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Derechos humanos, la bandera que no podía mancharse

Nunca deja de sorprenderme esa capacidad alquímica que tiene el kirchnerismo para pasar del sueño a la pesadilla

Viernes 01 de marzo de 2013 • 00:30
PARA LA NACION
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Ahora que la Presidenta piensa en su cuñada Alicia Kirchner como una posible sucesora del proyecto K, reconecté con un episodio que, en su momento, me pareció menor, pero que hoy, luego del impactante giro que el Gobierno dio en el caso AMIA, cobra un sentido nuevo.

Sucedió a fines del año pasado, mientras entrevistaba a un ex diputado santacruceño quien, durante la charla, recibió el llamado desencajado de un concejal radical de Caleta Olivia. "Cortaron a tijera todos artículos de los diarios archivados (en la biblioteca pública de Río Gallegos), que pudieran dejar pegados a los Kirchner en el tema de los derechos humanos", le avisó el hombre a su coterráneo, que hervía de indignación.

Se refería a la desaparición de los ejemplares del Correo del Sur, un diario patagónico que ya no sale más, y que en 1983 había publicado, con gran despliegue, un acto de desagravio al sindicalista de extrema derecha Rodolfo Fito Ponce, quien, durante la dictadura, había integrado la "parte civil" de la represión ilegal de la Triple A en Bahía Blanca.

Secretario general del gremio de elevadores de granos, Ponce integraba la patota que salía matar, de manera que buena parte de los desparecidos y secuestrados en Bahía Blanca le deben su suerte. Fue por esa razón que, durante su campaña presidencial, Raúl Alfonsín lo había señalado como parte de un pacto militar-sindical. Ponce tenía, por entonces, un polémico socio sindical, Armando "Bombón" Mercado, el secretario general del Supe Austral, que era –nada menos- el marido de Alicia Kirchner (es el padre de sus dos hijas, las sobrinas de Kirchner).

"Cualquier decisión de ir a fondo con una investigación sobre la verdadera relación entre el Gobierno y los organismos de derechos humanos siempre generaba culpa"

En el juego gremial, Ponce, Mercado y el petrolero Diego Ibáñez integraban el lado más oscuro del sindicalismo. Alfonsín fue replicado entonces desde el Sur. Por las calles de Río Gallegos y Río Turbio, desde la lejana Patagonia, Néstor y Cristina Kirchner, junto con la cuñada Alicia y Bombón encabezaron sendos actos de desagravio al gremialista "difamado". Lo hicieron desde el Ateneo Juan Domingo Perón, la agrupación antecesora del Frente para la Victoria Santacruceña (¿qué dirían hoy los hijos de desaparecidos, que apoyan a CFK, si vieran esa postal imposible?). Separado, desde años, de Alicia, Mercado siguió influyendo, sin embargo, en sus poderosos cuñados. En los primeros años del kirchnerismo fue, por caso, quien conectó al operador ultrakirchnerista Roberto Porcaro, hoy más conocido que antes en los medios, con Néstor Kirchner.

La hermana de Kirchner venía de ser, además, subsecretaria en el Ministerio de Asuntos Sociales durante la dictadura, dato, por lo menos, llamativo para un gobierno que no duda en activar, cada vez que puede, el GPS de la persecución política, con el fin de encontrar en el presente a los cómplices del pasado. Juan Manuel Abal Medina es quien suele utilizar ese argumento, que también podría servir ahora para descalificar a la eventual sucesora de la Presidenta, para restarle mérito al compromiso del alfonsinismo con los DDHH: "Pero quién iba a perseguir a los radicales, si ellos ponían funcionarios en la dictadura", me dijo, una vez.

Como periodista, nunca sentí interés en las contradicciones de los Kirchner con los derechos humanos. El supuesto uso oportunista, me parecía un dato menor - o una chicana barata, fruto del resentimiento político o de una ideología que no compartía-, frente a la posibilidad concreta del fin de la impunidad.

Que quienes hubieran cometido crímenes atroces durante la dictadura fueran, finalmente, a la cárcel constituía un objetivo político superior a cualquier rencilla doméstica. A varios de mis colegas les sucedió, por años, algo parecido. Infinidad de veces escuché, en la intimidad de las charlas con amigos periodistas, las trabas internas, morales o emocionales, de investigadores honestos y corajudos, para avanzar en un camino que pudiera salpicar a las Madres. Las trabas no eran por miedo sino porque hay ciertas zonas oscuras donde duele mirar.

Madres y Abuelas fueron, durante años, no sólo una reserva moral sino el símbolo internacional más emblemático y prestigioso de los DDHH de la Argentina. Cualquier decisión de ir a fondo con una investigación sobre la verdadera relación entre el Gobierno y los organismos de derechos humanos siempre generaba culpa. Hurgar allí era como meterse con la madre de uno.

