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Editorial I

Despojarnos de los odios

Opinión

El llamado del papa Francisco a desterrar la envidia y la arrogancia que ensucian la vida debe guiar a la sociedad y al gobierno argentinos

El odio, la envidia y la arrogancia ensucian la vida. La frase pronunciada por el papa Francisco en su primera homilía, tras asumir como sucesor de Pedro, ha encontrado en el país de donde él proviene muchos espíritus abiertos a comprender, difundirlo y traducir ese mensaje en un eco de intensidad conmovedora.

Asoma una Argentina preparada para solidarizarse con el nuevo pontificado en el camino que ha comenzado a trazarse desde Roma; es una Argentina imbuida del sentimiento de que debe cambiar la sociedad en lo más profundo de sí misma a fin de asociarse activamente al ejemplo de Francisco. Ojalá cunda entre nosotros su necesario magisterio.

Nadie que sienta y piense en tales términos podrá ya guardar silencio ante manifestaciones de los espíritus extraviados por el odio, la envidia y la arrogancia que ensucian, como bien se ha dicho, la vida individual y colectiva del pueblo. Habrá que acompañar al Santo Padre que llegó del fin del mundo a ablandar esos espíritus alejados de la bondad y contrarios a la conciliación. Es menester sumarlos a un país en el que urge recuperar la calma interior.

Espacios televisivos en los que se dilapidan recursos enormes del fisco se han dedicado estos días a la vana pretensión de humillar a quienes publicaron, con su nombre y a su costo, avisos de participación del fallecimiento del ex ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz. Ni ante la muerte se ha detenido así la más sucia de las provocaciones, que por definición sólo podría haber alcanzado a los embargados por el duelo, como la familia. Pero aquella porfía no ha logrado otro efecto perdurable, después de las reacciones inmediatas de íntimo rechazo suscitadas, que la afirmación del entendimiento de lo mucho que habrá de perseverarse en adelante para desarmar el arsenal de rencores que infectan los corredores subalternos de la política argentina y de los negocios de todo tipo vinculados con ella.

El ministro recién fallecido cometió seguramente muchos y graves errores de gestión. Nadie, sin embargo, ha podido imputarle con solvencia que fue deshonesto, que robó o se enriqueció indebidamente en sus años de actividad ministerial; tampoco nadie ha podido negarle que entregó energías y la tranquilidad de la vida privada al servicio de causas públicas. El aviso fúnebre de Federico Mirré, embajador de carrera que se de-sempeñó en misiones encargadas por el presidente Néstor Kirchner, hizo saber en un aviso fúnebre que despedía "a un hombre digno y cabal, quien, en 1976 y desde convicciones políticas diferentes, me defendió -dijo- frente a quienes amenazaban mi carrera y seguridad". Mirré se ha constituido en un ejemplo de hidalguía que debería encontrar más émulos en esta sociedad trabajada con exceso por la pusilanimidad ante los poderes de turno.

¿No habría podido decir otro tanto el extinto ex canciller Guido Di Tella, detenido tan pronto se produjo el golpe del 24 de marzo de 1976 y liberado poco después por gestiones -según se coincidía en la época en múltiples medios políticos- del entonces ministro de Economía? ¿No fue, acaso, Martínez de Hoz quien con persistencia manifestó a los militares que urgía liberar a un empresario periodístico y dejarlo salir del país, como al fin lo resolvió la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en decisión que el gobierno militar acató, a pesar de la reacción adversa de las líneas más duras del régimen? Murió sin nunca usufructuar esos antecedentes, como hacen algunos pavos reales por cosas menores.

El papa Francisco ha insistido en estos días en que Dios no se cansa de pedir perdón, por oposición a quienes nunca lo han pedido. Sobran quienes desde ámbitos de frecuente exposición pública han hecho un oficio del reclamo de que otros pidan perdón por acciones u omisiones incurridas. Suelen ser sujetos que nunca han hecho un ensayo de contrición de los propios pecados, y en algunos casos, hasta de los crímenes que los involucraron.

Será difícil avanzar en una tarea de limpieza espiritual de los argentinos si desde el propio Gobierno y las organizaciones alimentadas con recursos públicos se realizan actos de ensalzamiento de supuestas epopeyas por parte de quienes en el pasado mataron sin ton ni son. Todo lo que consiguieron fue arrancar la respuesta a sangre y fuego del terrorismo de Estado -primero, con la derecha del peronismo, y luego, con los militares-, cuya concepción perversa e ilegal quedó históricamente condenada, junto con quienes dieron las órdenes desde lo más alto del poder, durante el gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Lo que siguió después fue marketing político, porque el peronismo, unido detrás de la candidatura de Ítalo Luder, estaba comprometido en 1983 con la autoamnistía dictada por los militares.

Junto con la bondad y la voluntad conciliatoria de los argentinos deberá derramarse sobre la sociedad argentina el bálsamo bienhechor de decirnos la verdad, que muchas veces insatisface, porque no es ni blanca ni negra. Lejos de criticar el viaje de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a Roma para la asunción de Francisco, debemos celebrar su presencia allí y hacer votos porque el encuentro con el Papa la haya inspirado para actuar, entre otros, en este terreno que debe merecer la especial atención de los argentinos, a juzgar por lo que el mundo expresa respecto de todos nosotros..

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