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La Presidenta patriarcal

Opinión

¿Marcó la diferencia el liderazgo de Cristina, por su condición de mujer, o hubiera sido lo mismo que su lugar lo ocupara un varón?

Por   | Para LA NACION

 
 

¿Qué trajo de novedoso, de transformador, tener a una Presidenta en el máximo sillón político del país? ¿Deberían las mujeres, cuando logran hacer pie en el poder, desafiar viejas creencias (por ejemplo, esa que dice que "los políticos honestos nunca llegan" o "que se necesita platita para hacer política"); cuestionar viejos axiomas ("es mejor que el líder sea temido que amado por su subordinados") o ir a fondo en la lucha contra la corrupción, en lugar de considerarla como un ingrediente - o algo semejante a un partícipe necesario - en la trama de la real politik? En una palabra, ¿marcó la diferencia el liderazgo de Cristina, por su condición de mujer, o hubiera sido lo mismo que su lugar lo ocupara un varón? ¿Debería marcar alguna diferencia el género o eso es pedirles demasiado a las mujeres? El Día Internacional de la Mujer parece una buena oportunidad para hacer y hacerse estas preguntas.

¿Marcó la diferencia el liderazgo de Cristina, por su condición de mujer, o hubiera sido lo mismo que su lugar lo ocupara un varón?

Simone de Beauvoir decía que no se nace mujer sino que las mujeres "se hacen". La frase resume la idea de que las mujeres somos el resultado, no de la esencia o la naturaleza, sino de una construcción cultural (la cultura nos formateó, por decirlo en términos tecnológicos) y que, por ende, podemos deconstruirnos y reconstruirnos tantas veces como querramos. Siguiendo este razonamiento, la Presidenta también sería una fabricación cultural: ¿de la nueva o de la vieja política?

El s ociólogo francés Alain Touraine escribió una investigación fascinante en El mundo de las mujeres, un ensayo producto de un trabajo de campo ( focus groups, mediante) cuya hipótesis central podría resumirse así: "Ellas son los nuevos actores sociales de un movimiento que nos está llevando de un mundo de hombres, a otro de mujeres. Son ellas quienes se interesan en la transformación ética, moral; en cómo vivir. Diría que si el mundo de los hombres empezó a morir en el Mayo Francés del '68, ahora les toca a las mujeres cambiar el mundo". El investigador francés, que vaticina una revolución cultural llevada adelante por "ellas", lo sintetizará también usando esta imagen: "pasamos de un mundo de cazadores, a otro de ecologistas". Hay en los valores culturales que traen las mujeres, básicamente del mundo privado, una condena a la violencia, a la hegemonia, y a la parte más inhumana del capitalismo. No en vano, en el campo de la ecología, las principales activistas son mujeres.

La Presidenta también sería una fabricación cultural: ¿de la nueva o de la vieja política?

Touraine se ha especializado en la dinámica de los movimientos sociales y, desde allí, afirma que los varones siguen cultivando el rasgo más activo del viejo modelo cultural: la voluntad de conquistar el mundo (por "conquistar al mundo", entiende el ejercicio del poder tradicional al estilo de "los de arriba mandan; los de abajo obedecen") y defender a rajatabla la razón ("su" razón, claro).

¿Y acaso no es ésa cultura la que practica Cristina, probablemente aprendida - y jamás cuestionada - de su jefe político, Néstor Kirchner, quién creía, por ejemplo, en "el placer de la venganza", como pieza de su juego político?

Ese viejo estilo de ejercicio del poder, en el reino del todo o nada, donde el juego es a matar o morir, donde no se negocia con los enemigos y los fantasmas acechan, es tan intoxicante que termina dañando, en primer lugar, a sus propios ejecutores, como bien lo demuestran las muertes prematuras de Chavez y Néstor Kirchner, a pesar del enorme esfuerzo de interpretación de sus seguidores por poner la responsabilidad de esos males en los sospechosos de siempre. Sospechosos y ahora, también, perversos inoculadores sueltos.

