Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

El arte de familiarizarse con la propia ignorancia

Opinión

Alguien debería publicar una antología con los mejores prólogos alguna vez escritos. Los prólogos: ese felpudo en la puerta de entrada de los libros que puede ser un objeto meramente decorativo o convertirse, en buenas manos, en un verdadero arte menor. Quizá incluso ese libro ya exista, pero prefiero pensar que la idea se me ocurrió a mí antes que a nadie. Ya tengo en mente tres que irían al libro sin dudarlo. En realidad cuatro.

El primero es el prólogo a Música para camaleones, el libro de relatos de Truman Capote, que contiene aquella famosa cita del don y el látigo. ¿Cómo era? "Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo. Y el látigo es únicamente para autoflagelarse". No es difícil imaginarse a un Capote muy joven (él mismo declara haber empezado a escribir a los ocho años), con toda su afectación y talento, arrodillado sobre un montoncito de canto rodado, adorando un póster de Willa Cather, pegándose con el látigo en la espalda e imaginándose, ya consagrado, integrando el círculo áulico de una aristocracia del espectáculo a la que al mismo tiempo desea y aborrece.

También pondría, en ese libro imaginario de prólogos e introducciones, el de Operación Masacre, que contiene en sus primeras líneas el dilema moral que acecharía a Rodolfo Walsh toda su vida

La misma potencia, pero en el extremo opuesto de un imaginario arco social y literario, contiene la colección de epigramas que Roberto Arlt concibió como prólogo a Los lanzallamas. Si en el texto de Capote hay autoindulgencia y elegancia disfrazados de examen de conciencia, en Arlt lo que existe es furia y rencor apenas disimulados. "Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo". El que habla es el inventor frustrado, el periodista todo terreno, el gran novelista argentino de la primera mitad del siglo XX, luchando contra el entorno y sus limitaciones, y contra sí mismo. "Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias".

Arlt es un romántico, como sus héroes literarios, y cree que un escritor se mide por su obra pero también por su relación con el público y su cantidad de lectores. En esto estaba equivocado, claro, pero en su favor hay que decir que por entonces no era sencillo pensar de otra manera. Después vienen las frases más recordadas, y el cierre con la metáfora pugilística: "El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y que los eunucos bufen".

También pondría, en ese libro imaginario de prólogos e introducciones, el de Operación Masacre, que contiene en sus primeras líneas el dilema moral que acecharía a Rodolfo Walsh toda su vida. ¿Es la literatura un arte burgués? ¿Se puede ser escritor y revolucionario? Walsh, en estas páginas, confiesa que siempre prefirió el ajedrez y la literatura fantástica antes que los asuntos de la vida política argentina, hasta que conoció a Livraga, aquel "fusilado que vive", cuyo testimonio lo empujó a investigar los asesinatos de junio de 1956 en un basural de José León Suárez.

El prólogo es la historia de una vida (la de Walsh) y de un libro ( Operación Masacre ), contadas como si fueran un relato policial con toques de suspenso. Walsh se planta a mitad de camino entre Arlt y Capote: sabe que la historia que está escribiendo es tan compleja y tiene un poder de fascinación tal que lo hará perdurar, confía en su talento narrativo y tiene las mismas debilidades y obsesiones que muchos (más tarde confesaría que el primer impulso para escribir el libro fue la tentación del dinero y la posibilidad de ganar un Pulitzer). Su cruzada personal es la de un romántico también, pero al mismo tiempo se siente parte de una elite ilustrada. Tampoco está exento de cierta épica del fracaso, como Arlt: "Esa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse". El hombre que con este libro inspiró a generaciones de periodistas en la Argentina llegará a escribir, en un epílogo años más tarde, que viendo los resultados de su investigación no sabe si, puesto de nuevo en ese lugar, volvería a encararla.

Estos tres prólogos son muy buenos, pero bastante conocidos. Bastante menos lo es el texto que abre el libro de relatos Un lento aprendizaje, del escritor estadounidense Thomas Pynchon. No abundaremos en el mito Pynchon, que todos conocen: nacido en Nueva York en 1937 y celebrado en todo el mundo por su imaginación desbordante y su talento a la hora de narrar conspiraciones y paranoias sociales, nadie sabe bien dónde vive, jamás concedió entrevistas, no se le conocen retratos (salvo un par de fotos de cuando sirvió en la Marina), publicó siete libros en cuarenta años y las solapas de sus títulos llevan, en el lugar de la foto de autor, un llamativo espacio en blanco. Pynchon llevó al paroxismo la figura del fóbico y del ermitaño que puso de moda entre escritores J.D. Salinger, pero a diferencia de él parece tener cierto sentido del humor: una vez llegó a grabar su voz para una aparición fugaz en un capítulo de la serie The Simpsons, en el que se lo mostraba con una bolsa de papel madera en la cabeza y dos agujeros a la altura de los ojos. En fin, que lo que importa es que su literatura es única y singular, y muchos lo consideran el mejor escritor de los Estados Unidos, por encima de compañeros de generación como Cormac McCarthy o Philip Roth.

Y más adelante, cuando pretende advertir a los escritores en ciernes, en verdad llega a una clave que puede trasladarse sin problemas a cualquier oficio y profesión

Un lento aprendizaje se publicó en 1992 y durante dos décadas fue un libro prácticamente inconseguible. Ahora lo vuelvo a ojear, y después me dispongo a hojearlo: como si no fuera extraño que Pynchon se decidiera a editar un libro de cuentos (con los relatos, además, de un principiante: de ahí el título), lo que vuelve al volumen una verdadera rareza es que el autor escribe un largo prólogo en el que confiesa gustos literarios, habla de su vida y, en una suerte de taller literario abierto al lector, destroza sus propios textos. Pynchon toma sus relatos, recuerda dónde y cómo los escribió, y va confesando lo avergonzado que se sintió al releerlos. Se trata de un texto muy atractivo, tanto para sus lectores como para cualquier aspirante a escritor. Hay de todo, en esta suerte de compendio entre la autobiografía literaria, el catálogo de errores y el listado de recomendaciones.

"Este cuento es un buen ejemplo de un error de procedimiento contra el que siempre se previene a los escritores en ciernes", escribe en referencia al relato "Entropía". "En efecto, es erróneo comenzar con un tema, símbolo u otro agente unificador abstracto, y luego intentar que los personajes y acontecimientos se adapten a la fuerza. Sé demasiado conceptual, demasiado listo y remoto, y tus personajes se morirán en la página". Luego aprovecha para confesar algunos pequeños pecados y travesuras, como copiar palabras del diccionario que pudieran sonar audaces o refinadas para "hacerse el instruido", sin molestarse en saber antes qué significaban. Y más adelante, cuando pretende advertir a los escritores en ciernes, en verdad llega a una clave que puede trasladarse sin problemas a cualquier oficio y profesión: "A todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es solo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato".

Los consejos continúan, y los cinco relatos que contiene Un lento aprendizaje son, sin alcanzar el nivel de algunas de sus novelas, bastante mejores de lo que Pynchon advierte en su introducción. La novedad a remarcar es que, después de dos décadas de ausencia, la editorial Tusquets decidió reimprimir este título en edición de bolsillo, y que ahora puede conseguirse sin mucha dificultad en cualquier librería..

TEMAS DE HOYProtesta policialCristina KirchnerTemporal en Buenos AiresElecciones 2015Copa Sudamericana