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La compu

Pequeñas delicias de la comunicación celular

Tecnología

Hace muchos años que no uso la línea de telefonía fija. Está ahí, en el estudio, para el ADSL, y a merced del atento, pero imperturbable contestador automático. Como en el caso de muchas personas, todas mis comunicaciones por voz son hoy vía celular, y con ventajas.

Habiendo nacido en un mundo en que los teléfonos eran gigantescos aparatos de baquelita de 1900 gramos, esto de portar mi línea telefónica y la guía de contactos en un dispositivo inalámbrico de 130 gramos que llevo en el bolsillo es simplemente fascinante. Por no citar el hecho de que también cargo allí mi calendario, correo electrónico, música, libros, redes sociales, el GPS y una docena de servicios en línea, desde el pronóstico del tiempo hasta el diccionario de la RAE. En muchos sentidos, los smartphones son instrumentos de ciencia ficción.

Pero han creado todo un universo de nuevos problemas.

Último domicilio conocido

Para empezar, durante años los usuarios de celular hemos sido discriminados como si, por no tener una línea fija (o no usarla para hablar, como es mi caso), estuviéramos ocultando alguna actividad ilícita, cierto inconfesable estigma familiar o, más trivial, pero no menos desagradable, como si hubiéramos usurpado una dirección postal. "¿Pero en este domicilio usted puede recibir nuestras notificaciones?", me preguntó una vez una señorita, enfatizando sus sospechas con ojos entrecerrados y mirándome de soslayo. "Sólo si me las envían", le respondí con una sonrisa. No habiendo comprendido el sarcasmo, siguió observándome con los ojitos entrecerrados, pero pestañeando ahora rápidamente. Recalculando.

De hecho, aunque es cada vez más raro, todavía me ocurre que en un comercio, organización, establecimiento, despacho o repartición no me aceptan mi número de celular. "No, señor, se requiere una línea fija", entonan, como si una línea fija fuera alguna clase de garantía frente al que tiene de verdad intenciones inicuas, que no es mi caso. No les contaré, por pudor, las explicaciones que me han dado cuando quise saber por qué la una servía y el otro no.

Sí admitiré mis numerosos experimentos frente a este dilema. Por ejemplo, advertirles que nadie responde en mi línea fija. O que dicha línea no está conectada a ningún teléfono. "No se preocupe", me han respondido en más de una ocasión, como si lo único que importara fuera llenar el casillero con un número de teléfono fijo. La burocracia me supera, lo digo con entera humildad.

Otros, menos cautos, me han lanzado un: "¿Y eso por qué? ¿Nunca hay nadie en su casa?" "Sí -les he respondido-, pero sólo hablan gaélico." En serio, ¿cómo reaccionar ante semejante insolencia?

Fuera de los casos donde una legislación u ordenanza exige con algún criterio racional un número fijo, he visto con alegría que hay quienes se han ido dando cuenta de que estamos en la segunda década del siglo XXI, que hay 5 veces más celulares que línea fijas en la Argentina y que estos aparatitos tienen enormes ventajas sobre sus hermanos fijos. Así, por ejemplo, una empresa de radiotaxis con la que viajo a menudo me identifica por mi número, me ofrece mandarme un auto a mi casa de forma automática, cosa que acepto apretando el número 1, y luego me envía un SMS de confirmación. Suena como algo obvio para agilizar la operación y ahorrar recursos, pero hace 18 años que uso celular y esta clase de aciertos son relativamente recientes. Supongo que en algún momento los descastados serán los teléfonos IP, y todo volverá a empezar. "Fijo o celular, señor, no aceptamos un ID de Skype."

¡Arriba las manos, esto es un smartphone!

Aparte de lo dicho, y por razones de seguridad, sacar un celular en bancos y otros sitios donde se maneja dinero equivale a exhibir una escopeta calibre 12. Con toda justicia, hay que decirlo, pero resulta que un smartphone hace mucho más que servir de celular. A mí, por ejemplo, me evita cargar con un grueso libro para mitigar salas de espera, filas y otras desesperanzadas amansadoras a las que nos somete la vida urbana.

Un día, hace dos o tres años, fui a pagar algo a un banco. En general, hago todo online, pero por algún motivo ese día volví a visitar ese dispositivo demencial y antiguo como el Diluvio: la fila. Así que saqué mi smartphone y me puse a leer.

El guardia tardó un cuarto de segundo en ponerse a mi lado para informarme: "Señor, acá no se puede usar el celular". Le dije: "Lo que usted quiere expresar es que no se debe usar el celular. Es obvio que puedo usarlo." Me di cuenta de que la corrección semántica no le había caído muy bien, por lo que añadí: "Igual, entiendo lo que me quiere decir". Y volví a mi lectura.

Desconcertado y levantando presión, el guardia repitió, con un volumen más belicoso:

-Señor, acá no se puede usar el celular.

