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La proscripción del peronismo, un error histórico

Opinión

Por   | Para LA NACION

Ningún argentino que hoy tenga más de 58 años habrá olvidado el enorme impacto que tuvieron las elecciones del 11 de marzo de 1973, de las que hoy se cumplen 40 años. Porque no sólo significaron el fin de la proscripción de 18 años del peronismo y su vuelta al poder sino, de manera consonante, el ingreso de toda una generación a la vida política, digamos, legal.

Muchos jóvenes (y muy jóvenes) para quienes ya era rutina la militancia contestataria o incluso la acción armada jamás habían votado. La "Revolución Argentina" llevaba alrededor de siete años, casi lo mismo que duró el "Proceso" (aunque parezca increíble, ambas dictaduras se desplegaron en los mismos años, con una década de diferencia: 66-73 y 76-83). Justamente esa generación, la que protagonizó la sangrienta década del setenta, es la que hoy gobierna el país. El 11 de marzo nos tocó votar por primera vez en la vida a varios millones de argentinos; entre ellos, también, a los jóvenes Néstor y Cristina Kirchner.

El triunfo del Frejuli con el 49,56 por ciento no fue tan estremecedor por razones cuantitativas como cualitativas. A fin de cuentas Frondizi -con los votos prestados del peronismo proscripto- también se había arrimado a la mitad de los votos en 1958 (obtuvo 44,79%), Perón había ganado por poco más de la mitad en 1946 (52,40%), y algo similar iba a ocurrir después de 1983 con Raúl Alfonsín (51,74%), Carlos Menem (47,2% y 49,94%), Fernando de la Rúa (48,5%) y Cristina Kirchner (45,29 y 54,11% ): ganar con aproximadamente uno de cada dos votos, es decir en forma aluvional, resultaría algo más o menos común en la democracia argentina. Lo singular del triunfo de Cámpora fue la rotunda comprobación de que la proscripción de casi dos décadas, una imposición del tutelaje militar destinada a terminar con el peronismo, había sido un estrepitoso error histórico. Aparte de las objeciones de otro tipo que la prohibición de una corriente política masiva merezcan, digamos que el 11 de marzo al antiperonismo visceral, mesiánico y paternalista, le salió el tiro por la culata. Su costosísima -en términos institucionales y de desarrollo- estrategia de exclusión sólo sirvió para potenciar el componente revanchista del peronismo. En parte, la revancha se consumó en el seno de muchos hogares antiperonistas, que incubaron jóvenes devotos de un Perón prohibido y seductor al que le endosaban el derrotero pendiente de la patria socialista.

Alejandro Agustín Lanusse, un gorila hecho y derecho, puso fin al antiperonismo maníaco de sus pares del mismo modo en que sólo a un derechista radical como Richard Nixon se le permitió el lujo -en esa misma época- de establecer las relaciones de Estados Unidos con la China de Mao y cambiar el mapa político del mundo.

Sin embargo, por dos razones los peronistas no suelen reconocerle a Lanusse el valor del giro histórico que comandó. La primera es que Lanusse tuvo el atrevimiento de pulsear mano a mano con Perón, océano Atlántico de por medio. Detrás de esa movida, claro, estaban sus propios planes políticos, armados en torno de lo que él llamó el Gran Acuerdo Nacional (GAN), al cabo un fracaso. Contra el disgusto desafiante de los sectores militares más intransigentes, un Lanusse políticamente derrotado cumplió su palabra. Garantizó y ejecutó la entrega del poder a Cámpora.

La segunda razón es que en esa pulseada la eventual candidatura de Perón fue puesta fuera de concurso. Lanusse quiso someter a Perón a sus reglas caprichosas (le había exigido estar en suelo argentino antes del 25 de agosto de 1972 y Perón decidió aparecer recién el 17 de noviembre). Según cómo se mire, lo proscribió o le dio la opción de autoproscribirse. De acuerdo con la visión que prevalece en el peronismo no sólo se trató de una proscripción sino que ella manchó todo el escenario: tuvo suficiente envergadura como para no llamar libres a las elecciones del 11 de marzo. Un enredo dialéctico, visto que Cámpora, a quien muchos militares de la época querían menos aún que a su mandante, habilitó un gobierno con preponderancia montonera, gobierno que Perón, como lo demostró más tarde, no habría consentido.

En los hechos, las elecciones del 11 de marzo de 1973 fueron las más transparentes, quizás, desde 1946, cuando el flamante peronismo triunfó sobre la Unión Democrática, curiosamente organizadas, también, por una dictadura (que incluía al coronel Perón). Sólo que aquel gobierno instalado el 3 de junio de 1946 duró nueve años y medio, mientras que Cámpora cayó a los 49 días. Lo desplazó un golpe palaciego que digitara, a través de José López Rega, el general que lo había hecho candidato. Al "Tío" de nada le sirvió para sostenerse decir que lo habían votado la mitad de los argentinos..

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