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Cuando el chisme se convierte en literatura

Opinión

Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad. Bueno, en realidad no tanto. Pero hubo un tiempo, hace algunos años, en que solía compartir, una o dos veces por semana, largos almuerzos con compañeros de redacción y escritores, en donde se hablaba mayormente de literatura. Había, entre los asistentes, grandes contadores de anécdotas. Uno de los mejores que yo haya conocido nunca es el escritor y poeta Guillermo Piro. Gran lector de gustos eclécticos (puede redirigir la devoción que profesa por un escritor como Arno Schmidt hacia otro como Elmore Leonard en una misma frase), tenía un repertorio inagotable de chismes literarios. Recuerdo muchos, pero reproduciré el que él recordaba como la correspondencia literaria más breve de la historia. Al parecer, Víctor Hugo había terminado de escribir Los Miserables, y luego de enviar el manuscrito a su editor, emprendió un breve viaje de descanso. Días después, cuando la obra ya circulaba entre los lectores, el escritor quiso saber cómo marchaban las cosas, y si el libro se vendía bien. Compró una tarjeta postal y, sobre el reverso, escribió tan solo un signo: "?". Esperó a que llegara la respuesta y, cuando la recibió, leyó la escueta letra de su editor, que no dejaba lugar a dudas: "!". En esos almuerzos, que disfruté durante años como un chico que va al cine acompañado de sus hermanos mayores (con hermanos que opinan maliciosamente y en voz baja en la oscuridad, mientras se proyecta la película), nunca tuve dudas de que lo que se hacía en esa mesa no era narrar infidencias, revelar secretos, rememorar anécdotas: en esa mesa se ponían en escena pequeños relatos espontáneos, se hacía literatura como en los viejos tiempos.

Lo que se hacía en esa mesa no era narrar infidencias, revelar secretos, rememorar anécdotas: en esa mesa se ponían en escena pequeños relatos espontáneos, se hacía literatura como en los viejos tiempos

Si no me equivoco, Piro recogió anécdotas parecidas en un libro que se publicó en 2008, titulado Guillermo Hotel. Seguía, de manera consciente o no, el camino iniciado pocos años atrás por el escritor y cineasta Edgardo Cozarinksy con su Museo del chisme, aparecido en 2005: un ensayo y sesenta y nueve entradas que narran, de manera sintética y atractiva, historias laterales y desconocidas de personajes históricos y, sobre todo, de escritores argentinos y extranjeros. Cozarinsky, una suerte de "sujeto incierto" (como le gustaba definirse a sí mismo a Roland Barthes), a la vez dramaturgo, novelista y autor de libros de relatos como Vudú Urbano, ha viajado por todo el mundo y ha vivido muchos años en París, donde buena parte de estas infidencias le llegaron de fuentes directas. El germen del libro fue el texto con el que obtuvo, en 1973, el premio de Ensayo del diario LA NACION, compartido con José Bianco. Este ensayo, que se llama "El relato indefendible" y circuló en francés durante años, sirvió como introducción, justificación y marco teórico a la colección de anécdotas que lo acompañan bajo el subtítulo de "Cuadros de una exposición".

Pero lo cierto es que el texto es, en sí mismo, una curiosa e inteligente disquisición sobre la importancia del chisme en las obras de Marcel Proust y de Henry James (después de haber alimentado también, según Cozarinsky, a Cervantes, Laclos, Austen y Balzac), y revela la esencia de la anécdota a la vez que su importancia central a la hora de hacer literatura: "El chisme es, ante todo, relato transmitido. Se cuenta algo de alguien, y ese relato se transmite porque es excepcional el alguien o el algo: puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza".

Ese libro acaba de reeditarse ahora en una versión extendida y con nombre ampliado: Nuevo museo del chisme

Ese libro acaba de reeditarse ahora en una versión extendida y con nombre ampliado: Nuevo museo del chisme. Imaginamos, detrás de esta publicación, la voluntad del editor Luis Chitarroni, otro gran contador de anécdotas. Lo cierto es que al ensayo y las sesenta y nueve entradas originales (que bien podrían ser considerados, hoy, como posts de un blog) se le suman otros veinticinco nuevos chismes, protagonizados por Voltaire, Pablo Picasso, Tilda Thamar, Dorothy Parker, Dimitri Nabokov, Philip Roth y Gore Vidal, entre otros. Reproducirlas acá sería un sacrilegio: el efecto de cada uno de los chismes descansa tanto en la anécdota como en la manera en que Cozarinsky las refiere, con una síntesis, un fraseo y un sentido del humor muy propios. Hace algunos días le preguntaron, en una entrevista, qué es lo que creía que no podía faltar nunca en una buena anécdota, y Cozarinsky respondió: "La diversión de quien la cuenta, la malicia sin maldad, la compasión sin patetismo". Deberíamos volver a juntarnos a almorzar con mis amigos en aquel edificio de Chacabuco y Diagonal Sur. Y aprovechar para enmendar errores del pasado e invitarlo a sumarse, esta vez, a Edgardo Cozarinsky..

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