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El excéntrico e indescifrable populismo argentino

Opinión

Por   | Para LA NACION

El ensayista búlgaro, afincado en Francia, Tzvetan Todorov se pregunta en su libro Las morales de la historia cuál es el mejor lugar desde donde entender una cultura. Escribe: "¿Quién es capaz de dar el juicio más perspicaz sobre un grupo, el que pertenece a él o el que lo observa desde afuera?". La respuesta es una decidida defensa de la mirada etnológica, es decir, la que se hace desde el exterior. A través de ella se mitigan las cegueras del egocentrismo de los individuos y las comunidades. El observador externo, dirá Todorov, está en condiciones de hacer visible lo que para el autóctono, aun lúcido, queda velado: aquello que se considera natural, idiosincrásico, lo que cae por su propio peso y por esa razón no se analiza ni considera.

En estos días aciagos para la democracia argentina, en los que la elite política discute, sin orden ni piedad, sobre el atentado a la AMIA y el accidente de trenes de Once , el presidente uruguayo, José Mujica, acaba de hacernos sentir el rigor de la etnología. Al ser preguntado sobre la relación bilateral, respondió con sagacidad e ironía propias del viejo Vizcacha, que tan bien le sientan: "Misión imposible? Como en la Argentina son todos peronistas, aun los que no son peronistas, trabajan en claves difíciles de entender para nosotros". Quizás esta opinión merezca que nos detengamos un momento, buscando desentrañar sus significantes: el peronismo como cifra de nuestra cultura política y la dificultad para entendernos con los extranjeros, aun con los más próximos.

Podría conjeturarse que el peronismo semeja un espejo interminable y confuso, infinito como los laberintos borgeanos, que nos refleja ante la mirada externa. No es descabellada, sino lúcida y paradójica, la confluencia de Borges y Perón como emblemas nacionales de un país inexplicable. Acaso como nadie, Luis Gregorich mostró esas similitudes subterráneas con estilete de etnólogo, arriesgando esta hipótesis: a ambos personajes los une la excentricidad, el haberse alejado de los centros conocidos para gravitar en focos originales y extraños, difíciles de comprender para una mirada externa. Argentinos excéntricos y brillantes, individualistas e irrepetibles. Tal vez geniales, pero en el fondo despreocupados por reconocer la existencia de los otros, una necesidad creciente en la época moderna, según Todorov.

Más allá de la interpretación cultural, el peronismo al que alude Mujica podría traducirse, en clave política, a un término polisémico del que nuestro lenguaje no puede escapar: el populismo. De este modo, aun asumiendo los riesgos de usar una palabra desgastada, podremos ponernos bajo un paraguas más abarcador. Si lo que esbozaré como argumento es convincente y preciso, muchos podrán decir "no soy peronista", pero pocos estarán en condiciones de desligarse del populismo como modo de vivir y pensar.

El populismo al que me refiero tiene un rasgo central: la colonización del Estado por los intereses corporativos. Luis Alberto Romero, entre otros, ha puesto el foco en este abuso, erigiéndolo en defecto clave de nuestro sistema político y señalando que la democracia lo profundizó en vez de paliarlo. Eso significa que distintas cepas de peronistas, radicales y neoliberales permitieron, de un modo u otro, un Estado infiltrado por intereses particulares y se favorecieron de él. Sacrificaron su rol normativo y ordenador estropeando los escalafones profesionales, siendo laxos con la corrupción, otorgando prebendas de alto rédito electoral, asociándose con los contratistas y los sindicatos para obtener ventajas a costa del interés general.

Puede hablarse de muchos avances en estos años, es cierto, pero no puede desestimarse la responsabilidad común en este latrocinio, cuyas consecuencias no son teóricas sino trágicas. La masacre de la AMIA, el accidente de Once, la inseguridad, la droga y las mafias constituyen la sombra de un Estado democrático en retirada.

Por último, el indescifrable populismo argentino posee un rasgo complementario que signa nuestras relaciones exteriores. Se trata del sueño autárquico, las terceras posiciones imaginarias, la pretensión de no pertenecer a ningún alineamiento duradero y estable. En definitiva: la excentricidad como vocación, de la que son responsables nuestros principales partidos políticos, que hace décadas recelan del capitalismo occidental.

Así, la Argentina no es confiable sino veleidosa e imprevisible. Y tratar con ella se torna, como nos recordó Mujica, una misión imposible y desconcertante.

© LA NACION.

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