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Bergoglio, papa / Desde la infancia en Flores a su vocación

"Soy Bergoglio, cura": vida íntima y obra del Papa que llegó del fin del mundo

El Mundo

"Hola, ¿qué tal? Soy Jorge Bergoglio, cura." Simple y llana la presentación, el hombre que llegó del "fin del mundo" al Vaticano no gusta de dar rodeos. "Quirúrgico", lo define un ex pupilo al recordar sus pocas pero decisivas palabras que lo marcaron de por vida. "Silencioso y humilde", lo define un sacerdote, hoy en África. Corto de palabras hasta para definirse, ¿quién es el nuevo papa? Si hasta se dio "Francisco" por nombre, por el de Asís, cuando el referente máximo jesuita es San Ignacio de Loyola. ¿Quién es Bergoglio?

El resumen lineal es el siguiente: hijo de inmigrantes italianos, familia trabajadora, escuela pública, llamado de Dios a los 17, seminario a los 21, escalas varias en países varios, ordenación cuatro días antes de los 33, carrera meteórica en la Compañía de Jesús, enfrentamientos varios con presidentes varios, conservadurismo doctrinario y progresismo social, y batacazo. ¿Lo sintió venir?

 
Regina y Mario Bergoglio, en su casamiento, en 1935, un año antes del nacimiento de Jorge. Foto: Archivo, Reuters y AP
 

"Lo vi por última vez hace 25 días. El abrazo que me dio fue algo especial", rememora el padre Gustavo Antico, de la iglesia Santa Catalina de Siena, que conoce a Bergoglio desde 1984, cuando el hoy Papa lo envió a codearse con los chanchos. "Fue un abrazo largo, afectivo, de esos que te da un hermano, un amigo, y que en algún punto me resultó inesperado e inmerecido. Ese gesto leído hoy lo siento providencial. Al día siguiente, renunció Benedicto XVI."

Antes de convertirse en Francisco, Bergoglio dejó muchas huellas. Algunas grandes, otras controvertidas. Capaz de un humor inesperado -como reclamarle a un goleador de su amado San Lorenzo que para qué se retiró si después no le metían un gol ni al arcoíris-, pero también de ocuparse durante meses de un muchacho amenazado en una de las tantas villas de Buenos Aires. Férreo impulsor de los curas villeros y la lucha contra las drogas, y de una espiritualidad muy profunda, pero orientada a la acción, bien jesuítica. Eso y más surge de las piezas del rompecabezas que aportaron sus íntimos, su familia, sus amigos y rivales dentro de la Compañía, sus discípulos dentro de la Iglesia, referentes de otros credos, y muchos otros a LA NACION desde que "Bergoglio, cura" pasó a convertirse en el hombre llegado a Roma para gobernar la Iglesia Católica.

La abuela de los billetes

Nació el jueves 17 de diciembre de 1936, primogénito de Mario José Francisco Bergoglio y Regina María Sívori, ama de casa y muy cercana a él. Su barrio de siempre fue Flores, en una casa sencilla, chorizo y con glorieta, de la calle Membrillar al 500, a dos cuadras de la Plaza de la Misericordia. Y fue por allí donde jugó al fútbol -con pies planos y, con el tiempo, una rodilla maltrecha-, novió y tejió su primera barra de amigos.

En Flores asistió, también, a la escuela N° 8, Coronel Pedro Cerviño, donde su maestra de primer grado fue Estela Quiroga. El Papa la recuerda bien porque hasta que ella murió en 2006, a los 96, mantuvieron una correspondencia regular. Si hasta la invitó de manera especial a su ordenación sacerdotal.

Jugador de básquet, como su padre contador -no ferroviario como circuló en los últimos días-, solía ir a la cancha, al Viejo Gasómetro, junto con sus padres y sus cuatro hermanos: Oscar, Marta, Alberto y María Elena, la única que aún vive. ¿Insultaba? Como máximo, lanzaba un "atorrante" o "vendido" al árbitro. Pero no más. ¿Club? Obvio, San Lorenzo de Almagro. ¿Un jugador? El centrodelantero René Pontoni. Aunque al más reciente "Beto" Acosta lo retiene en una camiseta autografiada.

