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Ver el árbol, pero no el bosque

Opinión

Tan necesario como tomar medidas -hasta donde sea posible- para evitar la remoción de árboles de la avenida 9 de Julio por las obras del Metrobús es aclarar algunas cuestiones respecto a lo realmente significativo del debate ambiental para sustraerlo de manipulaciones políticas, y confusiones de "escala" que desvían la atención del problema central.

Son los procesos violentos de desmonte, que literalmente se "llevan puestos" decenas de miles de hectáreas de bosques nativos en muchas provincias del norte argentino, junto con las sistemáticas violaciones a la ley 23.361, los que deberían constituir el centro de la agenda ambiental de un gobierno demasiado enfrascado en "chicanear" a sus adversarios políticos.

Hay que actuar racionalmente de ahora en más para impedir el aumento del daño ya hecho

El desastre de Tartagal en Salta , y las últimas inundaciones del Salado en Santa fe -ambos eventos con saldo luctuoso y grandes pérdidas económicas para estas provincias- son sólo puntas del iceberg del impacto que causa la deforestación masiva. Fue necesario que los expertos de manera unánime no dejaran sombra de duda respecto a esta correlación, para que el Ejecutivo diera el sí a la ley. Sin embargo, poco o nada se ha avanzado desde entonces: los desmontes continúan de manera abierta o clandestina, impulsados por los beneficios económicos para los diversos actores involucrados, que trae aparejada la expansión de la frontera agrícola. La colusión de intereses entre algunos gobiernos provinciales y terratenientes sojeros sumado a los problemas de financiamiento crónicos hacen muy difícil el montaje de sistemas de chequeo y vigilancia apropiada para el cumplimiento de ley.

El sistema de retenciones a la producción sojera constituye una fuente fundamental de financiamiento del modelo económico vigente. Es de esperar entonces que el Gobierno haga todo lo posible para no comprometerla: ¿son entonces los desmontes que acarrea la expansión agrícola funcionales al modelo? Lo serían si no afectaran la sustentabilidad del ambiente, es decir la posibilidad de sostener este ritmo de explotación en el largo plazo, con mínimas consecuencias económicas y ambientales. Los escenarios de empobrecimiento progresivo, erosión de suelos y hasta desertificación que acreditan la mayoría de expertos representan ya un cuadro alarmante, y no sólo en las regiones extrapampeanas. Dichos escenarios encarecen los costos de producción y reducen márgenes competitivos. Todo indica que de persistir esta tendencia se estaría ahorcando a la gallina de los huevos de oro.

Algunas posiciones críticas de la ley hablan de poco realismo y falta de comprensión respecto de la necesidad de un uso intensivo de los recursos naturales si el objetivo es el crecimiento económico de la Nación. Sostienen que si el parámetro es la conservación total del bosque nativo, la vara esta demasiado alta.

Los espacios verdes no han sido más que una variable de ajuste del crecimiento metropolitano, un "daño colateral"

Sin embargo, lejos del conservacionismo irreal de algunas ONGs que proponen una gestión-museo de biomas nativos, la ley está alineada con las necesidades de explotación racional y "sustentable" de recursos que tienen muchas regiones del país, regulando la dinámica expansiva de la frontera y el desmonte -no prohibiéndolos- según las necesidades de actores sociales y la capacidad de carga de los ecosistemas, lo que la convierte en una herramienta de manejo interesante al poner el énfasis en técnicas de conservación de suelos combinadas con preservación de bosques.

Nuestra tarea como ciudadanos es impulsarla desde la instancia que toque, difundir sus objetivos y luchar para que se cumpla.

Árboles de Buenos Aires

Una imagen de Buenos Aires de hace unos 80 años atrás, nos muestra una ciudad de casas bajas extensa, atravesada por arroyos y ríos con importantes arboledas adyacentes que en el caso de la costa del Río de la Plata se convertían en densas masas boscosas y humedales. Estos espacios cumplían un rol ambiental específico: los árboles y los suelos con vegetación actúan como grandes "esponjas" que absorben y liberan grandes cantidades de agua a los ríos, arroyos y a la atmósfera, ralentizando la escorrentía superficial y freática, disminuyendo de este modo sensiblemente el riesgo de inundaciones. Las que son más un resultado de la velocidad de circulación del agua en el territorio de una cuenca que del volumen de precipitaciones caído.

Desde entonces los espacios verdes no han sido más que una variable de ajuste del crecimiento metropolitano, un "daño colateral" causado por: sucesivos periodos de sistemática ausencia de agenda ambiental de la clase política, y un crecimiento anárquico e "informal" del espacio urbano, producido por un conflicto entre la necesidad de espacio de una creciente población y la ausencia de políticas de vivienda pública o barata. Merece un párrafo aparte el rol jugado desde los años noventa por una descontrolada especulación inmobiliaria que convirtió al AMBA en un festival de torres, muchas de las cuales se construyeron sin permisos adecuados sobre antiguos espacios verdes, modificando criterios de zonificación, y sin estudios serios de impacto, lo que solamente puedo ser posibilitado en parte por un alto nivel de corrupción municipal. Hay que decirlo de una vez: si bien las torres significan trabajo y capital para algunos sectores, no contribuyen en lo más mínimo a solucionar el problema estructural de la vivienda, y todo a expensas de un tremendo daño ambiental: consumen espacios verdes, y -de acuerdo con evidencias recientes- los profundos cimientos generan diques que comprometen la circulación freatica de las aguas hacia el río, produciendo ascensos de la napa e inundaciones.

No se puede retrotraer el paisaje urbano a lo que alguna vez fue, basta con pensar que en los arroyos White (o De los Membrillos) y Medrano, hoy entubados, la gente nadaba y hacía picnics bajo los frondosos árboles de la orilla.

Pero las experiencias de algunas ciudades europeas demuestran que se puede mejorar substancialmente la calidad del ambiente urbano. Las descripciones de Londres de principios del siglo 20 pintan una ciudad con cloacas abiertas circulando por las calles, montañas de basura, un Támesis pestilente y sin vida, y un cielo negro que evidencia la contaminación atmosférica producida por el carbón. Actualmente no queda rastro de "aquella" ciudad. De todas las políticas llevadas a cabo para limpiarla hay una que sobresale: es la que establece la intangibilidad de los "Green-Belts", y determina una tasa especifica e inmodificable de cantidad de metros cuadrados construidos por espacio verde. Esta norma no es una medida de coyuntura, sino el resultado de años de lucha de múltiples sectores de la sociedad civil y política por un ambiente mas limpio.

Hay que actuar racionalmente de ahora en más para impedir el aumento del daño ya hecho, para esto es necesario modificar y ordenar el crecimiento futuro de la ciudad con la participación activa de todos sus habitantes en el proceso, definiendo prioridades, e impulsando una agenda ambiental clara que tenga a la educación como eje y el compromiso de todo el arco político.

Una frase del Mayo Francés que invita a imaginar otro mundo posible, puede ser tomada literalmente para imaginar otra ciudad posible, en donde los complejos procesos físico-naturales que la subyacen sean entendidos, y tenidos en cuenta en la gestión.

Quizás algún día -tal como sostenían los estudiantes franceses del 68- los que habitamos Buenos Aires descubramos que: "Bajo los adoquines está la playa"..

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