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El escenario

El papa peronista

El Mundo

Dios, con magnífica ironía, entronizó a un papa del peronismo conservador después de diez años de izquierda peronista. Hasta hace apenas una semana no había escalón más alto que coronarse como la nueva Evita del movimiento nacional y popular. Ahora resulta que ancho de espadas mata siete de oros, y que por encima de la leyenda rediviva de la "abanderada de los humildes", se ubica con cierta espectacularidad un papa peronista que luchará desde el centro del mundo contra la corrupción y la pobreza.

En las barriadas más pauperizadas de la Argentina, la Presidenta nunca pudo instaurar su retrato ni la imagen de su esposo muerto, como sí consiguió Chávez. En esas zonas le rezan a Perón y a Eva, a San Cayetano y al Gauchito Gil: pronto estará junto a todos ellos el jesuita del barrio de Flores, que militó alguna vez en Guardia de Hierro. El papa de los pobres. El papa villero.

Éste es, en verdad, el gran conflicto que atraviesa como un rayo la política del partido gobernante. Una cuña en su imaginario. Por eso la frialdad del comienzo frente a una noticia que, puertas adentro, en el Gobierno calificaron decididamente como muy mala. El advenimiento de un Santo Padre porteño cayó como un baldazo de agua fría.

Existe, superficialmente, una primera explicación para tanta pesadumbre y consiste en caracterizar la situación de esta manera: un "enemigo" del kirchnerismo ascendió a la cumbre de la humanidad. Jorge Bergoglio no fue jamás lo que el espíritu conspirativo de la Casa Rosada maquinaba: no articuló a la oposición, ni quiso otra cosa que señalar de buena fe los defectos gestionarios. Fue Néstor Kirchner quien rechazó a sus emisarios, lo mantuvo lejos y le mandó sus mastines para que lo mortificaran. Bergoglio aconsejaba a los dirigentes opositores, pero hubiera igualmente aconsejado a los funcionarios oficiales, tal vez incluso con más comprensión y sabiduría. No pudo ser. Néstor no quiso.

Todo esto es ahora baladí. Lo preocupante para el kirchnerismo es que existe un argentino con más poder y ascendencia que la Presidenta, y que además es reconocido como un jefe espiritual de los humildes de la Tierra. Para los militantes, Cristina tenía hasta hace unos días una infalibilidad papal. De pronto el dueño de la infalibilidad reclama lo que le pertenece. En ese terreno mitológico, tan caro al peronismo, se ha producido un cimbronazo de imprevisibles consecuencias.

A estas horas, muchos luchan por un trozo de la sotana del Sumo Pontífice. Los opositores, que fueron cobijados en su departamento de la curia porteña cuando recibían los latigazos del kirchnerismo y las secuelas de su propia ineptitud, quieren un suvenir personal que sirva como talismán y salvoconducto para ganar por fin alguna elección: "Yo soy Bergoglio", pretenden decir. Pero muchos kirchneristas también comienzan a reclamar aunque sea un pedazo de la estola papal. Nadie quiere quedarse fuera del carisma. "Si Bergoglio es un peronista de toda la vida, por favor", insisten en súbita convicción. ¿Significará algo, a estas alturas, ser peronista? El peronismo fue nacionalista, desarrollista, guevarista, socialcristiano, socialdemócrata y neoliberal. Cuando algo es todo, resulta que ya no es nada.

Coexisten, con estos kirchneristas que pronto serán literalmente más papistas que el Papa, setentistas viejos y flamantes que seguirán abominando de Francisco. Será difícil de todos modos responder a una simple comparación. ¿Quién es más progresista? ¿Alguien que vive en Puerto Madero o en Palermo Hollywood, que tiene múltiples inmuebles, viaja en aviones y helicópteros con ejércitos de custodios y porta Rolex de oro y prendas de marca? ¿O un cura que vive en un ambiente sumamente austero, calza zapatos gastados, viste un sobretodo raído, viaja en colectivo y subte, almuerza en comedores populares y visita todo el tiempo las villas miseria?

Un taxista que le tocó en suerte a mi madre, un morochazo de ley, le hizo ayer un monólogo elocuente: "Ser papa es más que ser presidente, doña. Y éste en serio se preocupó siempre por los pobres. Pero de verdad, no de pico. Se lo dijo en una misa a Kirchner y Néstor nunca más fue a la iglesia. No quería oírlo. Este papa va a meter cuchillo en serio a favor de los más necesitados". Cuenta mi madre que el taxista hizo a continuación un silencio y dijo. "Esperemos que lo dejen, doña -le dijo con el ceño fruncido-. Allá en el Vaticano está lleno de gorilas.".

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