 
El Papa, cuando era un adolescente de Flores. 
 

No fue el básquet ni el fútbol, sin embargo, sino la literatura la que consumió sus mayores horas de adolescente, con Los novios, de Alessandro Manzoni, o D ivina comedia, de Dante Alighieri, en primera línea. Y Johann Hölderlin, el más grande poeta, acaso, del romanticismo alemán.

De allí, de las fuentes de ese romanticismo, quizás haya surgido esa carta y la admonición que le dedicó a su amada de los 12, Amalia. "Si no me caso con vos, me hago cura", relató ella. El desenlace está a la vista.

¿Tango? Sí. Conocedor de sus dos etapas, con Carlos Gardel y Azucena Maizani -a quien le dio la extremaunción-, y Astor Piazzolla y Amelita Baltar. Pero también Edith Piaf, y música clásica, con la que solía acompañar como arzobispo sus horas de reflexión y descanso.

Pero antes, cuando aquella primera frustración amorosa llevaba un año, Bergoglio comenzó a trabajar. A los 13 y por indicación de su padre. "No nos sobraba nada, no teníamos auto ni nos íbamos a veranear, pero no pasábamos necesidades", rememoró en el libro El jesuita, de Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti. Su despuntar laboral fue con tareas de limpieza.

De ese libro surge todo un indicio sobre la relevancia de otra mujer en su vida.

-¿Una persona?, le preguntaron.

-Mi abuela.

¿Por qué? Él mismo lo explicó en la segunda y última entrevista radial que concedió en su vida. Fue al padre Juan Isasmendi, en la radio de la parroquia de la villa 21 de Barracas. "La que me enseñó a rezar más fue mi abuela. Mi abuela me marcó mucho en la fe y me contaba historias de santos."

 
Jorge (izq.) y su hermano Oscar, hoy fallecido. Foto: Archivo, Reuters y AP
 

Dato: fue ella, doña Rosa Margarita Vasallo, quien desembarcó una calurosa mañana de enero de 1929 en Buenos Aires envuelta en su abrigo con cuello de zorro. No por destemplada. Llevaba encima el dinero acumulado tras vender todo lo que tenían en Italia.

Sus estudios secundarios, en la entonces Industrial N° 12, hoy la N° 27, ya mostraron otro Bergoglio. Adolescente, más comprometido, incluso politizado, como los tiempos que corrían. De hecho, hay quienes recuerdan, por ejemplo, que lo sancionaron por portar un escudo peronista en su ropa.

Aquéllos fueron los años de Juan Domingo Perón y Evita, de confrontación, de iglesias quemadas y procesión de Corpus Christi. De bombardeo de la Plaza de Mayo, de Revolución Libertadora, de José León Suárez y de "tirano prófugo". Años de intolerancia recíproca que jamás olvidó, como tampoco olvidó a otra mujer decisiva en su vida.

Se llamaba Esther Ballestrino de Careaga, le mostró cómo era la militancia política y hasta lo incursionó en lecturas comunistas, que Bergoglio recuerda con precisión, como a ella, a quien define como "extraordinaria". Ella fue su jefa en un laboratorio químico y hasta le enseñó algo de guaraní. Mucho después, la dictadura volvería a cruzar sus caminos, del peor y más triste modo.

Pero mucho antes de la dictadura del 76, llegó el llamado de Dios. A los 17. Él andaba de novio con una chica que integraba el grupo de amigos y amigas con las que salía a bailar. Una versión dice que fueron decisivas las palabras de su confesor en la parroquia de San José de Flores, donde, según él, Dios lo "primereó". Otra, que el llamado llegó cuando se encontró entre la vida y la muerte por una pulmonía grave -por la que perdió la parte superior del pulmón derecho-, y una monja lo confortó con una frase que le llegó: "Con tu dolor estás imitando a Jesús".

 
Jorge Mario y sus padres, Regina y Mario. Foto: Archivo, Reuters y AP
 

El propio Bergoglio simplificó la cuestión. "¿Qué sentí? Nada, que tenía que ser cura. Punto. Me llamó. En ese momento, tenía 17 años, esperé tres años más, que terminé [el secundario], trabajé y después entré al seminario", relató por radio.

