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Realismo trágico (en dos minutos)

La devaluación del peso y de la palabra

Enfoques
 
 

Ahora que el kirchnerismo es súbita y parejamente católico (la conversión religiosa exprés se hizo en 48 horas e incluyó hasta a Hebe de Bonafini), será pertinente releer el Evangelio, súbita y parejamente reimpreso en Ciccone.

Dice Juan (Manuel Abal Medina) 2: 1-13: "Al igual que en las bodas de Caná, en Argentina también se vivía una fiesta: la fiesta del consumismo. ¿Quién se casaba aquí? El pueblo con «el modelo». Mas de repente el cielo se ennegreció y la música dejó de sonar. Entonces Cristina -nuestra María ("si no puedo ser Dios, seré su madre, ¡nunca menos!")- llamó a su hijo Jesús y le secreteó algo. Fue así que Jesús obró el milagro: colocó ya no seis tinajas de agua sino seis fajos de pesos... y los convirtió en dólares".

"Al ver que la plaza no se había secado de dólares y que haciéndose de ellos podría hacer frente al azote de la inflación, el pueblo siguió bailando y riendo. Y Cristina, comprendiendo que la fiesta duraría al menos hasta octubre, tuvo una epifanía:

-¡El que no apuesta a Jesús pierde!"

Cerremos ahora el Evangelio e intentemos una primera conclusión: el hombre es alma y bolsillo. Cielo y tierra. Queriendo pesificar las operaciones inmobiliarias y emprendiendo la batalla cultural contra la "moneda extranjerizante", el Gobierno quiso imponer a la fuerza otra religión. ¿Y qué fue lo que comprendió, no sin dolor, la Presidenta en estos últimos tiempos? Que no se puede ir contra el Papa. Y no se puede ir contra el dólar. Porque ambos son refugio de valores.

Cuando una joven de 25 años de La Cámpora, ubicada en un alto puesto en un ministerio, aletea de alegría al cobrar sus 40.000 pesos mensuales, muy lejos -como a 200 metros- en el Ministerio de Economía, se produce un tsunami: el gasto público rompe todos los récords, obliga a emitir y genera inflación.

Ésta puede ser una maniquea e incompleta teoría del caos. ¿Pero quién se atreve a decir que no es en parte correcta? Los gigantescos subsidios a la energía y al transporte, tan necesarios de implementar en 2003, pero que en 10 años no pudieron ser sustituidos por un esquema más genuino, sumados al elefantiásico costo de la planta permanente K y su aparato de difusión, tienen echando humo a la maquinita de la Casa de Moneda. Los billetes de 100 salen del cajero tan flamantes, tan sin un doblez, que no pueden ser ciertos. Entonces la gente corre a refugiarse en moneda extranjera y el Banco Central es obligado a bajar el precio quemando sus dólares. ¿Se ve la chimenea? Fumata verde. Eso significa que el peso nunca será papa.

Moneda y palabra son herramientas de intercambio. El Gobierno está devaluando ambas. Y si no, escuchen al diputado por el Frente para la Victoria Roberto Feletti: "No hay que preocuparse por la escalada del dólar blue porque no es téster de la economía".

Si uno osara recordarle a Feletti que en la Argentina cada aumento del dólar en los últimos 30 años fue seguido de un aumento de precios, sería acusado de defender intereses foráneos. Así es el Gobierno: te da la hostia de plástico y si no tragás te dice vendepatria.

¿Por qué hasta Hebe de Bonafini "devalúa" su propia palabra, transformando su opinión sobre Bergoglio en positiva? Devalúan para ponerse "competitivos". Francisco les copó el mercado discursivo.

Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él.

Pronto los guionistas oficialistas terminarán de coser la historia y verá la luz alguna anécdota improbable que tenga de protagonistas al Papa y a Él, compartiendo un mate en una barriada.

A la película de Néstor le están por agregar una escena..

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