Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

El análisis

Ahora, la Justicia militante

Opinión

Vale la pena seguir la huella del relato. Ofensiva contra la Justicia y reconciliación con Irán. Todo se consumó en 48 horas. El gobierno de Cristina Kirchner ha salido de órbita . El intervencionismo en la economía terminó en un estatismo sin vueltas. Toda la economía es ahora del Estado o parece serlo. El populismo político recaló en dosis cada vez más grandes de autoritarismo. El cambio de lo malo a lo peor no debería sorprender porque es la dinámica natural de estos procesos.

Cristina está retirando a la Argentina de las democracias occidentales. Vamos por más, siempre, proclamó en el Congreso. Ir por más es una contradicción con la democracia, que les fija serios límites a los distintos poderes del Estado. Su ofensiva para colonizar políticamente a la Justicia, el último bastión independiente del Estado, es, por eso, una ruptura con la democracia tal como la hemos conocido los argentinos hasta ahora. Directa o indirectamente, la Presidenta pondrá la administración de Justicia en manos de mayorías electorales circunstanciales. Diluirá el poder de la Corte Suprema y de las Cámaras actuales en una nueva instancia judicial, cuyos jueces serán nombrados íntegramente por el cristinismo.

El kirchnerismo descalifica primero y luego arremete y destruye. Vincular a la actual Corte Suprema con la dictadura es una ofensa a la inteligencia y a la realidad. Carmen Argibay, la única jueza a la que nombró, fue secuestrada por los militares, como no lo fue ninguno de los Kirchner. El único juez supremo amigo de la Presidenta, Eugenio Zaffaroni, fue magistrado durante la dictadura. Lo han sido muchos jueces de la democracia, que luego se comprometieron definitivamente, como lo hizo Zaffaroni, con el sistema democrático.

En el fondo, su guerra contra la Corte Suprema de Justicia encierra una disidencia fundamental. La Corte defiende una democracia republicana, occidental por lo tanto, mientras que la Presidenta aspira a gobernar una democracia con falsos aditamentos, que es la forma con la que el autoritarismo destruyó siempre la democracia. Como en Irán. Como en Venezuela. Como en Ecuador.

¿De qué le valdría, entonces, saber que el último discurso del presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, fue previamente leído, corregido y aprobado por todos los jueces de la Corte? ¿De qué le serviría saber que esa defensa de la independencia del Poder Judicial, del papel de éste como intérprete final de la Constitución por encima del interés de los funcionarios circunstanciales, no fue el pronunciamiento de un hombre, sino la expresión institucional del máximo tribunal de Justicia del país? ¿Cambiaría si supiera que algunos jueces que simpatizaban con ella, como Elena Highton de Nolasco, han quedado estupefactos y distantes? Seguramente, no. No quiere simpatías en la Justicia, si esas simpatías van a darles más importancia a las leyes que a sus deseos. Quiere militancia ahí, pura y dura.

El principio de la división de poderes, que podría ser barrido en los próximos meses, no es un concepto vacío; en él está la mejor defensa de la libertad. Sin división de poderes, el Gobierno se convierte en dueño del Estado. Ese Estado sectario puede llegar a ser omnipotente y omnipresente en la vida cotidiana de los ciudadanos. El combate que se librará no será sólo un ejercicio de diplomacia política entre dirigentes; estarán en juego valores fundamentales del argentino común.

Soberbia y autorreferencial, el problema de Cristina es Cristina. Está cansada de que la Justicia y, sobre todo, la Corte Suprema terminen estorbando sus mejores planes políticos. Busca en la Justicia, en última instancia, la misma mayoría automática que ya logró en el Poder Legislativo. La misma mayoría automática que también tuvo Menem en la Corte y que recientemente fue elogiada, en reserva, por funcionarios kirchneristas.

Su espectacular giro en el mundo sigue esa misma dirección. La Presidenta no cree en las imputaciones a Irán por su decisivo papel en los atentados que volaron la embajada de Israel y la sede de la AMIA. La defensa que hace de su acuerdo con el régimen de los ayatollahs iraníes avanza de manera creciente en la certeza de que no hay pruebas contra Irán. Su escudo retorcido es la investigación que hizo el ex juez Juan José Galeano, sobre el que va y vuelve. Ex juez ciertamente cuestionado, juzgado y condenado.