-Sí, entendí el mensaje la primera vez -le dije, sin mirarlo-, pero no estoy usando el celular, estoy leyendo.

-Acá no se puede usar el celular.

-¿Para leer tampoco?

-Acá no se puede usar el celular.

-¿Y si lo pongo en Modo Avión?

-No puede usar el celular, señor.

-Es un smartphone.

-No puede.

-Sí puedo. Usted quiere decir que no debo -le sonreí.

No entiendo cómo no termino preso por hacer estas cosas. En fin, tuve que guardar el teléfono y ahora, cuando debo hacer algún trámite que requiere esperar en un lugar donde se maneja dinero, me llevo un libro de papel.

Terapia de grupo

De todos modos, la discriminación no es el único problema. Los celulares, además, atentan contra el diálogo. Sí, sí, ya sé, nos mantienen comunicados todo el tiempo y no salgo de casa sin él. Pero me refiero a dialogar, conversar. ¿Recordamos todavía lo que es conversar? (A veces me lo pregunto. Seis de cada diez veces que me reúno con alguien a tomar un café o a comer tengo que pedir que bajen la música, por ejemplo.)

En fin, hubo una época en que hablar por teléfono con alguien era un asunto personal que ejercíamos desde la intimidad de nuestro hogar.

Ahora es diferente. Ahora podés verte sometido a esa muchacha que le cuenta a su amiga toda la escabrosa historia de su reciente divorcio en la sala de espera del dentista o aquél otro que se pelea con el sujeto del taller a viva voz, todo adobado con epítetos tan enojosos que casi constituyen delito de disturbio. Es un reality show sentado frente a nosotros. Y no falta quien, no contento con incluirnos de facto en su existencia, nos guiña el ojo con picardía tras emitir un retruécano que considera particularmente ingenioso.

Viceversa, estamos los escrupulosos, los que, en idéntica situación, adoptamos una posición casi fetal, dándole la espalda a todos y tapando la boca con la mano mientras susurramos: "Cuchame-ahora-no-puedo-hablar", a lo que la otra persona responde con un "¿Por qué? ¿Pasa algo? ¿Estás bien?" "Sí, sí, estoy esperando al dentista", masculla uno furiosamente, inquietando por igual a los presentes, que a estas alturas sospechan que somos prófugos de la justicia, y a nuestro interlocutor, que a causa de las interferencias y el cuchicheo no entendió si dijimos dentista o fiscal de distrito .

Pero hay más. Como ahora estamos en condiciones de hablar en cualquier lugar (salvo el banco), no es raro que intentemos mantener un diálogo en medio del estrepitoso tránsito porteño, sumidos en el ulular del céfiro atlántico, desde la enardecida tribuna futbolera o en los ya mencionados restaurantes, discotecas, pubs y otros sitios así de atronadores. Tales diálogos son un intercambio de malentendidos que concluyen con el sabio, pero manido: "Te llamo después, ¿dale?"

Así que mucha comunicación, pero de hablar, poquito.

La multitarea, por su parte, no colabora, porque en medio de una llamada importante pueden entrar otras, no menos cruciales, y se impone entonces el presuroso rito de poner en espera, contestar, explicar que estamos hablando, te-llamo-más-tarde , y volver a la primera conversación. Hay variantes, sumemos, como la de cortarle a la primera persona para hablar con la segunda o unir ambas charlas en una conferencia.

En todos los casos, ignorar la segunda llamada no es una opción: el telefonito se ocupará de perforarnos la corteza auditiva con una insistente señal sonora. Entretanto, llegarán mails, SMS y mensajes de Whatsapp y Skype . Al final, no parece que estuviéramos hablando por teléfono, sino jugando al Angry Birds.

Ojalá las trabas terminaran aquí. Pero no. El aparatito es también un experto en interrumpir conversaciones cara a cara. Estás con alguien, la charla fluye magnífica y placenteramente, y entonces empieza a sonar su móvil. Vos te das cuenta de que la mirada de la otra persona se desenfoca. Preferiría no atender, porque la charla está buena, pero cómo ignorar ese tenaz ringtone. Le decís:

-Dale, dale, atendé.

-Sí, perdón -dice tu interlocutor, y se pone a hablar por celular. Vos, para no ser menos, te ponés a mirar Twitter. O algo así. Para cuando su conversación telefónica concluye, el clima se ha ido al garete. No obstante, consiguen recuperarlo con un trillado pero efectivo "¿Dónde estábamos?". Y ahí, cuando la charla toma carrera otra vez, suena tu celular.

En la jaula

Ah, pero nada como las dificultades causadas por el simple hecho de que en la telefonía móvil no hay cables. Ya sé, parece una tautología. Pero no habiendo cables, la voz viaja a caballito de las microondas, y resulta que las microondas son como Superman. Pueden volar rápidamente a cualquier lado y son inmunes a la niebla, la lluvia, el granizo, el fuego y las balas, pueden atravesar paredes de ladrillo y llegar hasta el espacio exterior sin tiritar. Pero tienen su kriptonita: las jaulas de Faraday .

