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La trama del kirchnerismo y sus promesas incumplidas

En Vamos por todo (Sudamericana), Marcos Novaro y Eduardo Levy Yeyati muestran los claroscuros de la experiencia política iniciada en el país en 2003

Domingo 24 de marzo de 2013
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El año 2012 resultó particularmente fértil en decisiones y sucesos desafortunados para el gobierno nacional. Si hilamos fino, podemos contar cerca de una docena de ellos, a razón de uno por mes (...).

Veamos algunos ejemplos: las idas y vueltas con la sintonía fina y el recurso desesperado al cepo cambiario; Once y la continuidad de ministros y políticas en el área; la defensa a rajatabla de Boudou frente al caso Ciccone; la indefendible postulación de Daniel Reposo a la Procuradoría General en reemplazo del renunciado Esteban Righi; la negativa a atender los reclamos de la CGT y la ruptura con Moyano; los intentos de ahorcar financieramente a Scioli, a Peralta y a otros gobernadores con ansias de autonomía; la reacción intempestiva ante los cacerolazos de septiembre y noviembre; las marchas y contramarchas en el juicio de los holdouts ; las infaustas conferencias de CFK ante estudiantes de las universidades de Georgetown y Harvard, en los Estados Unidos; el promocionado 7D y su anticlimático desenlace, seguido por la pelea abierta con la justicia (que no respetó ni a la respetada Corte Suprema); y, para culminar, la desatención de tensiones sociales y políticas que desembocaron en los saqueos de vísperas de Navidad.

Ha habido sin embargo, en esos doce meses, un error que sobresalió y en alguna medida determinó a todos los restantes: el modo en que se encaró la falta de un candidato para la sucesión presidencial. Porque si, al comenzar su segundo mandato, CFK y sus seguidores tenían varias opciones a mano para encarar la cuestión, terminaron eligiendo la peor: anunciar a través de voceros oficiosos y gestos indirectos que harían todo lo posible y necesario para habilitar la re-reelección, sin aclarar encima cómo se pensaba lograrla, con qué estrategia y aliados, ni si se considerarían otras opciones en caso de que ésta se frustrara. En otras palabras, fueron por todo, sin Plan B a la vista, y en esta ocasión sin siquiera Plan A.

El merchandising K, el 1ero de marzo, en las afueras del Congreso
El merchandising K, el 1ero de marzo, en las afueras del Congreso. Foto: Ricardo Pristupluk

El objetivo gubernamental era claro: generar el máximo de incertidumbre dejándose abiertas todas las opciones disponibles, o imaginables, para postergar el inevitable síndrome del pato cojo (la analogía con la que los politólogos describen la pérdida de poder de un presidente que tiene fecha de vencimiento, porque no puede ser reelecto). Pero el problema fue que, en vez de ganar tiempo, el gobierno comenzó a perderlo.

Ante la falta de precisiones sobre las reglas de sucesión se debilitó la coalición oficial y se alentaron las resistencias. A los que aún querían cooperar, soñando con que se los dejara participar de la competencia por la definición de candidatos, o bien que Cristina finalmente los señalara como los elegidos, no se les ofreció ninguna señal de que algo así pudiera suceder, con lo que se los estimuló más bien a guardar distancia y explorar otras vías (tal sería, en particular, el caso de Scioli). En tanto, a quienes aunque fuera a regañadientes estaban dispuestos a alinearse detrás del proyecto re-reeleccionista, como era el caso de muchos otros jefes distritales y sindicales del peronismo, tampoco se les ofreció más que un futuro incierto, así que cuanto mucho hicieron declaraciones de conveniencia a favor de "Cristina eterna", mientras se ocupaban ellos también de dejar abiertas sus opciones con otros candidatos y otras alianzas (...). Así, los escarceos re-reeleccionistas promovieron la movilización opositora y desarmaron el frente interno oficial, más rápidamente de lo que cualquiera pudo esperar de un gobierno que arrancaba con el apoyo del 54% de los votos y enormes recursos institucionales, y que tenía delante una oposición débil y dispersa.

Recordemos que, en los meses finales de 2011, mientras Cristina alcanzaba el cénit de su popularidad, con entre 65% y 70% de adhesiones, los políticos opositores sufrían el escarnio público, enfocado tanto en su muy pobre desempeño desde 2009 en adelante como en las dificultades para imaginarles un futuro algo más promisorio. Sin embargo, pocos meses después, a horcajadas de una opinión que en más del 70% se oponía a rajatabla a la re-re, esos políticos, más unos cuantos peronistas hasta entonces silenciosos, estaban ya a la ofensiva, levantando las banderas de la república en plazas colmadas.

En el marco que ofreció esta "no estrategia" de la re-reelección, la seguidilla de infortunios listada más arriba (síntomas de viejos y nuevos errores) se volvió tanto reflejo como alimento del debilitamiento del enorme poder presidencial que CFK había sabido construir durante el año anterior (...).

Las opciones disponibles

Después de la victoria de octubre de 2011, Cristina Kirchner tenía al menos tres opciones para resolver el dilema sucesorio. La primera consistía en fabricar un sucesor "del palo", preferentemente sin capital político propio, para lo cual ya contaba con un candidato casi ideal, resistido internamente pero no sin capacidad de aglutinar apoyos transversales en una elección general. ¿No había sido acaso ésa una de sus razones para designar a Amado Boudou como compañero de fórmula?

La segunda opción pasaba por instrumentar el proyecto que le ofreció servicialmente Eugenio Zaffaroni, el "juez amigo" de la Corte. La idea de Zaffaroni era concretar una amplia reforma constitucional, orientada a crear un sistema semiparlamentario, en el cual Cristina podría volver a ejercer la presidencia o bien convertirse en primer ministro, conservando y prolongando buena parte de su poder. La tercera alternativa era activar el PJ habilitando un proceso de competencia por las futuras candidaturas, regulado de modo que los contendientes se desgastaran unos a otros y se vieran obligados a cooperar con la presidente, prolongando su control de la situación.

Ya comentamos en el capítulo anterior el motivo de la clausura temprana de la primera opción: Ciccone. Pero ¿por qué no adoptó ninguno de los últimos dos caminos?

Podemos imaginar varios motivos: el rechazo tradicional de los políticos argentinos a reconocerle al Parlamento más funciones de las que ya ejerce, la desconfianza que siempre había experimentado Cristina frente a los dirigentes "pejotistas", su resistencia más general a someterse a reglas y a negociar acuerdos. Pero probablemente haya influido más que nada su convicción de poder lograr por sus propios medios mucho más de lo que cualquiera de esas alternativas le ofrecía (...). El 54%, entendido como logro personal y prueba de infalibilidad, seguramente alimentó ese espejismo. Y un coro genuflexo terminó de convencerla de ir por todo, sin negociar ni acordar nada con nadie. A riesgo de quedarse sin nada.

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