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Editorial I

Se acortan los tiempos para corregir rumbos

Opinión

Frente al aumento del dólar y de la brecha cambiaria, el Gobierno sigue actuando sobre las consecuencias, sin atacar las causas del problema

 
 

El aumento en la cotización del dólar en el mercado informal con la ampliación de la brecha respecto del prácticamente inaccesible tipo de cambio oficial es una señal del agravamiento de los desequilibrios de nuestra economía.

Como ha sido habitual en los últimos meses, la reacción oficial ha sido la de introducir más intervención y mayores controles.

En la elección de los instrumentos, el Gobierno incluso no ha descartado entrar en la ilegalidad al disponer fondos para ofrecerlos en el mercado paralelo y así disminuir la cotización. Las órdenes telefónicas del secretario de Comercio sirven tanto para amedrentar a comerciantes y empresarios como para lograr que agentes de cambio fuercen transitoriamente las tendencias de un mercado que los supera. Las amenazas de la AFIP o la presión policial sobre los "arbolitos" responden al temor del Gobierno a un desborde descontrolado. Pero lo cierto es que la fuerza de miles de personas en un mercado como el del dólar informal sólo puede torcerse por muy poco tiempo cuando hay razones fundamentales que determinan comportamientos masivos en otro sentido.

El cepo cambiario fue una respuesta torpe y voluntarista ante la fuga de divisas. Se operó sobre las consecuencias sin modificar las causas. Todo lo que se ha logrado es empeorar el problema. Al aparecer una brecha cambiaria, emergen todos los subterfugios y comportamientos legales y no legales de la gente para hacerse de dólares oficiales más baratos. Se subfacturan o se demoran exportaciones, se sobrefacturan o se anticipan importaciones y cancelaciones de préstamos, se usan intensamente las tarjetas de crédito para viajes y extracciones en cajeros del exterior, etcétera. La consecuencia es obvia: se reduce el saldo comercial y el del balance de pagos, al tiempo que las reservas del Banco Central disminuyen sostenidamente. La gente y los operadores económicos lo advierten e inevitablemente comienzan a percibir una devaluación en el horizonte. Si el Gobierno responde con parches y sin orientación ni programa coherente, la desconfianza se acentúa. Aunque formalmente hay un ministro de Economía, no hay un conductor, sino varios jugadores que han explicitado sus diferencias y contradicciones. Ocurre como si un avión estuviera volando sin plan de vuelo y sus pasajeros se preguntan dónde está el piloto.

A medida que pasa el tiempo sin que se rectifique el rumbo y se ataquen las causas, las distorsiones y los desequilibrios crecen. El tipo de cambio oficial sube lentamente, pero se retrasa día tras día respecto del costo de los productos exportables. Los precios congelados recortan los márgenes de producir esos bienes cuando los salarios, impuestos e insumos aumentan. El gasto público y el déficit fiscal crecen, pese a una generalizada paralización de las obras públicas y a demoras en las transferencias a provincias y programas sociales. Sin acceso al crédito, el Gobierno recurre a la emisión, expandiendo la cantidad de dinero a un ritmo del 40% anual. Los pesos excedentes del sistema sometidos a la inflación buscan refugio en el dólar, aumentando la brecha cambiaria.

Se trata de un círculo vicioso del que sólo se podrá salir con un plan integral que actúe sobre el exceso de gasto público, la restitución del crédito y la recuperación de la confianza. Esto no se logra por decreto. La destrucción institucional, con la erosión de la seguridad jurídica y los desafíos a las reglas de convivencia internacional, han sido mayúsculas. El cambio político, ideológico y moral debe ser sustancial y creíble para poder actuar sobre las causas y lograr nuevos efectos. Si no se produce ese cambio y se continúa improvisando sobre rumbos equivocados, la presión dentro de la olla seguirá creciendo con un final que nuestra historia ya ha conocido..

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