Luchas por el poder versus empoderar

"Empoderar" (versus ejercer el poder, en forma piramidal) es una concepción que se suele asociar con el liderazgo femenino.

Empoderar es darle autonomía al otro, en lugar de temerle al crecimiento ajeno, como si se tratara de una amenaza. Empoderar es compartir información (en lugar de bloquearla) y construir relaciones de confianza, en lugar de cultivar la intriga y sembrar la sospecha.

Si la vieja política, formateada por los valores del machismo cultural, cree en el control, la nueva creen en la inspiración

Si la vieja política, formateada por los valores del machismo cultural, cree en el control, la nueva creen en la inspiración. Si las antiguas prácticas cultivan el secretismo, la reverencia, el personalismo, la rigidez, las jerarquías y las certezas; las nuevas van por el lado de la flexibilidad, la apertura a la improvisación, y la construcción de relaciones radiales y cooperativas. Menos relaciones jerárquicas y más trabajo en red.

Este nuevo sistema de creencias, aplicado a la política, sería una revolución cultural posible. El aire fresco del liderazgo de las mujeres en el núcleo duro del poder que, hasta el momento, Cristina no ha traído.

La inteligencia emocional, puesta al servicio de la transformación en el mundo público, esa cualidad de poder ponerse en los zapatos del otro (en lugar de ser una boxeadora de 24 horas), o la capacidad de defender las propias convicciones sin la necesidad de ser violento o violenta, también podría sumar otro aporte innovador. Porque cuando hay desprecio, ironía o descalificación del pensamiento ajeno, no hay firmeza sino violencia.

Alguna vez, Dante El Canca Gullo definió bien el estilo de su jefa política- tal vez a su pesar -, cuando comparó el liderazgo de Cristina con el de Perón, y no con el de Evita, con quien a la Presidenta le gusta compararse.

Hay algo profundamente machista en no negociar; en no ceder, ese valor que, en el imaginario presidencial, es considerado supremo.

Cristina se siente cómoda con esos juegos de poder: mostrar que es ella quién manda, quién tiene la razón. En su universo, no existe la posibilidad de mostrarse vulnerable (lo que termina de revelar su costado más frágil). Ella no será confundida jamás, ni de cerca, ni de lejos, con ninguna Isabelita. Si su colega Dilma Rousseff se metió fuerte con los focos de corrupción que venían de la administración de Lula, Cristina no se atrevió a desobedecer a Néstor en ese plano (aunque lo ha "desobedecido" en muchos otros). Y mientras a la presidenta brasileña no le tembló el pulso a la hora de echar a varios funcionarios de su propio gobierno, cuando los descubrió en acciones non sanctas, Cristina, en cambio, casi no pronuncia la palabra corrupción. Es claro que la transparencia no es su lucha.

Y a pesar de todo, sí hay algo de novedoso y de beneficioso para el resto de las mujeres en el liderazgo de CFK. Quienes estudian los avatares del management femenino, hacen hincapié en que "acostumbrar la mirada" a la postal de una mujer tomando las máximas decisiones, es un modo de ir modelando el cambio. Una mujer en el poder es, en sí mismo, un avance cultural, que nos abarca a todas.

Cristina se siente cómoda con esos juegos de poder: mostrar que es ella quién manda, quién tiene la razón. En su universo, no existe la posibilidad de mostrarse vulnerable

Cristina es, además, una mujer atractiva y coqueta, que logró unir, en el imaginario social, la inteligencia con los tacos altos. No parece poco para una cultura en donde, apenas décadas atrás, las mujeres lindas -y las muy lindas, ni que hablar- no eran consideras seres humanos completos.

Y allí donde había sospechas de la sociedad sobre su capacidad para gobernar sola (antes de la muerte de Kirchner, se decía que Néstor "la manejaba"), ella demostró que, no sólo tiene esa capacidad, sino que su apego por el poder no tiene nada que envidiarle a ningún hombre..

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