Por entonces, su director espiritual era el padre Enrique Pozzoli, de la comunidad salesiana de Almagro. Un curita que lo marcó a fuego, antes de llevar a Don Bosco hasta Tierra del Fuego, el verdadero fin del mundo. Fue Pozzoli quien le sugirió a Bergoglio viajar a las sierras de Tandil para recuperar sus pulmones, con él definió su ingreso al seminario de Villa Devoto y a él recordó en el prólogo a su primer libro -Meditaciones para religiosos- por la "fuerte incidencia" que tuvo en su vida, y por su "ejemplo de servicio eclesial y consagración religiosa".

Allí, en Tandil, conoció a los 18 a Roberto Musante, dos años mayor que él, con quien se volvería a encontrar, como a Esther Ballestrino, en momentos más complejos. Como cuando Bergoglio recibió durante la dictadura a tres seminaristas del obispo Enrique Angelelli. El hoy Papa, rememora Musante, "siempre estuvo convencido" de que a Angelelli "lo asesinaron".

En Tandil, recuerda Musante, llegaron a conocerse y conversar, aunque Bergoglio "se mantenía más bien silencioso y humilde", rasgos que conserva, según coinciden todos los consultados. Hoy, el salesiano anda por Angola, donde cuida y educa a cientos de chicos en el barrio Lixiera, "basural" en portugués. Pero Bergoglio optó por seguir a San Ignacio de Loyola en vez de a Don Bosco.

En compañía de Jesús

"Los jesuitas tienen nuevo provincial", tituló LA NACION, el 5 de agosto de 1973, en un breve recuadro, acompañado con la foto de un sacerdote de 36 años, pelo engominado hacia atrás al que identificó como "padre Jorge Mario Bergoglio, SJ", las siglas con las que se identifica a un "sacerdote jesuita".

Su sendero hasta ese cargo incluyó sus vericuetos, como la resistencia inicial y llanto de su madre, la alegría y apoyo de su padre, su ingreso al seminario a los 21, estudios de literatura y humanidades clásicas en Córdoba y Santiago, Chile, su docencia en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, y las licenciaturas en filosofía y teología, hasta que llegó su ordenación, el 13 de diciembre de 1969, cuatro días antes de cumplir los 33. Y con su querida maestra de primer grado, Estela, allí presente.

¿Qué recuerdan en Santa Fe de él? El apodo que le colgaron: "el profe Carucha". También, que era severo, pero respetado como profesor de literatura y de psicología. Que ya mostraba una fuerte espiritualidad, que era un referente muy preparado y con "un carácter vivo, que negociaba en lo negociable, pero no cedía en lo esencial". Y, también, que llevó hasta allí a un escritor al que leía y mucho: Jorge Luis Borges.

De aquellos años, también, quedó su acercamiento a Guardia de Hierro. "Él ya era sacerdote. Nos veía, confesaba a algunos, pero no era un cuadro ni un militante", cuenta el histórico dirigente peronista Julio Bárbaro, "pero Guardia no era entonces de derecha, sino que era una agrupación que aglutinaba para la liberación antes del surgimiento de Montoneros, que se quedó como la izquierda de la resistencia", aclara.

Bergoglio rumbeó para España, donde Francisco Franco era dueño y señor desde el fin de la Guerra Civil. En Alcalá de Henares superó su tercera probación y el 22 de abril de 1971 hizo su profesión perpetua. Volvió al país, para asumir en 1972 como maestro de novicios de la Compañía.

Su liderazgo silencioso era para entonces ya evidente. Sólo dos años después de retornar de España lo designaron nuevo provincial de la congregación jesuítica en la Argentina. Con 36 años, quedó a cargo de supervisar 15 casas, 166 sacerdotes, 32 hermanos y 20 estudiantes a su cargo, según las crónicas de la época.

Años tormentosos

Fueron años tormentosos para el país, para la Iglesia, para la Compañía y para él como su autoridad máxima en el país. Años de Triple A, de dictadura, de teología de la liberación, de sangre. En mayo de 1976, los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics fueron secuestrados y torturados en la ESMA durante los siguientes cinco meses. Luego recuperaron su libertad, a diferencia de las cuatro catequistas y los esposos de dos de ellas raptados en el mismo operativo.

