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El último rey de América

LA NACION revista

Una insólita monarqía en el corazón de Bolivia lo tiene como protagonista; viaje al mundo de Julio Pinedo, con pasado esclavo y presente líder

Por   | Para LA NACION

Han sido los marginados oficiales del Estado Plurinacional de Bolivia. Ubuntu significa en su lengua original yo soy porque nosotros somos. Así es la comunidad afroboliviana, una familia que se esfuerza por integrarse, por fortalecer su identidad y su cultura, y que mantiene un legado de su África ancestral: la monarquía. Don Julio Pinedo, rey de los afrobolivianos -reconocido por la Constitución de Bolivia-, cruza el campo con pasos precavidos y un machete en la mano porque en la zona abundan las serpientes de cascabel. Tiene 59 años, es parco en palabras y le envuelve un aura telúrica de planta ancestral. Llega al antiguo cementerio de Mururata vestido con la ropa de los domingos, se descubre, posa el machete. Avanza hasta la tumba de don Bonifacio, su abuelo, descendiente directo del rey de una tribu africana que llegó al actual territorio boliviano como esclavo en tiempos de la colonia. Don Julio reza un padre nuestro y un avemaría. El atardecer se apaga en el horizonte, silba en el viento la nuboselva como una lluvia de luz detenida.

Una comunidad olvidada

Don Alejandro Iriondo es un hombre entrañable, de aspecto frágil y buena salud. Es el vicepresidente del Consejo Nacional Afroboliviano (Conafro), que trabaja como guardián en la antigua hacienda de esclavos de Chijchipa Yariza, en la provincia Nor Yungas del departamento de La Paz. "Esta casa y sus terrenos eran propiedad del ex presidente Sánchez de Lozada, pero en 2008 el presidente Evo Morales se los expropió por corrupción y nos los entregó a los descendientes de los esclavos africanos y a los campesinos aimaras que hemos residido en este lugar los últimos cincuenta años. Mis ascendientes fueron humillados y explotados en esta hacienda, que hoy se está rehabilitando como parador turístico. Mientras tanto nos permiten a mi familia y a mí vivir aquí", explica con el pulso de la costumbre y el ritmo lento del discurso repetido. "Nuestros antepasados vinieron de África: de Senegal, de Angola, del Congo. Primero utilizaron a los negros en las minas del cerro Rico de Potosí. Por el cambio de clima, la alimentación y la altura no resistían y murieron muchos. Entonces, nos vendieron a los patronos de Los Yungas, dedicados principalmente a la agricultura. Y aquí seguimos viviendo", continúa.

 
El legado. Don Julio visita la tumba de su abuelo, Bonifacio Pinedo, en el antiguo cementerio de Mururata. Foto: Susana Girón / Cordon Press reportaje
 
El Conafro es un organismo que lucha por la conservación del patrimonio cultural de la comunidad afroboliviana y para consolidar una organización nacional. "Durante cinco siglos no fuimos reconocidos, pero las cosas están cambiando. Ahora tenemos un rey, un diputado afro y también queremos que existan médicos, profesores y políticos de nuestro pueblo porque también somos bolivianos. El presidente Evo nos apoya y nos respeta, y ha aprobado en 2010 una ley contra el racismo y toda forma de discriminación", afirma don Alejandro.

Bonifacio Pinedo, el abuelo de don Julio, llevó el apellido del esclavista español al que perteneció su familia. "Ahora está su nieto, don Julio Pinedo. ¿Sabían ustedes que el nuestro es el único rey que hay en América?", se entusiasma don Alejandro. Respira a pleno pulmón, sin prisa, acompasando su discurso con las manos, llevando en el hálito la terrible historia de los descendientes de África. "En 1988 se fundó en esta región el Movimiento Cultural Saya Afroboliviano (Mocusabol). Somos un pueblo que combate el racismo y la discriminación racial y desea los mismos derechos de las poblaciones indígenas." En 2009 Bolivia reconoció oficialmente a la Comunidad Afroboliviana como una de las 36 nacionalidades que conviven en el país y, en noviembre de 2012, fue por primera vez tenida en cuenta en el censo de la población nacional. "En gran medida, esto se debe a la labor de nuestro rey porque, aunque don Julio constituye una autoridad simbólica y no política, nos da entidad como pueblo. Bolivia no es sólo un país de pueblos indígenas", sentencia con firmeza.

Los afrobolivianos encontraron en la música y la danza un espacio en el que fundir la cultura de su pasado ancestral africano y la realidad andina. La saya es su máxima expresión y el vehículo con el que preservaron la historia oral de su lucha. En ella los tambores acompañan las voces agudas de las mujeres y la respuesta coral de los hombres. "Era más bonita la saya antigua, la verdadera. Esta que bailan ahora ha incorporado mucho de la cultura aimara, incluso han cambiado el vestido: las jovencitas llevan pollera, sombrero y abarcas. Es hermosa de todos modos", nos explica una viejecita.

