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El Gobierno está desnudo y las sotanas no alcanzan

LA NACION
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Claudio Jacquelin
Domingo 24 de marzo de 2013
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El huracán Francisco no sólo hizo temblar los cimientos del relato y abrió divisiones en el kirchnerismo. También dejó a muchos de sus más prominentes miembros expuestos a la intemperie, sin la hojarasca retórica con la que camuflaban precarias construcciones.

Antológico y digno de ocupar el podio de las revelaciones fue el discurso ante la asamblea de Carta Abierta del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González. Por primera vez en una exposición pública, el bibliotecario oficial se alejó de sus crípticos barroquismos dialécticos y fue directo y comprensible para las mayorías. Tal vez, el primer milagro del primer papa argentino.

Tan directo fue González que no sólo logró que se lo entendiera sino que sus palabras sólo pudieron interpretarse en un solo sentido. Lleno de significantes, su discurso mostró a pleno la frustración e impotencia que embarga a los intelectuales que le dieron al kirchnerismo el concepto más exitoso para dominar la batalla cultural hasta hace una semana. Esa batalla cuyo desenlace la llegada de Francisco pone en cuestionamiento, como el mismo González lo admite.

La idea fuerza de la "restauración conservadora destituyente" contra el gobierno nacional y popular, acuñada por Carta Abierta en medio del conflicto con el agro, fue tan potente que permitió en los últimos cinco años no sólo consolidar las bases de sustentación del kirchnerismo sino, también, ocultar tanto las múltiples fisuras entre el relato y la realidad como las diferencias internas.

El concepto resultó homogeneizador hacia adentro y permitió construir hegemonía hacia afuera. Hasta que apareció el papa argentino, "campeón de los pobres", como lo calificó Obama y como vinieron a publicitar miles de entusiastas testimonios y algunas poderosas imágenes.

Por eso, la frase más repetida de González en su discurso fue: "No puede ser". El intelectual cristinista expuso igual perplejidad y recurrió a la misma solución que suelen mostrar los hombres que sólo pueden explicar sus convicciones por la fe cuando los hechos ponen en duda sus creencias. Optó por negar la existencia. "No puede ser", repetía con tanto histrionismo como convicción. Igual que esos telepastores programados para condenar todo lo que contradiga sus prédicas.

Es lógico. Bergoglio ha expuesto antes y Francisco ahora visibiliza sin maquillaje ante el mundo entero realidades sombrías de la Argentina a las que diez años de gobierno popular no sólo no han podido poner fin sino que el oficialismo ha negado con la pretensión de hacerlas invisibles. La pobreza, la corrupción y el autoritarismo son lo que el cardenal ha denunciado y que el flamante Papa denuncia en cada oportunidad que se le presenta desde que aceptó el pontificado.

Se entiende que después de las primeras 48 horas de conmoción, desde la Casa Rosada hayan intentado con desesperación ser cobijados por el blanco atuendo pontificio y se hayan acallado todas las voces de algunos de sus propagandistas que se empeñaban por salpicarlo con poco éxito.

El huracán Francisco lo ha dejado expuesto. El Gobierno está desnudo en cuestiones demasiado sensibles, al relato cada vez le cuesta más revestirlo y parece que no hay sotanas para todos. O tal vez coticen en dólares.

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