Nunca dice nada de la investigación que llevó adelante, y lleva, el fiscal general de la masacre de la AMIA, Alberto Nisman, nombrado por los mismos Kirchner. Por caminos distintos y con pruebas diferentes, Nisman llegó a la misma conclusión que la primera investigación: el gobierno de Irán, no cualquier ciudadano iraní, ordenó el atentado a la mutual judía. La Corte Suprema de Justicia, que investiga la voladura de la embajada israelí, alcanzó la misma certidumbre de Nisman. Todos los caminos que exploró conducen a Teherán.

Cristina Kirchner buscó siempre una "pista siria", que en realidad no aparece en ningún lugar de las dos investigaciones realizadas por la Justicia argentina. Su hipótesis es que el gobierno sirio autorizó los atentados en venganza por una supuesta traición de Menem al criminal régimen de los Al-Assad. Existió el compromiso de Menem con Al-Assad, padre del actual dictador de Damasco, y existió también la deslealtad. Pero los sirios que aparecieron en las investigaciones de Nisman están relacionados con el gobierno iraní, no con el sirio.

La Presidenta acaba de conmoverse hasta las lágrimas declamando que quiere saber qué pasó, quiénes fueron los autores y sus cómplices, y cuál fue la conexión argentina de los criminales. El país se hace esas mismas preguntas, sin tanto teatro, desde hace casi 20 años, diez de los cuales estuvo gobernado por los Kirchner. Hace bien en tener esas tardías curiosidades, aunque nunca encontrará las respuestas en Irán. Al revés: Irán la terminará de confundir con su loca hipótesis de que fue Israel la que perpetró los dos atentados. El aplauso eufórico de Luis D'Elía en el Congreso, puesto de pie, fue el símbolo del error de Cristina. Pocos argentinos conocen como D'Elía los intereses estratégicos de Irán.

Cristina manipuló la historia, que es una manera conocida del autoritarismo. Tal vez para descalificar al más seguro de sus críticos por el acuerdo con Irán, el ex canciller Dante Caputo, dijo que los acuerdos comerciales más importantes con Teherán se habían celebrado en los años 1987 y 1988. Caputo era canciller entonces. Pudo haber sido así, pero entonces no había sucedido ninguno de los atentados, que ocurrieron entre cinco y siete años después. Cambió las palabras también. Ya no habló de "indagatoria" a los cinco iraníes buscados por Interpol, sino de "declaración", que no es lo mismo. La indagatoria podría terminar con el procesamiento de los buscados; la declaración sería, si fuera, meramente testimonial.

Nada se sabe del parlamento iraní, que debería aprobar el acuerdo, como ya lo hizo el argentino con la velocidad de la luz. ¿Por qué tanto apuro aquí y tanta tardanza en Teherán? Tal vez Cristina no quiso pronunciar su soporífero discurso ante la Asamblea Legislativa con el debate abierto sobre ese acuerdo. O quizá la espolean intereses comerciales y energéticos para resolver los problemas de su economía. Está, de hecho, buscando borradores de un plan económico distinto.

Irán podría darle lo que Occidente le niega. Su último discurso fue una incansable retórica contra Occidente. Washington la había dejado sin argumentos. Ella venía amparándose en las negociaciones de los Estados Unidos y Europa con Irán sobre su plan nuclear, que existen con más pesimismo que esperanzas. En los últimos días, sin embargo, el presidente Obama firmó una ley que califica a Irán de Estado terrorista. Venía del Congreso norteamericano, ampliamente votada por demócratas y republicanos. A ese bloque compacto se enfrenta la Presidenta.

La comunidad judía le pide a la Presidenta, con razón, un poco de sensibilidad ante 85 muertos inocentes. El problema es que la Presidenta no tiene tiempo ni espacio para esas distracciones. Su proyecto es más amplio: una clara deriva hacia el autoritarismo dentro y fuera de su pobre país..

TEMAS DE HOYCambios en el Banco CentralRicardo LorenzettiLa reforma del Código CivilElecciones en Brasil