El rol de Bergoglio antes, durante y después de esos secuestros, quedó envuelto en la polémica. En especial, porque Yorio, fallecido en 2000, consideró que su superior les había quitado la cobertura de la Compañía, dejándolos en el terreno, a merced de la represión, lo que el hoy Papa siempre negó. Por el contrario, afirmó que les avisó que corrían grave riesgo, que luego hizo gestiones para que recuperaran la libertad y, cuando eso ocurrió, gestionó documentos y que hasta compró el pasaje aéreo para uno de ellos.

A Yorio, sin embargo, se sumaron otras voces. Incluidos la monja Norma Gorriarán; el fundador del CELS, Emilio Mignone; un funcionario de la Cancillería, Anselmo Orcoyen, y la catequista Marina Rubino, mientras que otros protagonistas de aquellos años defienden a Bergoglio. Desde el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el obispo y referente de los derechos humanos durante la dictadura Miguel Hesayne, la ex abogada del CELS Alicia Oliveira y la integrante de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos (APDH) y de la Conadep Graciela Fernández Meijide, entre otros.

En 2010, Bergoglio declaró, pero como testigo, ante la Justicia por esos secuestros, dentro de la "megacausa ESMA". Explicó que había pedido por ellos ante Jorge Videla y Eduardo Massera, y que tanto antes como después de su captura había procurado protegerlos. Más aún, indicó que con Jalics sigue en contacto y está en paz. La Justicia nunca lo imputó de cargo penal alguno.

El propio Jalics salió al cruce de las acusaciones contra el Papa, desde el monasterio de Wilhelmsthal, en Alemania, donde reside. "No fue sino años después que tuvimos la oportunidad de hablar con Bergoglio para conversar sobre lo sucedido", dijo anteayer. "Después de eso, celebramos una misa juntos en público y nos dimos un abrazo solemne. Estoy reconciliado con los eventos y considero el asunto cerrado", agregó.

La dictadura, sin embargo, trajo mucho más. "Él ayudó a mucha gente perseguida", rememora el padre Musante desde Angola.

 
Todos los Bergoglio de izq. a der.: fila de atrás, María Helena, Regina, Alberto, Jorge Mario, Oscar, Marta y su marido; Juan y María (los abuelos) y Mario. Foto: Archivo, Reuters y AP
 

Lo mismo afirmó uno de aquellos seminaristas de Angelelli que habían quedado desprotegidos, el hoy sacerdote Miguel Ángel La Civita. "Yo he visto que ayudó a mucha gente a salir del país en esos momentos en que había tanta gente desaparecida y recuerdo especialmente cómo en el Colegio Máximo se escondía gente, se preparaba la documentación y lo necesario para hacerla salir del país. Eso lo he visto yo", dijo a la radio LT3 AM 680 de Santa Fe. "Él [Bergoglio] cubrió el vacío que había dejado la muerte de monseñor Angelelli."

Esas gestiones lo llevaron incluso a usar su propio documento de identidad para facilitar un escape. Se lo dio a un muchacho parecido a él para que pudiera cruzar la frontera disfrazado de cura. "Le dio su cédula y su clergyman [la camisa que visten los sacerdotes cuando no usan sotana] para que pudiera escapar", detalla Pierini, a quien cuidó a su vez luego de que la dictadura la echara de su puesto de jueza y corriera riesgos junto con sus hijos.

El 8 de diciembre de 1977, sin embargo, un grupo de tareas comandado por Alfredo Astiz secuestró a su otrora jefa en un laboratorio y guía en las lecturas políticas, Esther Ballestrino de Careaga. Tras la desaparición de su hija Ana María y dos yernos, Careaga se había convertido en una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Su hija fue liberada más tarde, pero ella continuó con la labor hasta que fueron por ella.

