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Perspectivas

Cuando gobernar es el arte de mandar

Enfoques

El pueblo quiere saber de qué se trata, es la mítica frase que con más eficiencia ha logrado instalarse en el inconsciente colectivo de los argentinos para representar el supuesto deseo de dejar de ser súbditos para ser ciudadanos que anidaba en los patriotas de mayo de 1810. Nada podía simbolizar mejor el ocaso de una monarquía y la gestación de una república.

Poco más de 200 años después y luego de casi 30 años de vigencia de la democracia, casi nadie sabe acá de qué se trata el acuerdo con Irán sobre el mayor atentado terrorista ocurrido en la Argentina.

Un pacto tramado en secreto durante dos años que Cristina Kirchner ha decidido imponer despreciando los costos de su decisión tanto como las dudas, las críticas los rechazos y, sobre todo, a quienes lo objetan. Sin sintonía fina, la Presidenta ha resuelto poner en pie de igualdad a opositores políticos, con familiares de víctimas del brutal ataque y dirigentes de la principal comunidad afectada que cuestionan el acuerdo.

Lejos de aquellas viejas promesas oficiales de buscar un amplio consenso y de escuchar a deudos y a dirigentes comunitarios a la hora de tomar cualquier decisión sobre la tragedia, ajena a las contradicciones con su propio discurso, inmune al dolor y al reclamo de explicaciones, el pacto avanza por imposición y decisión suprema. Sin más apoyos que los formales para lograr la sanción de una ley, renga de legitimidad.

Mucho se ha especulado sobre las verdaderas razones que habitan detrás de tan extraña y tan inmutable decisión presidencial, pero si algo revela el pacto con Irán es el triunfo de una forma de gobernar: la de los que mandan por sobre la de los que conducen. Ninguno deja de intentar imponer sus ideas y sus proyectos. La diferencia radical entre ambos es que los que conducen procuran que sus actos tengan la aprobación mayoritaria y sean vistos como respuestas a demandas y necesidades de los gobernados. A los que mandan sólo les preocupa conseguir su objetivo.

No se trata de una dicotomía entre demócratas y autócratas. Tampoco se reduce todo a una cuestión de formas. También es una cuestión de eficacia. Las acciones y sus resultados pueden ser igual de buenas o de malas en cualquier caso, pero las de los que conducen tienen más chances que las de los que mandan de perdurar, de enfrentar dificultades, de sobrevivir a las críticas, las sospechas y los intereses de su tiempo y a las vicisitudes que todo proyecto enfrenta en sus etapas germinales.

"Cuando nosotros le llevamos el proyecto de ley de matrimonio igualitario, nos escuchó, le pareció bien, pero nos respondió: « Si quieren que salga, milítenlo »". El autor de la anécdota es uno de los líderes de la comunidad homosexual argentina. Consciente de lo que podía implicarle un cambio de esa naturaleza sin apoyo mayoritario, reacio siempre a pagar costos innecesarios para comprar problemas ajenos, el que les dio el consejo (y la orden) fue Néstor Kirchner.

Mandar exige obedecer. Conducir obliga a convencer. Cristina hace tiempo que ha optado por premiar a los obedientes. A la larga y cuando el crédito social no abunde, la obediencia puede convertirse en un costo fijo muy caro..

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