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Ratzinger, ante las lecciones de Juan Pablo II

El Mundo

A diferencia de su antecesor, gobernó la Iglesia menos expuesto a la actualidad política

ROMA (De una enviada especial).- El Vaticano es como la historia de sus papas, hecho de grandezas y miserias. Surgió en el mismo sitio donde, según la Iglesia, alrededor del año 67, Pedro -primer obispo de Roma- fue sepultado después de ser crucificado con la cabeza hacia abajo. Desde entonces, el dinero, el poder, los escándalos, las calumnias -e incluso las guerras-han sido parte de la Iglesia, inmersa en el devenir de la humanidad.

En 2000 años hubo papas buenos, malos, corruptos, honestos, santos, pecadores, intelectuales, simples, visionarios y materialistas.

El caso de Benedicto XVI no tiene precedente: fue un pontífice que, durante todo su papado, siguió actuando como el profesor de teología que había sido durante su juventud alemana. Fue un guardián intransigente de la doctrina, un hombre de cátedra y conferencias, más que un agitador de muchedumbres. Tanto que, ya al día siguiente de su elección, Roma decía: "Los cardenales han elegido un cerebro". Imposible imaginar a alguien menos parecido a su predecesor, Juan Pablo II.

Benedicto XVI parece haber aprendido las lecciones del larguísimo reinado de su antecesor, expuesto a los caprichos de los medios y de la actualidad política. De inmediato, hallaría su lugar en una libertad sorprendente: no como una mala copia de Karol Wojtyla, político y profeta, sino como un "doctor de la fe" que hace lo que sabe hacer, dice lo que tiene que decir, se limita a lo esencial, se preocupa por la unidad de la Iglesia, administra su tiempo con parsimonia, renuncia a ambiciones desmesuradas como la reforma, cien veces prometida, de la Curia romana o a viajes azarosos.

Esa libertad que reivindica para sí mismo la atribuye también a su entorno. Por eso puso en marcha en la Santa Sede una "diarquía" que tiene pocos antecedentes en la Iglesia.

El Santo Padre se reservó la prédica y los grandes expedientes, como la reconciliación con los católicos tradicionalistas o la reactivación del diálogo ecuménico.

Su número dos, el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, que ya era su colaborador en la Congregación de la Doctrina de la Fe, se ocupaba de la diplomacia, la gestión cotidiana de la Curia, las reuniones con dirigentes políticos y religiosos o con grupos de fieles que Benedicto XVI recibía poco.

Apodado el "vicepapa", el cardenal Bertone nunca temió hablar en público. Pero esa repartición de tareas fue la que probablemente desencadenó las furiosas críticas que salieron a la luz con el escándalo VatiLeaks, en 2011.

¿Comprendió alguna vez Benedicto XVI que su rol también era profundamente político? "Probablemente sí, pero nada de eso estaba en su naturaleza", reconoce el historiador Philippe Levillain. "En todo caso, Juan Pablo II, monopolizado por los desafíos de la Iglesia mundial, tampoco se ocupó demasiado de lo que sucedía a su alrededor", señala.

Benedicto XVI fue fiel a Juan Pablo II, consolidando su obra y haciendo prevalecer una interpretación más auténtica y conservadora del Concilio Vaticano II (1962-1965). Pero ninguno de los expedientes más concretos de la Iglesia como institución fueron tratados en profundidad, como la crisis de las vocaciones sacerdotales y los ministerios..

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