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El chisme, cantera inagotable

PARA LA NACION
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Silvia Hopenhayn
Miércoles 06 de marzo de 2013
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El chisme, según de dónde provenga y cómo se lo cuente, puede ser un valioso relato de lo inevitablemente humano. Claro que no todo lo que viene de la vida privada tiene la cualidad de chisme. A veces resulta mera vacuidad o impudicia. Es una tarea sutil y delicada la de extraer, del arte y la historia, los chismes que valgan la pena (o la risa). Aquellos que revelan aspectos inusitados de personalidades célebres y que no se registran en biografías demasiado autorizadas. Chismes que no necesariamente contribuyen al desprecio del prójimo o su degradación, más bien a la exaltación de sus rasgos más singulares. Para ello es necesario desbrozar la maledicencia. Edgardo Cozarinsky sabe hacerlo, con la gracia de un intelectual refinado y gozador, y la contemplación del artista. Porque Cozarinsky, en su vida misma, combinó artes y gentíos.

Como autor, asombró con su libro de cuentos Vudú urbano , al que siguieron La novia de Odessa , las novelas El rufián moldavo y La tercera mañana ; las crónicas y los ensayos Borges y el cinematógrafo , El pase del testigo y Milongas . Y películas de luces y sombras, como La guerra de un hombre solo , Ronda nocturna o Le violon de Rothschild ; y como el arte se propaga, siguió recientemente en el teatro, con las obras Squash y Raptos .

Siempre en acción -un verdadero sibarita de las orillas del mundo-, Cozarinsky suele ofrecernos sus descubrimientos, en distintos géneros y disciplinas. En este caso, se trata de un libro, Nuevo museo del chisme (La Bestia Equilátera, 2013), una renovación de su clásico Museo del chisme (2005). Cozarinsky inventó un dispositivo casi inagotable de recaudación de lapsus, exabruptos o gestos inesperados, registrados en la historia a través de distintas fuentes. Como definió Borges al chisme, en 1935, en una línea que sirve de epígrafe al libro: "noticias particulares humanas". Claro que esas noticias requieren también una ventana particular para ser vistas (u oídas). Por allí se cuela Cozarinsky para obtener esta colección personal de sabrosas anécdotas. El libro comienza con el texto "El relato indefendible" (pertinaz definición y feliz destino del chisme), que en 1973 recibió el premio de ensayo LA NACION, compartido con José Bianco. Aquí aparece una interesante noción de la verdad: "La verdad, que tanta dignidad confiere a la historia, es apenas la ausencia de contradicción entre las versiones recibidas de un hecho. [?] El relato ficticio [en cambio] deriva su condición híbrida, tal vez espuria, sin duda saludable, de ser un mero posible".

El libro se ofrece suntuoso, con chismes de escritores, astronautas, políticos, nobles, músicos, cineastas, hasta geishas y senadores. Uno brevísimo, de ejemplo: "La hijita de Luis XV jugaba con una sirvienta. De pronto le tomó una mano y la observó, incrédula. «¿Cómo? ¿Tienes cinco dedos, igual que yo?»". Un hermoso detalle de la edición: la mirada jocosa y algo ladina de Marcel Proust, en una foto de 1891, que aparece en la cubierta.

© LA NACION

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