"En 2005 aparecieron los restos de mi mamá", relató Mabel Careaga, otra de sus hijas, al diario español El País. "Quisimos enterrarlos en el solar de la Iglesia de la Santa Cruz porque era el último territorio libre que ellas [Careaga y Mary Ponce de Bianco, también de Madres] habían pisado, el lugar donde la secuestraron. Le pedimos permiso a Bergoglio, y él autorizó el entierro", detalló.

En 1979, de todos modos, el liderazgo de Bergoglio en la Compañía llegó a su fin. Con 42 años, asumió como rector del Colegio Máximo, entre 1980 y 1986, y de la Facultad de Filosofía y Teología de San Miguel, además de presidir un área de la Universidad del Salvador, y escribir dos libros: Meditaciones para religiosos, con aquel recuerdo para su otrora director espiritual, el salesiano Enrique Pozzoli, y Reflexiones sobre la vida apostólica.

"A los chanchos"

En el Colegio Máximo dejó recuerdos imborrables. "Vos, a los chanchos", le ordenó en 1984 a uno de los recién llegados, Gustavo Antico, entonces de 18 años y hoy sacerdote y rector de la Iglesia Santa Catalina de Siena. Pero eso sí, aclara Antico, "él nunca te mandaba a hacer algo que él no hubiera hecho".

Así fue como aquel enero después del retorno de la democracia, ambos terminaron en el chiquero. "Él venía todos los días y nos solía ayudar con los chanchos", dice Antico. "Era muy exigente; las horas destinadas a trabajar durante la formación sacerdotal eran para Jorge muy importantes."

Tras tantos años -y varios chanchos- compartidos, Antico celebra que Bergoglio haya llegado al Vaticano. "Es un hombre entregado, bondadoso, de mucha escucha y carácter firme. Es muy decidido y exigente, pero al mismo tiempo es esa persona que vemos ahora en Roma, ese papa que despliega frescura y libertad. Es una persona de una vocación muy clara, un sacerdote popular y carismático. Los que estuvimos cerca de él sabemos que es un papa urgido por la realidad."

Como si fueran pocas sus obligaciones, entre 1980 y 1986 se desempeñó además como primer párroco de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel, donde organizó la catequesis y fundó cuatro iglesias y tres comedores infantiles. Si quería pastoral social concreta, allí la encontró.

"Los momentos más lindos como cura son los que pasé con la gente -admitió Bergoglio, en aquella entrevista radial-. Eso me queda siempre en el corazón, el haber caminado junto a un pueblo que busca a Jesús."

Esas "urgencias de la realidad" le aportaron un ida y vuelta que enriqueció y complementó su bagaje doctrinal, cuentan quienes lo rodean, en una simbiosis entre lo que la Iglesia propone y la gente necesita o los problemas que afronta: desempleo, drogas, inseguridad y miseria, entre otras. Hasta restarles dramatismo a temas que para otros sacerdotes son casi tabú. Así, no son pocos los que repiten diálogos como el que tuvo con Paula, madre de una villa:

-Mi hijo se apartó de la Iglesia, no está yendo a misa y.

-¿Es buen pibe? Eso es lo que importa.

En marzo de 1986, viajó a Alemania. Estudió para completar su tesis doctoral en la pequeña Universidad de Teología y Filosofía de St. George, cerca de Fráncfort. "Pasó aquí algunos meses para asesorarse con algunos profesores acerca de un tema de disertación", indicó un vocero de la casa de estudios. Según Bergoglio, allí hizo "estudios especiales de espiritualidad", un eje central de su formación y de su personalidad.

¿Un destierro cordobés?

Otra vez en la Argentina, rumbeó para Córdoba, donde asumió como director espiritual y simple cura confesor en la Iglesia de la Compañía de Jesús. ¿Qué pasó? ¿Decisión propia? ¿Víctima de una purga? La respuesta depende de a quién se escuche.

Quienes lo quieren sostienen que él deseaba retornar al terreno, a la pastoral comunitaria, sentirse como un "cura de barrio", como apenas "el padre Jorge", abandonar las pujas por el poder humano y cualquier atisbo de vanidad, y dejarle vía libre para que las autoridades de la Compañía dispusieran a voluntad sin nadie que pudiera eclipsarlo.

