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El discurso anual ante el Congreso

Opinión

Un misterio: por qué CFK tarda el doble en contar cómo está la Nación

Por   | Para LA NACION

En su sexto discurso ante la Asamblea Legislativa Cristina Kirchner trasmitió el viernes la idea de que el estado de la Nación es formidable debido a que tiene un gobierno perfecto. Ninguna novedad: el mismo tono, la misma propensión al autoelogio e igual endoso de todo lo malo a terceros ya habían caracterizado los mensajes que pronunció los cinco anteriores primeros de marzo.

Como este discurso duró 3 horas 38 minutos, récord histórico, quedó claro que la ausencia de la más mínima autocrítica no se debió a falta de tiempo. No se conoce el motivo por el cual en el primer mandato dar cuenta del estado de la Nación le llevaba a la Presidenta menos de la mitad de lo que le viene insumiendo en el segundo.

Apenas una hora y 13 minutos fue lo que habló en 2008, una hora y 15 en 2009, una hora y 36 en 2010 y una hora y 29 minutos en 2011. En 2012 fue como si hubiera hecho dos discursos seguidos. Parecía algo excepcional, pero este año le faltó poco para llegar a las cuatro horas.

El menú temático no incide en la nueva duración porque más o menos se reproduce desde 2008 con los mismos amigos y enemigos y con las idénticas omisiones, encabezadas por la inflación. Otro tanto sucede con el lapso considerado en el informe, siempre ancho. No está escrito en ninguna parte que un presidente tenga obligación de hablar sobre el último año y sobre el venidero (y el largo plazo, desde luego), pero es obvio que quien "debe dar cuenta anualmente" de su gestión hará escuchar lo nuevo, que no es lo mismo que hacer escuchar todo de nuevo.

En lo que se refiere al pasado, los discursos institucionales de Cristina Kirchner no se enfocan en los doce meses transcurridos sino que tienen por costumbre reivindicar toda la Era K, con un año más. Es decir, lo actuado desde 2003, incluido el mandato de su marido. También repiten la estética que conjuga lo institucional con el acto de campaña, lo señorial del hemiciclo de Diputados con las barras de militantes que sueltan miles de volantes y se ofrecen con entusiasmo "para la liberación".

Dos años atrás la Presidenta se había molestado con un grupúsculo de la hinchada que desde el tercer piso había vivado a Julio Cobos, quien al lado suyo presidía la Asamblea Legislativa por última vez. "Un poco más de educación.", le dijo a Cobos. "Es su gente, ¡por favor!... Y después dicen que nosotros no respetamos las instituciones". Con el nuevo vicepresidente el problema quedó superado. Toda la agitación del viernes fue a favor de la disertante; incluso le gritaron desde arriba que querían volver a votarla en 2015, pero ella se quedó tiesa unos segundos y fingió no haber escuchado (lo que privó al país de conocer su opinión actual sobre el particular).

En 2008 Cristina Kirchner arremetió contra los bancos privados, las empresas, la prensa, los expertos en energía y la Justicia. A la Corte Suprema le reprochó que hubiera reclamado recursos. Por lo demás, en aquel primer discurso de apertura de sesiones ordinarias hubo pocos nombres propios: apenas se detuvo para elogiar a la ministra de Salud Graciela Ocaña, quien un año después salía eyectada del Gobierno. Convocó a un Acuerdo del Bicentenario y para defender su proyecto del tren bala aludió en forma crítica a quienes decían que antes había que arreglar los trenes corrientes. Lo hizo con esta frase premonitoria: "No abordar la modernidad por los problemas que no resolvimos es una manera de no terminar haciendo lo uno ni lo otro".

En 2009, cuando tuvo que volver a cruzarse con Cobos por primera vez después del voto "no positivo", los dos ejes de su discurso fueron el campo y la oposición, ambos objeto de severos latigazos. Igual que el año anterior, criticó a los medios y a la Justicia y llenó de elogios al modelo. Pero omitió toda mención de la retracción de la economía que ya se manifestaba por la crisis financiera mundial.

