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Hacia el centro del dolor

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PARA LA NACION
Miércoles 20 de febrero de 2013
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ALMA / Dirección: Leonardo Odierna / Intérprete: Lorena Székely / Autores: Armando Saire, Lorena Székely / Escenografía y vestuario: Mercedes Piñero / Iluminación: Néstor Navarría / Sala: Vera Vera, Vera 108 / Funciones: sábados, a las 21. Nuestra opinión: muy buena

Imposible sustraerse a la mirada franca y sostenida de Lorena Székely cuando se desdobla en el rol brechtiano de la narradora, abandonando por momentos el papel de la provinciana que dejó de ser Victoria para empezar a ser Alma, avasallada por un destino aciago. Sucede que esta narradora mira directamente a los ojos de los espectadores, como buscando en ellos alguna forma de compromiso.

Porque la historia que Székely -actriz con una singularísima calidad de presencia, de una fuerte irradiación interior cuenta cuando se distancia y también al actuar como personaje en alguna medida les atañe a todas y cada una de las personas que asisten a esta obra: Alma representa a miles, millones de mujeres atrapadas en nuestro país y más allá, en Occidente y Oriente, por redes de prostitución que las doblegan y esclavizan, de las que es muy difícil salir sin ayuda. Localmente, el caso de Marita Verón, la denodada lucha de su madre y su hija, la inadmisible sentencia reciente de los jueces tucumanos, ha llevado a tomar masiva conciencia respecto de estas mafias nacionales e internacionales.

Lorena Székely, protagonista de Alma
Lorena Székely, protagonista de Alma.

Pero no sólo mediante secuestro y confinación tantas mujeres se ven compelidas a ejercer la prostitución: la pobreza y la falta de salida laboral llevan a muchas a entrar en ese circuito, a practicar ese oficio habitualmente calificado como el más antiguo, aunque seguramente le gane en lejanía el del guerrero. Institución masculina patriarcal, la prostitución aparece unos cuantos siglos antes de Cristo en civilizaciones de la Mesopotamia y otras latitudes, a veces bajo la coartada de considerarla sagrada, a veces como simple y llana forma de esclavitud, pero siempre forzada y cada vez más estigmatizada, por esas cosas de la doble moral que persisten en nuestros días. De hecho, el lenguaje coloquial en uso denigra a estas trabajadoras (hijo de puta, de una o de mil, es el insulto más corriente).

Victoria, antes de llamarse Alma, como tantas otras chicas del interior, se vino a Buenos Aires hace tres o cuatro décadas con ánimo de progresar y mandarle dinero a su modesta familia. Cumplirá esta meta un tiempo como empleada doméstica, y luego, en la calle, engañada, violada, sin otra opción, empezará a trabajar de prostituta, de rufián en rufián, resignándose, endureciéndose. De hacerlo "de cuerpo entero", como dice ella, pasará en la madurez a realizar el servicio manual, a través de un agujero (una referencia al film La profesión, de Irina Palm, de 2007). Y más aún, repitiendo maquinalmente gestos e instrucciones, iniciará a chicas novatas, contribuyendo en su escala a perpetuar el engranaje que la aprisionó.

Como la prostituta Shen-Te en El alma buena de Se-Chuan, Victoria tiene que vender su cuerpo para poder sobrevivir. Los autores de Alma recrean esa parábola de Brecht, la traen con justificadas licencias al Buenos Aires contemporáneo. Y al igual que el genial autor alemán, dejan las conclusiones en manos del público.

Amén de la vigencia de la problemática planteada, de la luminosa diafanidad de Lorena Székely, la puesta de Alma brinda sugerentes hallazgos tanto en el diseño espacial (un cuadrado que tiene dibujadas las líneas de una rayuela, que sirven para aludir al juego infantil y al azar, pero que también pueden representar otros ámbitos), como el recurso a objetos simples, esenciales, elocuentes (una silla, una soga, una valijita de cartón, una planta). Es cierto que la obra enfatiza cierto maniqueísmo entre el campo idílico y la ciudad inicua y que se apela a algún cliché (el hijo que reniega de la madre por su oficio). Pero se trata de objeciones menores que no empañan la calidad del espectáculo, puntuado tanto por las intervenciones de la narradora como por las significativas listas que va desgranando la protagonista: los pueblos por donde pasa el tren, las nuevas palabras de la ciudad, los nombres de los clientes.

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