Diálogo entre culturas

En una casa humilde de Tocaña viven don Desiderio y su familia. "Nosotros trabajamos en los cocales desde antiguo. Nueve horas a pleno sol, de lunes a domingo. A fin de mes sólo tenemos para comer arroz y plátanos. Me gusta pensar que en el futuro será diferente", comenta el patriarca de la familia. "En Tocaña sólo quedan dos familias aimaras, el resto de la población somos descendientes de africanos. La mayor parte de la comunidad afro -unos 35.000- vive en Coroico o ha emigrado a La Paz o a Santa Cruz porque las ciudades ofrecen mejores oportunidades", continúa. Doña Raimunda tiene 46 años, viste una pollera y un sombrero andino. Es una fuerza de la naturaleza. Alta y silenciosa, desempeña los papeles de madre, esposa, amiga, compañera de trabajo, ama de casa y consuelo para todos. "Mañana es el Día de Difuntos, deberíamos viajar a Coroico", murmura mientras recoge la mesa.

 
 
Los pueblos originales bolivianos practican una religión sincrética donde conviven con armonía los ritos católicos y las creencias ancestrales de origen andino. La comunidad afroboliviana ha asimilado perfectamente este poso cultural que es visible, por ejemplo, en el Día de Difuntos. El homenaje a los muertos dura tres días, durante los cuales arden velas y se cocinan panes con caras de porcelana. Encorvada sobre una tinaja, doña Benancia prepara con dolor y manos amorosas un muñeco de pan que representa a su hijo. Wilmer enfermó de hepatitis hace poco más de un año. "Se puso malo. Fuimos a La Paz, visitamos a doctores y a collahuayas (chamanes), gastamos nuestros ahorros y después pedimos prestado. No sirvió para nada", cuenta. Coloca en una mesa el muñeco de pan, su última foto, velas encendidas, hojas de coca, alimentos y algunos objetos personales. Los bolivianos creen que, a medianoche del uno de noviembre, las almas de los fallecidos regresan a los pueblos para acompañar a la familia y los amigos. Estos, al día siguiente, rezan y reparten los panes entre las personas que asistieron a la ceremonia. El tercer día van juntos al cementerio, adornan los panteones y depositan sobre las lápidas muñecos de pan, hojas de coca y frutas. Doña Benancia nos señala a una muchacha blanca. "Esa de ahí que reza era la novia de mi hijo. Nunca le importó que él fuera negro. Cuando yo era pequeña, si un blanco o un mestizo te decía algo tenías que callarte y obedecer. Por fortuna ahora hay menos racismo." Se acerca don Desiderio: "Deberían visitar a nuestro rey, la última corona de América. En Mururata viven bastantes familias africanas, pero todo el mundo lo conoce. Les será muy fácil encontrarlo".

La morada del rey

Don Julio Pinedo es de casa pobre. Su vivienda tiene dos plantas que forman dos reducidos espacios abiertos. La de arriba constituye el dormitorio común, que usa el matrimonio, y la de abajo funciona como cocina, salón, baño y tienda de productos de primera necesidad: aceite, refrescos, atún, plátanos, tomates, pasta, hojas de coca, etc. Los viernes también vende el pan que sale de su horno. Hay una mesa y dos sillas de madera envejecidas, una nevera industrial herrumbrosa, algunos sacos y cajas vacías de refrescos. Cuando no dobla la espalda en el pequeño cocal de su propiedad, don Julio suele pasar en este espacio la mayor parte del día, ocupándose de la tienda. Una televisión anticuada le hace compañía. Las desconchadas paredes de la casa han sido adornadas con variopintos carteles de motivos católicos, recomendaciones para la salud, un calendario, una fotografía familiar y un anuncio del IV Encuentro Nacional Afroboliviano, donde figura una imagen del rey don Julio coronado. No es ésta la casa en la que se espera que viva un rey. Al principio, uno no sabe cómo dirigirse al monarca, pero todo resulta sencillo cuando él se incorpora con su gorra de capitán de barco para ofrecer una mano campesina y trabajadora. "¿Qué puedo hacer por ustedes? -pregunta-. Pero pasen, por favor, no se queden en la puerta." Entonces, uno percibe que debe prescindir de las formalidades y únicamente tratarlo como a una persona. Parece que don Julio nos ha entendido y lo agradece. Responde a nuestras preguntas con timidez, sin desparpajo y con una tristeza mal encubierta. "Nuestra historia es un poco triste. Ha habido que trabajar mucho. Esta historia tiene más de cuatrocientos años, cuando llegaron los abuelos, los bisabuelos. Mi abuelo fue rey. Su función era ser una autoridad en la comunidad. En el 92 vino un señor y me dijo, tú tienes que tomar el mando de tu abuelo Bonifacio, porque tu abuelo ha sido el rey. Entonces, en el año 92 me coronaron rey de los negros bolivianos", cuenta humildemente, como si le costara hablar de sí mismo. "Aunque soy el representante de la comunidad afroboliviana, respeto y reconozco el gobierno del presidente Evo Morales. Ocupamos lugares diferentes."

