agustiniana.

Pero este papa refinado y sutil acaba de renunciar antes de tiempo. La pregunta "¿Habemus Papam?" se abre así por delante de su ignoto sucesor, quien asumirá su cargo a fines de marzo. De él sólo sabemos, por lo pronto, que no será como Juan Pablo II ni como Benedicto XVI. Que marcará otro estilo y otra etapa en una historia que ya lleva dos mil años sobre la faz de la Tierra..

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