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Opinión

El largo camino del dolor

Buenos Aires

Estación Once, nueve y media de la mañana. El primer acto del día ha terminado. Se descuelga el gran cartel que pide justicia. Sobre los indicadores celestes de la empresa, que dicen: "Estamos trabajando para brindar un mejor servicio. Disculpe las molestias", se destaca un rectángulo negro con letras blancas: "Maldita impunidad". Parece la intervención gráfica de un artista, alguno de los que, en el zócalo superior del hall, muestran sus obras sobre la catástrofe.

Para llegar a la línea de velas, encendidas sobre el borde del andén 2, se pasa frente a un austero abanico de rosas rojas. De uno y otro lado de estas flores, todos tienen una historia que contar: los familiares, los amigos, los vecinos, gente digna, firme, ajena a la verborragia. Un raro equilibrio, que ya impresionaba como excepcional desde el principio, cuando un padre y una madre que todavía no habían encontrado a su hijo mostraban la decisión de reconstruir la tragedia, saber realmente qué había pasado en ese amasijo de hierro y plástico.

 
 

Con una vibrante intervención de Manuel Callau ha comenzado el aniversario. Pero es difícil saber lo que vendrá. A mediodía en la Catedral hay una misa. En el altar, algunas fotografías de las víctimas. Apoyadas en los bancos, otras. Gente de remera negra y la palabra Justicia. Gente de remera blanca con la foto y el nombre de su muerto.

Los que conocen la Catedral dicen que está colmada. Rodeados por el estruendo del microcentro y los bombos que suenan en el otro extremo de Plaza de Mayo, el dolor es, en la Catedral, silencioso, como en esos planos de televisión que hemos visto, donde hombres casi viejos están llorando a su hija, a su hijo, sin llevarse las manos a los ojos, para evitar el gesto clásico del llanto. El acto del atardecer será distinto, de una intensidad tan fuerte como este silencio.

Es un día interminable porque las muertes de Once tienen para sus familiares ese carácter: no terminan de suceder y volverán a suceder cuando se abra el juicio oral. Por decisión moral esta gente ha elegido no encarcelar a su muerto en el duelo privado.

A las cinco y media de la tarde, la Plaza empieza a ocuparse. El palco, de espaldas a la Casa de Gobierno, los carteles todos iguales que reparten muchachos y muchachas. Miles de celulares multiplicarán miles de fotos de esos cartones donde se pide justicia. Los partidos que llegan, traen estandartes pequeños; Altamira marcha bajo una pancarta que denuncia el crimen de Mariano Ferreyra. Después de caminar cuarenta kilómetros desde Moreno, el Partido Socialista Argentino llega sólo con banderas blancas, sin identificación. Otros políticos, Tumini, Donda, Stolbizer, se desplazan sueltos por la Plaza. Aquí está pasando algo diferente a la costumbre inveterada de competir por la visibilidad y el espacio.

A esta Plaza la llenan quienes no tienen una relación personal directa con la tragedia de Once. Todos dicen que vienen para solidarizarse. No hay gritos mientras se espera pacientemente que funcione el audio. Sólo, de vez en cuando, olas de aplausos. A las ocho menos cuarto Ernesto Tenembaum y Gabriela Radice, actuando como locutores, dan por comenzado el acto. Y le pasan el micrófono a Pérez Esquivel, que reclama un "nunca más" y la nulidad de todas las concesiones ferroviarias. Después, nueve familiares leen su texto: nerviosos, angustiados, enfrentando por primera vez el vértigo de una multitud.

El día fue un crescendo, pero no necesariamente podía esperarse un final como el que le dio el documento consensuado por los familiares de las víctimas. Se leyó un gran texto, de los que no abundan y hay que citar: el acto no es una victoria porque nunca debió haber existido su causa, dicen; los responsables son los corruptos, vengan de donde vengan, por eso es indispensable la batalla legal, cuyo desenlace debe dejar en claro que la "tragedia fue consecuencia de la voluntad de enriquecerse". La Justicia estará enfrentada con pruebas sobre las que deberá resolver y personas que deberá condenar "lleven el apellido que lleven". El tono es el de la resolución más firme y lo acompaña un desafío a quienes están a espaldas del escenario: los ocupantes de la Casa Rosada, que no van a poder "borrar los años de abandono".

Sin embargo, la afirmación que parece más sutil y más decisiva no se refiere a la tragedia ni a la corrupción, sino a esa Plaza de autoconvocados: "Éste no es un acto político: es un hecho político". Con esta frase culmina el crescendo de este 22 de febrero. La Plaza es política, no porque se silbe el nombre de Cristina Kirchner (muy moderadamente, en verdad), sino porque un sujeto colectivo elige designar su acto con ese nombre. Los familiares de Once, con su estilo manso, merecen justicia. Pero quizá sean también el impulso de un nuevo tipo de ciudadanía, lejos de una oposición encerrada en el insulto e igualmente lejos de convertirse en carne de una operación que los coopte. Aprendieron demasiado.

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