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¿Usted pagaría por el derecho a ojear un libro antes de comprarlo?

Opinión

Si existe una industria que presenta hoy verdaderos desafíos, básicamente porque nadie tiene certezas sobre nada, es la del libro. Cada uno de los actores de la cadena de producción y comercialización enfrenta sus propios problemas (los autores, los editores, las editoriales, los distribuidores y los libreros), y todos tratan de adaptar su modelo de negocio a las fluctuantes voluntades de los lectores y consumidores. No existen reaseguros porque se trata de una ecuación económica que las nuevas tecnologías prometen modificar de raíz, y los cambios alcanzan al modo en que se accede a los libros (algunos hablan directamente de "textos", más allá de los formatos) pero también a la manera en que se lee, e incluso se escribe.

Hace algunas semanas mencionábamos uno de los efectos más notables generados por la modificación de ciertos hábitos de consumo: el riesgo que corren las librerías si no se adaptan a los nuevos tiempos. En Inglaterra, pero también en los Estados Unidos, el número de locales que cierran aumenta todos los años, y eso genera una serie de discusiones y debates que se renueva de forma permanente. Diez días atrás la CEO de la editorial Harper Collins, Victoria Barnsley, opinó en un programa de radio de la BBC que no le parecía descabellada la idea de cobrar a los clientes de las librerías por ojear los libros antes de comprarlos.

La CEO de la editorial Harper Collins, Victoria Barnsley, opinó en un programa de radio de la BBC que no le parecía descabellada la idea de cobrar a los clientes de las librerías por ojear los libros antes de comprarlos

Más allá de lo extraño que pueda resultar una declaración por el estilo, tiene una explicación basada en la realidad: son cada vez más los lectores que se acercan a las librerías para pasar las páginas de un libro en papel, decidir si resulta interesante, volver a sus casas y comprarlo en canales de venta alternativos, pagando la mitad o a veces un tercio del precio que tienen en las mesas de novedades. Barnsley dijo que en la actualidad apenas el 35 por ciento de los lectores de literatura en el Reino Unido hace sus compras en librerías, y que pagar por mirar podía llegar a ser una alternativa para evitar más cierres. La cadena Barnes&Noble, por ejemplo, tiene estudiado que el 40 por ciento de sus clientes usa sus instalaciones como una gran vidriera para decidirse por un libro antes de comprarlo, pero a Amazon y por Internet. La reacción de los libreros ingleses frente a una estrategia que evidencia apenas un alto nivel de desesperación fue de la sorpresa a la carcajada: si les cuesta sobrevivir como están las cosas ahora, no pueden imaginarse qué podría sucederles si tuvieran que cobrar entrada o derecho de permanencia en sus locales.

Que un bien de consumo termine por transformarse en un bien suntuario no ayudará a que los lectores prefieran las ediciones en papel y estimulará, muy probablemente, la piratería

No es un tema que afecte a las librerías locales (en la Argentina se permite leer libros sin problemas, e incluso existen cadenas que disponen de áreas especiales de lectura o dejan que los clientes puedan tomar un café mientras ojean sus ejemplares), al menos por ahora, ya que quien quiera comprar libros electrónicos en castellano se encontrará con muy pocos títulos disponibles y con precios que son, todavía, irrisoriamente altos. Tanto, que a veces casi no hay diferencia entre un libro en papel y su versión digital.

Es, de hecho, en la falta de una política de precios donde el mercado del libro argentino demuestra una de sus mayores falencias: se remarca al ritmo de la inflación y del aumento del costo de los insumos, de las trabas a la importación, de la crisis del sector y de la especulación editorial. Ni siquiera existe para los lectores la posibilidad, como en España, de poder optar entre la edición trade de un título (tapa y solapa, formato más grande, precio completo) y la de bolsillo (una edición con papel de menor calidad y más pequeña, y por eso mismo mucho más barata).

Poco a poco, y a pesar de no tributar IVA, el precio de los libros en la Argentina va acercándose a los de Europa y los Estados Unidos. Que un bien de consumo termine por transformarse en un bien suntuario no ayudará a que los lectores prefieran las ediciones en papel y estimulará, muy probablemente, la piratería. Es lo que pasa en países como Perú, donde la industria paralela e ilegal es más poderosa y mueve mucho más dinero que la formal. Fue lo que le pasó a la industria de la música, que necesitó que comprar vinilos y discos compactos volviera a imponerse como una moda nostálgica para no desaparecer por completo. No es un problema nuevo, pero las soluciones siguen sin aparecer.

Nota de la Redacción: Ante diferentes comentarios de los lectores, el autor quiere aclarar que utilizó el verbo "ojear" (sin "h") para referirse a la acción de "echar un vistazo" a un libro. Para conocer más sobre su uso, se recomienda leer la siguiente columna de Lucila Castro: Ojo por hoja . .

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