En 2010, cuando se encontró por primera vez con un Congreso con más peso opositor, guardó para el Poder Judicial las palabras más duras. Además de hablar de la existencia de dos países, uno "real" y otro "mediático y virtual", dijo que los jueces tarifan las excarcelaciones para permitir que los criminales entren por una puerta y salgan por la otra. "Necesitamos jueces que fallen no de acuerdo con la tapa de Clarín -expresó- sino del Código Civil y el Código Penal".

La Justicia venía de frenarle al Poder Ejecutivo la creación por decreto del Fondo del Bicentenario. Sobre el final de su discurso, Cristina Kirchner les anunció a los senadores y diputados que acababa de derogar ese polémico decreto. Logró en ese instante ser aplaudida por muchos opositores, quienes tal vez entendieron que el Congreso se encaminaba a participar de la solución del problema. Pero su alegría sólo duró hasta saberse que la movida incluía dos nuevos decretos que a esa misma hora le permitían al Poder Ejecutivo hacerse de las reservas en litigio.

En 2011 fue cuando desautorizó las declaraciones sobre "Cristina eterna" de la diputada ultrakirchnerista Diana Conti. De ese discurso suele recordarse más la frase "no se hagan los rulos" que cierta ambigüedad que la enmarcó, con comentarios sobre 2011 y 2015. "¿A quién se le ocurre lo de la reforma constitucional?", preguntó retóricamente. También con una pregunta evitó confirmar si se presentaría ese año a la reelección, como ocurrió pocas semanas después: "¿Alguno me ha escuchado a mí decir que voy a ir a la reelección?".

En 2012 renovó la descalificación a los opositores y volvió a culpar a los medios de tergiversar la realidad. Si bien anunció decisiones que implicaban giros políticos (en temas como Malvinas o el traspaso de los subtes), ellos aparecieron camuflados. Criticó a los docentes por hacer huelga, defendió el negocio de la minería, anunció las reformas a los códigos de justicia y se burló largamente de Mauricio Macri ("¿qué creía, que era el alcalde de Nueva York?"), pero no dejó de dedicar buena parte de la exposición a hablar, como siempre, de records económicos y múltiples logros del modelo, entre decenas de cifras, porcentajes y citas de artículos e incisos. Sorprendió al abordar el tema ferroviario (acababa de ocurrir la tragedia de Once), porque allí la falta de autocrítica fue más luminosa. "Si no hubiera tenido que pagar los 19.641 millones de dólares del corralito tendríamos los mejores trenes del país", dijo antes de zambullirse en una reivindicación de su proyecto de tren bala.

Los análisis del discurso del viernes han sido amplios y están bien frescos, no vale la pena reiterarlos. Sólo resta observar que ahora Cristina Kirchner extremó como nunca el tono coloquial, al parecer con la mirada puesta en los televidentes antes que en los legisladores. En medio de la exposición contó que había ido al cine. Es cierto que venía hablando de Irán, pero su comentario no tuvo el formato de un auxilio argumentativo (cabría tal vez compararlo con el ambiente de una cena con amigos si no fuera porque acá los amigos no podían intervenir). "¿Vieron la película Argo?, yo la ví; falta contar una partecita -enseñó-, que es que cuando intentaron rescatarla dos veces se cayeron unos helicópteros y murieron ocho marines, pero la película es buena igual, porque cuenta una parte". Faltó decir que día hay descuento de dos por uno en las entradas.

El viernes la Presidenta insistió más que otras veces en pedirles a las barras que no chiflasen a personas mal vistas en la liturgia kirchnerista a las que ella venía nombrando. "Nosotros no silbamos a nadie", dijo, justo en el momento en que la cámara de televisión mostraba por todos lados el cotillón de "Clarín miente". Los diputados oficialistas lo exhibían en sus bancas.

También los televidentes pudieron saber pronto, no así quienes seguían el discurso presidencial por radio, que la frase "la década ganada" no es una elaboración académica inspirada en la denominación contraria que algunos economistas le aplican a los años ochenta en América latina, sino un slogan propagandístico. Mientras Cristina Kirchner argumentaba el concepto, la televisión mostraba un afiche pegado a la banca del diputado José Ottavis, de La Cámpora, donde se completaba el efecto: la palabra década aparecía allí con una gran K..

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