En cambio, quienes lo cuestionaron -y con los que luego se reconcilió- afirman que marchó a Córdoba castigado, que no le pasaban las llamadas y que hasta le revisaban su correspondencia. ¿El motivo? Diferencias entre jesuitas por cómo lideró la Compañía.

Su capítulo cordobés duró seis años, los de auge y ocaso del alfonsinismo, y el arribo a la Casa Rosada de Carlos Menem, con quien tendría sus chisporroteos. Pero antes, debió abrirse de la jurisdicción formal de la Compañía de Jesús, a la que deben pedir permiso para acceder a cargos como obispo o cardenal, para así acceder a un pedido directo de Juan Pablo II. El 20 de mayo de 1992 lo nombró uno de los cuatro obispos auxiliares de la ciudad de Buenos Aires.

Los cargos formales se sumaron con relativa rapidez. En 1997, asumió como arzobispo coadjutor; en 1998, como arzobispo tras la muerte de Antonio Quarracino y, en 2001, como cardenal, además de presidir dos mandatos (entre 2005 y 2011) la Conferencia Episcopal Argentina. Algo más: su ascenso al purpurado incluyó un gesto que se repetiría 15 años después. Cuando muchos evaluaron viajar a Roma para el consistorio en que Juan Pablo II lo creó cardenal, Bergoglio pidió que, en vez de viajar, donaran ese dinero.

Presidentes incómodos

Más allá de cargos y títulos, Bergoglio dejó además otra impronta, más social, en el Arzobispado. En pleno menemismo, caminó todas las villas de la ciudad y, en particular, la 1-11-14 del Bajo Flores, y presenció la marginación, que denunció varias veces, como con su amigo el rector del Seminario Rabínico Latinoamericano, Abraham Skorka, en el libro cuya autoría compartieron, Sobre el cielo y la tierra. Alertó sobre una "antinomia" que definió como "más salvaje" que la de incluidos y excluidos: "Los que están dentro y los que sobran. En esta civilización hedonista, consumista, narcisista, nos estamos acostumbrando a que hay personas desechables".

A su visión sumó hechos. Apoyó e impulsó al equipo de sacerdotes para las villas. Duplicó los curas, les aportó más recursos, lo mantuvo siempre bajo su protección y supervisión directa, y conformó un vínculo singular con el sacerdote José "Pepe" Di Paola.

¿Cómo era su vida cotidiana? Arriba a las 4, horas de rezo y meditación; primeras reuniones a las 7; audiencias; almuerzo frugal a las 12.30; descanso de 50 minutos, más audiencias, visitas a distintas parroquias en colectivo, subte y tren, ninguna invitación a cenar, y vuelta a dormir en una sencilla habitación.

Ese ritmo no le impidió, no obstante, seguir un poco a San Lorenzo. Ir a la cancha de vez en cuando, oficiar un par de misas en la institución y hasta "reclamarle" a Alberto Acosta, uno de los goleadores más icónicos del club, retirado en 2003. "Me dijo: «¿Para qué te fuiste? ¡No le hacemos un gol a nadie!»", contó el recordado "Beto".

Su rol como arzobispo lo llevó a mantener una tensa relación con todos los presidentes. En el tedeum de 1999, cuestionó a los políticos por no encarar los problemas y quedarse sólo en palabras. "Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados a la mesa, donde solamente unos pocos se benefician y el tejido social se destruye, donde las brechas se agrandan siendo que el sacrificio es de todos, entonces terminaremos siendo una sociedad camino al enfrentamiento", alertó. La cara de Menem, a unos metros, lo decía todo sobre su malestar.

No le fue mejor a Fernando de la Rúa. "El sistema ha caído en un vasto cono de sombra, la sombra de la desconfianza -alertó en otro tedeum-. Algunas promesas y enunciados suenan a cortejo fúnebre: todos consuelan a los deudos, pero nadie levanta al muerto."

La Navidad de 2000 aportó otro gesto de Bergoglio sin precedente en el país. Cristianos católicos, ortodoxos, protestantes, orientales y evangélicos rezaron juntos en la Plaza de Mayo, en una jornada ecuménica que abrió un proceso en expansión con otros credos.