 
Memoria fiel. El documento de identidad de Bonifacio, el abuelo de don Julio que supo conservar el legado del linaje real. Foto: Susana Girón / Cordon Press reportaje
 
Doña Angélica corrobora cada una de sus palabras con leves movimientos de cabeza y nos muestra la corona de latón dorado que el prefecto de La Paz impuso a su esposo en 2007. "Nuestro pueblo ha demostrado de lo que es capaz la sociedad cuando se pone en marcha. Nosotros hemos sido los desconocidos, los olvidados, los marginados. Hemos sido la comunidad más pobre de nuestro país. Ahora luchamos, pues si no somos nosotros mismos, nadie va a defender nuestros derechos." Don Julio hace un gesto serio con la cabeza y comenta preocupado: "La educación es el principio de todo. Los niños deben ir al colegio y superarse para bien de sus familias y de la comunidad. Mi sobrino Rolando ha sido bachiller en humanidades y ahora estudia Comercio Internacional en una Universidad de La Paz. Los estudios se los paga un miembro español de la casa real afroboliviana. Nosotros no podemos. Tenemos puestas muchas esperanzas en este muchacho". Don Julio y su esposa, a pesar de su deseo, no han logrado ser padres. Su sobrino, Rolando Julio Pinedo Larrea, les sucederá en el trono de los negros bolivianos. Será el primer rey mestizo.

Doña Angélica Larrea, la reina afroboliviana, lee y escribe con algunas dificultades. Por este motivo, los miércoles y viernes va a clases de educación gratuita para adultos. De momento se aburre porque sabe más de lo que enseñan. "La riqueza de nuestra cultura es que nuestros ancestros provienen de otro país, pero nosotros nos sentimos legítimos bolivianos porque hemos nacido en esta tierra, y nos esforzamos por conocer lo nuevo, pero también queremos conservar nuestras costumbres."

La niebla, como el hálito de un dios, se agolpa en las ventanas de la casa. Don Julio Pinedo se disculpa, debe irse a trabajar en el pequeño cocal de su propiedad. Nos da la mano, sonríe, toma su machete y el saco que llenará de hojas de coca. Lo vemos alejarse, solitario y solidario, devorado por la niebla. Un campesino. El descendiente de un esclavo que, por linaje e historia, es el rey de los afrobolivianos.

otros reinados americanos

  • Los Braganza . En 1808, tras la invasión napoleónica, la familia real de Portugal se vio obligada a dejar Europa y buscar refugio en sus colonias americanas. Recalaron en Brasil, se instalaron en Río de Janeiro y elevaron la categoría de la antigua colonia, que pasó a convertirse en un reino. En 1822 el príncipe Pedro, proclamado emperador, cedió la corona de Lisboa a su hija, separando así el reino europeo del americano. En febrero de 1889 una revolución proclamó la república brasileña y los Braganza debieron exiliarse.
  • Henri Christophe . Fue uno de los líderes de la revolución haitiana que estalló en 1791, cuando los esclavos se rebelaron y se enfrentaron con la colonia francesa. Tras años de lucha, en 1804 se proclamó la república haitiana. Elegido presidente en 1807, el esclavo liberado Henri Christophe se autoproclamó rey de Haití cuatro años después. Su reinado duró unos nueve años y forma parte del magnífico relato que de estos hechos históricos hizo Alejo Carpentier en la novela El reino de este mundo. Uno de los vestigios más célebres del reinado de Henri Christophe es la Ciudadela Laferrière, también conocida como La Citadelle, una monumental fortaleza designada patrimonio de la humanidad por la Unesco.
  • Los Cacicazgos . El liderazgo político también era hereditario en pueblos originarios como el de los ranqueles, pampas, tehuelches o mapuches. Recientemente publicado, el libro La Argentina de los caciques. O el país que no fue, de Carlos Martínez Sarasola (Del Nuevo Extremo), ahonda en documentos elaborados por caciques locales a fines del siglo XIX.
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