"Que quienes hubieran cometido crímenes atroces durante la dictadura fueran, finalmente, a la cárcel constituía un objetivo político superior a cualquier rencilla doméstica"

Pero esa convicción empezó a cambiar cuando estalló el escándalo por el desvío de fondos en el programa Sueños Compartidos, gerenciado por Sergio Schoklender. Aún recuerdo las palabras desencajadas de María Pía López, intelectual de Carta Abierta, cuando, durante una nota que le hice para este diario. Dijo: "No puedo pensar, y definitivamente no creo, que Hebe pudiera haber desviado dinero siquiera para un café con leche".

La nueva y reciente detención de los hermanos Schoklender, sumado al incomprensible acuerdo con Irán, un país que además de sponsorear el terrorismo internacional, promueve, al interior de su territorio, la lapidación de mujeres y la persecución de las minorías religiosas y sexuales (Ahmadinejad ha llegado a afirmar públicamente que "no existen homosexuales en Irán"), al margen de que clausura la vía de la Justicia para las víctimas de AMIA, siguieron aportando pistas en la ruta de la sospecha.

El periodista Luis Gasulla, que paradójicamente trabaja en la TV Pública, dirigida por La Cámpora, acaba de publicar un libro, que provoca ya desde su título, El negocio de los derechos humanos. Allí relata una trama espeluznante del uso de los DDHH, como una forma consciente (o, si se quiere, como una estrategia calculada) para obtener dinero, poder y e influencia.

"Para un presidente que sacó el 22 por ciento de los votos, era difícil gobernar sin el apoyo de los organismos de derechos humanos, y movimientos piqueteros y sociales. Todo eso que Menem dejó afuera, Néstor lo cooptó, de forma simbólica y económica. Y los organismos que no se dejaron cooptar, la pasaron mal", afirma el autor.

En ese sentido, la presencia de Nora Cortiñas, de la Línea Fundadora de Madres, en el acto organizado por las víctimas de la tragedia de Once dejó ver algo de ese quiebre, que en verdad surcó todo el ciclo de los Kirchner.

"La presencia de Nora Cortiñas en el acto organizado por las víctimas de la tragedia de Once dejó ver algo de ese quiebre"

Gasulla es un periodista treintañero, que fue un ferviente admirador de la tarea de las Madres y que acompañó a Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto en infinidad de marchas y actos. Hoy, sin embargo, y como producto de su investigación, no duda en involucrar a la propia Hebe de Bonafini en la sospechada ruta del dinero. La estrategia del kirchnerismo es inculpar sólo a Schoklender, pero él avanza en una hipótesis más arriesgada. O tal vez más dolorosa. Una hipótesis que, aunque suene increíble, encuentra eco, además, en fuentes políticas diversas (incluso kirchneristas) y también judiciales.

El affaire del programa Sueños Compartidos, que Schoklender llevó al Chaco, sigue resultando una caja de Pandora. En YouTube puede verse un video en el que Emerenciano Sena, el piquetero que acusó a Schoklender por estafa y amenaza y que quedó como un héroe mediático al destapar la olla de lo que verdaderamente ocurría con la construcción de viviendas sociales (le hizo infinitos piquetes a Capitanich), terminó convocando al propio gobernador del Chaco -otro posible delfín de Cristina, en la estrategia sucesoria- para que sea testigo en la ceremonia de su casamiento. Sena se casó hace un mes.

"De Bonafini estaba al tanto de las tasas de retorno y del lavado de dinero en la obra pública que llevaba adelante Schoklender. Ella no desconocía lo que hacía porque le participaban todo, incluso el dinero. Hebe ha llegado a decir que no sabía que Schoklender tenía un avión, cuando está probado que viajó en él desde el Chaco, igual que [Jorge] Capitanich y otros funcionarios oficialistas. El kirchnerismo no distingue entre lo público y lo privado y Hebe ve esos desvíos como una forma de hacer política, en la que una parte de los fondos públicos deben ir hacia ‘arriba’ para seguir construyendo poder y la otra, efectivamente, a hacer cosas para la gente", explica Gasulla, quien logró una cercanía privilegiada con esas fuentes y con los hechos relatados, en parte gracias a su trabajo en Canal 7. Empleo que, a los ojos de los funcionarios implicados, lo volvía más confiable.

Es que cuando Gasulla habla de "negocio", aunque la palabra, asociada a los DDHH, me siga resultando fuerte y provocadora, no se refiere sólo al dinero sino, también, a la influencia sobre el poder, como la posibilidad de colocar familiares o amigos en cargos públicos muy bien pagos. Es en este último rango donde ubica a Estela Carlotto.

Al final de todo, nunca deja de sorprenderme esa capacidad alquímica que tiene el kirchnerismo para pasar del sueño a la pesadilla.

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