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Ciudad oculta / Un bar notable de San Telmo

Bar La Coruña: un pedazo de historia que baja su persiana

Buenos Aires

Durante décadas fue inmune al paso del tiempo, pero su dueña, la española Manuela López, se cansó de tantos años de trabajo

Por   | LA NACION

 
 

¿Qué sería de Buenos Aires sin sus bares? En eso pensaba de camino a Bolívar y Estados Unidos, en San Telmo, para averiguar si era cierto que el histórico bar notable La Coruña había cerrado sus puertas de una vez y para siempre.

Durante décadas, ese templo de la comida nada rápida, mesas de madera y charlas clandestinas había sido inmune al paso del tiempo.

Sergio Renán lo eligió como escenario de su película El sueño de los héroes, y cientos de vecinos y turistas aparecían por allí para dejarse fascinar por una postal viva de la ciudad que ya no es.

La dueña del lugar, la española Manuela López, servía milanesas con tenedor de una vajilla y cuchillo de otra; en un costado, la tele transmitía una programación de interferencias, y enfrente, a un lado del amplio ventanal, los lectores aprovechaban el microclima de sopor y extrema calma para leer durante horas y consumir apenas un café.

El bar La Coruña no necesita pasar a la historia, simplemente porque es la historia. ¿Qué significa que esté a punto de desaparecer?

Cuando llegué a Bolívar 982, en plena hora del almuerzo, vi que La Coruña era el único bar cerrado de la cuadra.

Entré al bodegón de al lado, el Pedro Telmo, y la señora que me atendió se entristeció cuando le pregunté por sus vecinos. "Manuela acaba de irse, almorzó en esta misma esquina -contó-. Dijo que cerró porque se cansó, fueron demasiados años de trabajo. Está sola y ya no puede más. Ahora viene a comer aquí y, cuando termina, me ayuda a atender y a levantar las mesas."

Los finales más impresionantes son los que ocurren sin estruendo. De un momento a otro, en apenas un segundo o de un día al siguiente, lo que estaba donde siempre desaparece y, ¡zas!, comienza a hundirse en el olvido. La memoria puede ser mentirosa; la extinción, jamás.

 
El bar, visto desde la calle. 
 
La fuerza de la costumbre lleva a Manuela a desandar, en el café de sus amigas, los pasos de su rutina como camarera. ¿Por qué esas huellas hoy la llevan a un lugar incierto y nebuloso que sólo ella recuerda? De ahora en adelante, la leyenda del bar La Coruña transmitirá con interferencias.

En su artículo 2°, la ley 35 aprobada por la Legislatura de la Ciudad dice: "Se considerará como notable, en lo que se refiere a esta ley, aquel bar, billar o confitería relacionado con hechos o actividades culturales de significación; aquél cuya antigüedad, diseño arquitectónico o relevancia local le otorguen un valor propio".

Junto con el Tortoni, El Banderín, El Federal y La Giralda, entre muchos otros, La Coruña integraba la selecta lista de bares notables; a partir de estos días, y al igual que la Richmond, el Argos, el Izmir y el Queen Bess, pasará a formar parte de los notables que, aun con el apoyo oficial, dejaron de brillar en el cielo de la vida porteña.

En el Pedro Telmo me quedé el tiempo suficiente para que Liliana, una de las señoras que atienden, señalara: "Las cosas son así, un día todo se termina. Mantener un café es muy difícil. Se necesita mucho sacrificio. Y en la vida se tiene fuerza hasta que esa fuerza se agota".

Mientras salía al ruido de Bolívar, sentí que Liliana bajaba la persiana para que dentro del bar no entraran los rayos del sol. ¿El último cliente de La Coruña habrá escuchado caer la persiana que ya no se levantaría más?

Ya en la calle, me propuse ver cómo sobrevivían otros bares notables.

En La Poesía, de Chile al 500, se organizan eventos semanales con escritores, como el premiado Guillermo Martínez, autor de Crímenes imperceptibles .

En el Británico, frente al parque Lezama, hay encuentros de artistas plásticos y fotógrafos. Y enfrente, en El Hipopótamo, las paredes inundadas de réplicas de carteles antiguos demuestran que allí el pasado se convirtió en una reliquia pop que enmarca el vértigo del Wi-Fi.

En La Coruña nunca hubo actividades ni renovaciones y, de hecho, la dueña decía que sólo cambiaba algo cuando se rompía o dejaba de funcionar. La última vez que fui, vi a la solícita Manuela ir de mesa en mesa con una lentitud que yo sólo había encontrado en los astronautas que flotan más allá de la ley de la gravedad. Pero su encanto era tal, que en lugar de reclamarle por el tiempo perdido le agradecí que hubiera sido tan amable.

Era el tipo de milagro que ocurren en los bares notables, donde a la persiana la bajan los recuerdos y una mujer desanda sus pasos para negarse a olvidar..

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