"Es un hombre profundamente religioso y capaz, a la vez, de brindarte una confianza tal como para darte sus textos cuando se trataba de judaísmo -destaca Skorka-. Él no dice ninguna palabra porque sí, tiene un mundo interno muy profundo y, a la vez, una visión bíblica por la que considera que se honra a Dios honrando al hombre."

Con la gran crisis de 2001, Bergoglio justificó los cacerolazos y abogó por el diálogo, pero dejó en claro su fastidio. "Los obispos estamos cansados de sistemas que producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga." Y en el tedeum alertó que el país se encontraba "a las puertas de la disolución nacional", de la que responsabilizó a quienes pretendían mantener sus "privilegios, su rapacidad y sus cuotas de ganancia mal habidas".

Sus cortocircuitos mayores, sin embargo, los protagonizó tras el arribo a la Casa Rosada de Néstor Kirchner, quien llegó a definirlo como "el cardenal opositor" y decidió no asistir más a los tedeum, práctica que continuó con Cristina Fernández de Kirchner.

Sin embargo, acaso uno de sus mayores activos sea su silencio. Así ocurrió, por ejemplo, tras la tragedia de Cromagnon en diciembre de 2004, cuando Bergoglio fue a la morgue del Poder Judicial para acompañar a los familiares. "Estuvo en silencio y respeto. Fue una de las pocas autoridades que ese día estuvo con nosotros. Nos acompañó con su presencia", rememora el padre de una de las víctimas.

Presencia silenciosa

Lo mismo ocurrió en 2008, cuando tras recibir amenazas, La Alameda, la ONG que denuncia y lucha contra el trabajo esclavo y la trata de personas, le pidió una audiencia. En menos de una semana los atendió. Y desde ese momento los acompañó y ayudó. Desde allí, cuentan que, cuando era necesario hacer público un problema, celebraba una misa para que las víctimas se sintieran acompañadas y respaldadas. Pero que la mayoría de sus actos y gestiones fueron con bajo perfil, casi en secreto.

Todos esos años en el terreno, además, entre dramas y desafíos, pudieron ser determinantes para otra de las señales que lanzó en sus primeras horas como Papa. Ocurrió cuando les pidió evitar que la Iglesia sea apenas "una ONG piadosa" y se comprometa, con hechos concretos, con Jesucristo.

Trata de personas, el flagelo del paco, la desigualdad social, las tragedias, el azote de la corrupción? podría pensarse en un sacerdote amargado. Pero no. Tiene chispa, según varios interlocutores. Como cuando en medio de un evento solemne le dijo a un amigo de River, horas antes de un partido con San Lorenzo: "¡Qué gallinita nos vamos a comer!". O como cuando le preguntaron por la posibilidad de que los sacerdotes se casen, y replicó: "Le escuché decir una vez a un sacerdote que la eliminación del celibato le permitiría no estar solo y tener una mujer, pero también con ello se estaría comprando una suegra?".

Esa misma gestión silenciosa intentó con los Kirchner, según contó Julio Bárbaro, uno de los intermediarios. Pero varios fueron los puntos de fricción, que llevó quizás a su clímax con el impulso oficial a la ley de matrimonio igualitario. Lo caracterizó como "una movida del Diablo" en su "guerra contra Dios". Y Kirchner salió a cruzarlo.

Para entonces, el colegio cardenalicio ya había dado una sorpresiva señal sobre cuál era su verdadero peso o imagen entre sus pares de todo el mundo. Ocurrió en 2005, cuando disputó el papado con Joseph Ratzinger. Se bajó de la puja y quedó segundo.

En 2013 sí asumió la responsabilidad. A los 76 y con otro gesto de humildad bien jesuítica -"Soy un pecador, pero acepto"-, y otra cuota de humor dirigida a los cardenales: "Que Dios les perdone lo que han hecho". Y un nombre de peso gigantesco dentro de la Iglesia: Francisco. Aunque al día siguiente de vestirse de blanco, llamó a Buenos Aires y volvió a su esencia: "Por favor, llamame padre Bergoglio".

Con la colaboración de Pablo Gaggero, Santiago Dapelo y Gabriel Di Nicola.

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