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Soy diabético y de clase media

Opinión

A los 26 me diagnosticaron diabetes. Por entonces vivía en la casa de mis padres, en Lomas de Zamora. Una antigua casona, de varios ambientes, un frondoso parque y un quincho de techo de paja, sin paredes. Ah, y una pelopincho que asomaba en el paisaje todos los veranos. Mi papá, dueño de un comercio de la zona (hoy todavía lo atiende, todos los días y desde muy temprano). Mi mamá, docente por vocación y por necesidad de acompañar los ingresos de un hogar de cinco hijos. Nada fuera de los parámetros de un grupo familiar de clase media.

Así, y muy a mi pesar, comencé a conocer y a tratar de entender cómo convivir con esta enfermedad que, sabía, me iba a acompañar para siempre

Cuando me detectaron la diabetes tipo I (soy insulinodependiente), trabajaba en una conocida editorial donde comencé mi carrera de periodista como cronista en una de sus publicaciones. Todos los días, inclusive muchos fines de semana, tomaba el tren Roca hasta Constitución y, desde ahí, la línea 62 hasta mi trabajo. Ida y vuelta. Ganaba poco, pero me apasionaba mi trabajo que me ayudaba a tener mi propio dinero. Como por arte de vaya uno a saber qué, comenzaron los síntomas: pérdida de peso, mucha sequedad en la boca y una tremenda necesidad de orinar. Una de mis jefas (a quién todavía le sigo agradeciendo el gesto) detectó que estaba desmejorando y me recomendó a su médico clínico. Así, y muy a mi pesar, comencé a conocer y a tratar de entender cómo convivir con esta enfermedad que, sabía, me iba a acompañar para siempre. Cuidado en las comidas, ejercicio, vida sana y control del estrés y de las emociones. Además, tres aplicaciones diarias de insulina, seguimiento diario del nivel de glucemia con las benditas tiras reactivas y de otras variables que acompañan estas dolencias: colesterol, salud de la vista y de los pies, entre otras.

Nada que cualquier ser humano no pueda manejar para llevar adelante una vida común y corriente. Cualquier ser humano, pero con recursos. Afectivos, que ayuden a sobrellevar el mal trago en sus comienzos y económicos, para afrontar una dieta baja en hidratos y azúcares. Es decir, pocos fideos, arroz, papa y azúcar en todas sus formas. Lo que siempre hizo cuestionarme sobre cómo es ser diabético en un escenario de bajos recursos. Comprar pan integral o de gluten, fideos bajas calorías, edulcorante, leche descremada, postres dietéticos, carne magra y muchas futas y verduras (no cualquiera, las que tienen bajo nivel de glúcidos). Es cierto, ahora tenemos el yacón, pero con eso hacemos poco y nada, ya que nuestros cuidados van mucho más allá de un tubérculo medicinal. Es que diabéticos hay pobres, ricos y de clase media. Y cada vez más. Así lo advierte la Sociedad Argentina de Diabetes: s olo en la Argentina hay dos millones y medio de enfermos (la mitad no lo sabe) y en todo el mundo, más de 230.

Video: CFK: "La diabetes es una enfermedad de gente de alto poder adquisitivo" (Canal 7)

Por eso, y cuando estos índices crecen como mis niveles de glucemia cuando escucho ciertas cosas, me parece, al menos, poco acertado adosarle a una clase social acomodada una enfermedad que ataca a millones de personas y que la ciencia no ha sabido todavía cómo ponerle freno. También crece mi bronca porque no soy rico, ni como mucho. Ni tampoco hago vida sedentaria, aunque con el tiempo me volví un poco más fiaca pero no burgués.

Creo que hoy debería llamar a mi papá para recriminarle seriamente por qué nos ocultó a mí y a mis hermanos que en realidad siempre fuimos una familia de ricos holgazanes

De todos modos, después de que lo que escuché ayer en un anuncio oficial creo que hoy debería llamar a mi papá para recriminarle seriamente por qué nos ocultó a mí y a mis hermanos que en realidad siempre fuimos una familia de ricos holgazanes y que, como tales, era justo que uno de sus miembros fuera diabético.

Seguramente, acodado en el mostrador de su legendario negocio de zapatos para mujeres, mi viejo tenga una respuesta para darme..

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