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Ficciones y realidades de un premio

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Paradojas del destino y de un premio que fluye todo el tiempo entre la ficción y la realidad. Argo llega esta noche como la gran candidata a llevarse el premio mayor de la fiesta del Oscar: allí, un grupo de diplomáticos estadounidenses, con la ayuda de un negociador de la CIA y el disfraz de productores y técnicos de una película ficticia, trata desesperadamente de salir del aeropuerto de Teherán y regresar a su país en plena crisis de los rehenes de 1979. 5 Broken Cameras tiene pocas posibilidades de ganar el premio al mejor largometraje documental, pero uno de sus directores, el palestino Emad Burnat, será hoy uno de los más buscados en la alfombra roja: a su llegada a Los Angeles él y su familia estuvieron detenidos en la estación aérea y de no mediar un operativo contra reloj encabezado por Michael Moore habría sido enviado de vuelta en el siguiente avión por las autoridades migratorias.

Las diferencias entre un caso y otro están a la vista: en 1979 corrían riesgo de verdad las vidas de quienes estaban refugiados en la embajada canadiense en Irán luego de la toma de la embajada de Estados Unidos por parte de fanáticos seguidores del ayatollah Khomeini y la revolución islámica de entonces. También, como acaba de relatarse, las curiosas semejanzas entre ambas situaciones. Una vez resuelto el episodio de Burnat, Moore se refirió al celo cargado de desconocimiento exhibido por los oficiales migratorios de Estados Unidos: "No podían imaginar que un palestino podía ser candidato al Oscar". En el comienzo de Argo vemos una perplejidad parecida en el rostro de la plana mayor de la CIA. No le encuentran la vuelta al asunto hasta que alguien saca de la galera lo de la película falsa.

Cuesta imaginar un doble escenario más apropiado para ilustrar el cierre de temporada de premios más cargado de connotaciones políticas de los últimos años en Hollywood. En este escenario, a partir de su mezcla fecunda de thriller político, drama, intriga, suspenso, comedia y cruces entre personajes imaginarios (el productor encarnado por Alan Arkin) y reales (Paul Chambers, el experto en maquillaje que interpreta en el film Johh Goodman y que en la vida real fue un activo colaborador de la CIA), Argo fue el film que mejor logró sobrellevar las tensiones y las controversias sobre supuestas tergiversaciones históricas que recorrieron (y afectaron, por cierto) a algunos de los aspirantes más fuertes de este año.

Del otro lado, el más perjudicado de todos parece haber sido Lincoln , objeto de una sucesión de fuertes reproches iniciada por el representante demócrata por Connecticut Joe Courtney, que lamentó ante el mismísimo Steven Spielberg que en su film los dos votos de ese mismo estado sobre la abolición de la esclavitud aparecieran como negativos, cuando en realidad apoyaban la enmienda constitucional del entonces presidente. Courtney y la influyente columnista de The New York Times Maureen Dowd no sólo reclamaron a Spielberg que reconociera públicamente el error. Pidieron que sea corregido cuando el DVD de la película llegue, tal como prometió el director, a todas las escuelas medias y superiores de Estados Unidos.

La política de Hollywood

La larga cuenta regresiva al Oscar, como se ve, estuvo marcada por las disputas entre Hollywood y la política. Pero en los últimos días, como es habitual en estos casos, lo que termina imponiéndose es la política de Hollywood. El ex senador demócrata Christopher Dodd conoce muy bien a Courtney y sabe mucho más sobre los números de aquella votación histórica por haber representado a Connecticut durante 36 años en el Parlamento de Estados Unidos.

Pero en su actual condición de máxima autoridad de la Motion Pictures Association of America (MPAA) debe estar mucho más atento a otra clase de cifras. Dos de los grandes estudios que integran la entidad presidida por Dodd gastaron unos 10 millones de dólares por cabeza para tratar de imponer en la carrera hacia el Oscar a sus respectivas películas mejor posicionadas. Después de muchos años de predominio de títulos pequeños e independientes ajenos al mainstream hollywoodense, Warner (por Argo ) y Disney (por Lincoln ) vienen librando desde hace semanas una sorda y millonaria contienda por un premio que significa mucho de aquí en adelante para la película ganadora.

Según Los Angeles Times, las escaramuzas entre los estudios se plantearon en la prensa escrita de Hollywood (cada aviso a página completa en Variety cuesta 80.000 dólares), en TV (spots promocionales de 30 minutos en canales locales de California a un costo mínimo de 100.000 dólares) y en toda clase de estrategias de marketing: pasajes de avión en primera clase, alojamiento en hoteles cinco estrellas, recepciones (100.000 dólares cada una), carteles promocionales en la vía pública (de 200.000 dólares para arriba en espacios estratégicos de fuerte impacto visual) y limusinas, entre muchos otros.

Hollywood añoraba esa presión de los estudios, reemplazada en los últimos años por el insuperable talento para el lobby del productor Harvey Weinstein, cuyas películas ( El discurso del rey y El artista ) se llevaron el Oscar en los últimos dos años. En el diario El País, de Madrid, acaba de publicarse una nota que recuerda la génesis de esa envidiable capacidad de maniobra: "Weinstein demostró a Hollywood que el Oscar tenía un precio cuando en 1999 consiguió la victoria contra todos los pronósticos de Shakespeare apasionado gracias a una campaña valuada en 11,3 millones de euros".

Cuando el Oscar ya haya consagrado a sus ganadores, unos 1600 invitados cruzarán el hall del Teatro Dolby y se dirigirán hasta el piso más alto del monumental complejo comercial levantado en el cruce de las avenidas Hollywood y Highland para participar del tradicional Governor's Ball, una fiesta que costará casi dos millones de dólares. Quienes se crucen allí con Dodd seguramente hablarán mucho de números. Querrán saber, por ejemplo, si este año el Oscar aportará como en 2012 unos 130 millones de dólares a la economía de Los Angeles. También hablarán de los números de la fiesta: las 50 estatuillas de oro que se repartirán este año cuestan un valor estimado a 45.000 dólares. Se habrán gastado un millón en el escenario, 250.000 en el operativo de seguridad, 100.000 en honorarios para los productores, un mínimo de 15.000 para los cantantes (a partir de 2400 para Barbra Streisand y 3500 para Norah Jones, según los honorarios del sindicato de músicos) y hasta 10.000 sólo en confeccionar e imprimir los casi 500 sobres para los nominados y ganadores, tarea en la que se invirtieron (según consigna The Hollywood Reporter) unas 110 horas.

Pero no todo pasa aquí por el glamour, el lujo y los gastos ilimitados. Para la hora en la que TNT tiene previsto iniciar su preshow desde la alfombra roja (las 20.30, hora argentina), se espera que trabajadores de la firma de efectos especiales (VFX) que podría darle el Oscar en esa categoría a Una aventura extraordinaria levanten allí a la vista de todos un cartel de protesta. Ellos temen perder su trabajo después de que la empresa se presentara en convocatoria de acreedores y quieren hacerlo saber. Es otra de las tantas paradojas que cada año entrega el Oscar..

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