Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Editorial I

Nuevas muestras de irracionalidad

Opinión

La toma de la Catedral o la ocupación de la Sala Alberdi por grupos minoritarios ponen en peligro un patrimonio artístico, social y espiritual que es de todos

La irracionalidad, que parece apoderarse de la realidad argentina cada vez más frecuentemente, acaba de dar nuevas y poderosas muestras de su existencia. El martes pasado, la Catedral porteña estuvo tomada durante más de cinco horas por 120 integrantes de una organización llamada Movimiento Popular La Dignidad (MPLD), que con bombos y banderas de protesta interrumpieron a los fieles allí reunidos porque, dijeron, querían reclamar subsidios para jardines de infantes y escuelas públicas de la ciudad. En la noche de ese mismo día, en el Centro Cultural San Martín, hubo un violento choque entre manifestantes y la Policía Metropolitana cuando ésta trataba, cumpliendo con una orden judicial, de poner fin a la ocupación de la Sala Alberdi, tomada desde 2010 por intrusos que se arrogan soberbiamente el derecho de la "tutela y gestión" del lugar, y a los que se había agregado hace unos meses un grupo que acampaba en la plaza seca del Centro.

Esta breve descripción de ambos hechos es ya señal suficiente de lo absurdo de lo ocurrido. Que una agrupación política absolutamente menor como el MPLD -cuyo verdadero objetivo, se supo después, era llamar la atención sobre su existencia y así adquirir mayor protagonismo en las estructuras colectivas a las que pertenece- haya invadido un templo para dar más visibilidad a sus pretendidos "reclamos" significa haber llegado a un punto de enorme irresponsabilidad ciudadana. Es de destacar el hecho de que ni los fieles ni los encargados de la Catedral decidieran actuar para poner fin a la situación, a pesar de su lógica indignación porque se vieron obligados a suspender la misa central; por el contrario, continuaron con la cadena de rezos prevista para el día en que se iniciaba en el Vaticano el cónclave para la elección del nuevo papa.

Sobre la larga ocupación de la Sala Alberdi ya expresamos el 21 de enero pasado, en el editorial titulado "Los «okupas» culturales", que la cultura "del piquete" parece haberse hecho carne en buena parte de la sociedad argentina, hasta tal punto que no se reconozca siquiera un principio mínimo de organización y convivencia social, conceptos que le caben igualmente a lo sucedido el martes en la Catedral.

La injustificable situación de la Sala Alberdi se prolonga en el tiempo; como ya señalamos, los problemas datan de 2007, durante el gobierno de Jorge Telerman, y la ocupación del espacio público concretamente se hizo en agosto de 2010. Sin embargo, los incidentes del martes, que finalizaron con tres heridos, cuatro detenidos (ya recuperaron la libertad) y dos policías internados, permitieron conocer otro aspecto del conflicto, y es el daño que se viene haciendo al patrimonio artístico del centro en todo este tiempo de ocupación: obras de Julio Le Parc, Enio Iommi y Pablo Curatella Manes han sufrido todo tipo de agresiones de personajes que curiosamente se reconocen como artistas y profesores o estudiantes de arte. El relato de los agravios sufridos por las obras de arte que hizo el curador del Centro Cultural San Martín, Mariano Soto, muestra, precisamente, una total prescindencia y hasta ignorancia sobre lo que estos trabajos significan; además del "severo daño" comprobado en todos, Desplazamiento , de Le Parc, sirvió hasta de perchero y fue completamente desarmada y sus módulos de madera y chapa usados para tapiar el acceso en el llamado "acampe cultural", y Los acróbatas , de Curatella Manes, "fue grafiteada y luego limpiada con ácido, como si alguien se hubiera dado cuenta de la barbaridad que había hecho al pintarla; y entre las dos cosas, el grafiti y el ácido, se le quitó la pátina de bronce de 80 años que es parte importante de la obra".

Es llamativo que ante una situación como la descripta, y que lleva tanto tiempo, no se hayan levantado más voces en defensa de este patrimonio artístico de una relevancia insoslayable. No ha ocurrido así en otras circunstancias; ayer se comentaba justamente, en el editorial titulado "La reapertura de la línea A", cómo se reaccionó ante la noticia de que los centenarios coches de madera de origen belga iban a ser reemplazados después de haber servido durante 100 años.

Tanto la ocupación del espacio público como la invasión de un espacio dedicado al recogimiento y la oración, como es el caso de la Catedral, deben preocuparnos y llamarnos seriamente a la reflexión. La "naturalización" de hechos como los descriptos hasta aquí constituye, lamentablemente, un símbolo de la progresiva subversión de valores sociales que estamos experimentando los argentinos a diario. La voluntad de unos pocos se impone sobre la del resto de una sociedad que ha preferido elegir democráticamente a sus dirigentes y que por eso espera que sean ellos los que gobiernen como sus representantes, y no estos grupúsculos cuya conducta oscila entre el infantilismo y las consignas cuasi mesiánicas, mientras ocupan espacios que son de todos y ponen en peligro un patrimonio artístico, social y espiritual que también es de todos..

TEMAS DE HOYEl caso Melina RomeroPresupuesto 2015Conflicto en Medio OrienteHoracio Mazza