Michael Faraday fue un científico inglés que en 1836 descubrió por qué, 150 años después, se nos iba a cortar la llamada cuando se cerraran las puertas del ascensor. Un capo.

Sin entrar en detalles, lo que descubrió Faraday es que una jaula hecha de una malla metálica aísla los campos electromagnéticos. Las señales de celular no entran en una jaula de Faraday. Ni salen de ella. Ups, se cortó.

Por eso tu horno de microondas contiene una jaula de Faraday -fácilmente visible en el cristal del frente- que evita que al calentar el café cocines también el helecho que le pusiste arriba (para adornar). O tu cerebro, si te ubicás muy cerca. La inmensa mayoría de los ascensores son jaulas de Faraday perfectas.

Por desgracia, las microondas encuentran obstáculos de esta clase por todas partes, no sólo en los ascensores, y cualquier casa antigua con paredes gruesas y mucho hierro es pasaporte a comunicaciones quebradizas.

En total: la frase más usada en una conversación celular es se te entrecorta , seguida del ¿a ver ahora? que usamos luego de movernos 4 metros en una dirección elegida al azar. Pero da igual. Si es uno de esos días en que los hados electromagnéticos están en nuestra contra, entonces no ganaremos nada ni con la celebérrima parabólica humana.

El percance protagoniza, a veces, escenas televisivas de lo más incómodas, cuando un entrevistado se pone a hablar como poseso, pero salen mayormente sílabas cortadas en juliana. El conductor, pobre, mira a cámara con ojos redondos y trata de encontrar una pausa donde informar al parlanchín que no se le entiende nada, y con cada segundo la encrucijada se pone más tensa.

En fin, consejo del estribo sobre este asunto: si tenés mala señal en tu casa u oficina la mejor solución es comprar un auricular Bluetooth y dejar el teléfono quieto en el lugar donde el indicador exhiba al menos un par de rayitas. Moverse de aquí para allá con el teléfono cada vez más apretado a la oreja para ver si oímos algo no ayuda ni un poco. Aunque parezca contradictorio, en estos casos, lo mejor es dejar el móvil inmóvil. El alcance de Bluetooth va de 4 a 10 metros dependiendo, de nuevo, de los obstáculos que sus propias microondas puedan hallar.

Eso sí, ninguna estrategia logra evitar, al menos en mi experiencia, que las conversaciones celulares largas, sobre todo si son entre dos operadoras diferentes, se corten cuatro o cinco veces. ¿Dónde estábamos?

Hospital de agudos

Una de las grandes virtudes de los celulares es también uno de sus peores defectos: podemos usar con ellos un manos libres. Soy fanático de estos accesorios, ya lo he dicho, y además creo que son de lo más saludables. Pero conducen a dos nuevos problemas. Por un lado, no estás prestando suficiente atención ni a tu interlocutor ni a lo que estás haciendo. Las consecuencias pueden ser bastante serias. Por eso la ley de tránsito dice que no hay que usar el teléfono al conducir.

Picar perejil mientras hablás, por citar una actividad algo más doméstica, tampoco es una gran idea. Lo digo por experiencia.

Por otro lado está la sensibilidad de estos aparatos a las frecuencias altas. Hay cierto número de cosas que deberíamos evitar mientras hablamos por celular en general y con el manos libres en particular, para no perforarle el tímpano a nuestro interlocutor: lavar los platos, activar o desactivar la alarma hogareña o tocar el glockenspiel.

The corridor

Como ven, los contratiempos móviles dan para una extensa obra en varios volúmenes con fotos, mapas y diagramas ilustrativos (cómo sostener un iPhone 4 para no interrumpir el trabajo de su antena, por ejemplo).

Así que no me extenderé mucho más. Sólo señalaré que en toda empresa mediana o grande hay un corredor celular. No, no es donde se encuentra buena señal. Es una zona apartada y poco transitada donde se busca algo de privacidad. Se los ve allí deambulando, a veces varios a la vez, como almas en pena, con el teléfono adherido al temporal y el cigomático, la cabeza baja y susurrando enérgicamente. Al cruzarse con ellos uno apura el paso, temeroso de captar alguna palabra de más, aunque es característico que justo en ese instante se haga un silencio elocuente. Puede que te salude con varios matices de sonrisa, desde la cómplice hasta la avergonzada. Me ha pasado, y no una sola vez, de encontrarme con alguien que lloraba.

Pero no es todo. Si resulta que tu oficina queda en el camino del corredor celular, ¡ay!, has de vivir en un eterno sobresalto, enterándote de más detalles de los que deseabas y, peor todavía, perdiéndote, al alejarse el sujeto hacia el otro extremo del corredor, del final de más de un sabroso culebrón..

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