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Las caleidoscópicas miradas sobre el Papa

Opinión

Por   | Para LA NACION

Una mujer, que se identifica como "Marta de Monserrat", visiblemente conmovida, confiesa en un reportaje radial: "Estoy muy emocionada y esperanzada. Tengo una rara enfermedad en el hígado, me trataron muchos médicos sin resultado, pero creo que ahora con el nuevo papa, los tratamientos resultarán y me voy a curar". Dice haber conocido a Bergoglio en la calle, entrando en el subte, y haber intuido que ese hombre humilde tenía pasta de santo. Es uno de los tantos testimonios emotivos que pudieron recogerse estos días en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas.

En otro plano, articulado y argumentativo, un intelectual mediático argentino escribe en el blog de un diario español una diatriba contra la Iglesia Católica y el Papa, afirmando que su nominación significará una ruina para la cultura y la sociedad. Este detractor teme, a escala local, "el schock de cristiandad" que puede abatirse sobre el país, asimilándolo a una plaga mortífera. Y a nivel internacional anticipa aún peores consecuencias por obra de una institución a la que considera represiva, supersticiosa, autoritaria y dogmática. Es decir, enemiga acérrima de la democracia y la libertad modernas.

Acaso la mujer enferma que espera una curación milagrosa y el intelectual mediático que repite la vieja mueca anticlerical representan posiciones emblemáticas contradictorias en relación con Francisco, el nuevo jefe del catolicismo. Si Marta de Monserrat y nuestro Voltaire se encontraran, el diálogo sería muy difícil, si no imposible. La mujer no entendería tanto encono hacia una persona que considera irreprochable e inspirada en Dios, y el intelectual posiblemente la despreciaría como una víctima más de la manipulación religiosa.

Estos extremos ilustran las múltiples y diversas formas en que una sociedad, a la vez posmoderna y aldeana como la argentina, puede asimilar un acontecimiento histórico. En este caso, particularmente difícil de decodificar: un compatriota, que era dignatario eclesiástico pero vivía sobriamente y caminaba por la calle como uno más, es inesperadamente revestido de un poder histórico e insondable que fluctúa, metafóricamente, entre el cielo y la tierra. Un hombre oscuro y anónimo para la mayoría, que podía sentarse al lado de uno en el colectivo, se transforma en un líder mundial celebrado, ensalzado y también cuestionado en el infinito juego de resonancias y amplificaciones que producen los medios de comunicación modernos.

El fenómeno desborda. Y opera como un test proyectivo. Sobre la imagen del elegido, construida en pocas horas por una formidable maquinaria mediática global, se imprimen las impresiones de cada uno de acuerdo a su procedencia, intereses, creencias, señas biográficas, profesión, edad, género, educación. En cierta forma, cada uno ve en el nuevo líder lo que busca y desea, orientado por el informe de los medios y los relatos cotidianos, inmediatos.

Los modos de asimilación, aun en su múltiple variedad, responden, sin embargo, a ciertos patrones que pueden discernirse. Se me ocurre una primera distinción: la recepción de las elites políticas, religiosas e intelectuales y la de las masas. No es lo mismo Francisco para unos y para otros. Marta de Monserrat y el intelectual anticlerical pertenecen a mundos distintos y participan de luchas cuyos códigos y pasiones no son mensurables. Ella espera la salvación, él se apunta en el combate por la primacía del significado de lo acontecido. Ella piensa, acaso ingenuamente, en curarse por intercesión, él desea que su argumentación demoledora prevalezca sobre la de otros intérpretes.

Otras recepciones se multiplican como en un caleidoscopio. La de la política local, que lleva al Gobierno a trocar críticas por elogios y a los opositores a pensar que ocurrió un milagro que enmendará su pobre imaginación; la religiosa, que cruje entre el deseo de cambio y el conservadurismo aferrado al poder. Hay muchas otras formas de asimilar al Papa, contradictorias o concordantes, que el lector descifrará.

Ahora bien, por encima del relativismo de las interpretaciones, que suele dejar un gusto amargo, prevalece una verdad política: las elites son responsables de la calidad de vida de las sociedades. Los líderes mundiales tambalean cuestionados, sean presidentes, pontífices o reyes. Las crisis de legitimidad son fallas del buen gobierno. El nuevo papa lo sabe. Y tal vez deba extraer de las múltiples lecturas de su ascenso fulminante, un precipitado de verdad y justicia que ayude a la ciudad y el mundo.

© LA NACION.

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