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Del padre Jorge al papa Francisco: el mismo carisma, pero más energía

El Mundo

La sencillez y la naturalidad con que sorprendió al mundo son las que ya traía de su vida pastoral en Buenos Aires, pero, según sus más íntimos, su nuevo rol pontificio le agregó a Bergoglio una serenidad y una alegría que lo muestran renovado y pleno

Por   | LA NACION

De padre Jorge a papa Francisco. Todos los que lo conocen aseguran que Jorge Bergoglio no ha cambiado luego de la elección. Quienes estuvieron con él en estos últimos días destacan que sigue siendo el mismo padre Jorge que llama a sus amigos por teléfono como si nada hubiera pasado.

Pero sí hubo algún cambio: el padre Jorge vestido de blanco, que sorprende por la naturalidad con la que ha tomado el rol de jefe absoluto de más de 1200 millones de católicos del mundo, aparece más joven, energizado, sonriente. Está cómodo en su nuevo rol, irradia luz.

La gente que lo vio en Buenos Aires antes de partir a Roma, el 26 de febrero pasado, para participar de la audiencia de despedida de Benedicto XVI con los cardenales y luego del cónclave habla de un hombre que salió con el rostro cansado, casi apagado. Si nunca le habían gustado los viajes a Roma, esa vez no fue una excepción.

Bergoglio dejó su Buenos Aires querida ya prácticamente jubilado de su rol de arzobispo, cargo al que renunció al cumplir los 75 años, en diciembre de 2011. También partió con la seguridad de que volvería a Buenos Aires (tenía pasaje justamente para hoy); en poco tiempo debía ser nombrado su sucesor, por lo que se retiraría en una casa para sacerdotes jubilados para rezar, leer y hacer esa vida contemplativa, monástica que siempre amó.

Desde que fue electo papa, a Bergoglio le pasó algo que sólo él, quizás alguna vez, podrá explicar. Es el mismo, pero también es otro. Hace lo mismo que hacía en Buenos Aires, pero tiene algo distinto en su semblante -que no se agota en la sonrisa que para algunos en la Argentina era difícil verle- y una agilidad y celeridad de reacción diversas. Parece que hubiese rejuvenecido una década.

Los que lo frecuentaban dicen que hace lo mismo que siempre hizo el ex arzobispo de Buenos Aires. Se refieren a su capacidad de mantener un estilo de vida austero y una actitud humilde -los mismos zapatos gastados de siempre y el rechazo a la cruz pectoral dorada, a la mantilla de armiño, al trono- a la vez que asume y ejerce responsabilidades de gobierno de la Iglesia con altos niveles de exposición.

Es cierto que por estos días hay también un "gran público" argentino, que incluye a no pocos católicos, que descubren, junto con el resto del mundo, ese estilo de vida del ex arzobispo Bergoglio.

¿Por qué? Porque desconocían su agenda diaria y se nutrían de los grandes medios de comunicación que, como era reacio a dar entrevistas, sólo registraban sus intervenciones públicas cuando tocaban intereses políticos y entraban en conflicto con alguna gestión de gobierno, sea nacional o regional.

"Lo que se está viendo en el Vaticano es el auténtico Jorge", dijo María Elena Bergoglio, hermana del Papa. Con ella coincide un ejército de feligreses y ciudadanos que lo conocieron de cerca. Sin embargo, y María Elena también lo admitió, desde que fue elegido "en su cara se ve que está bien, que está en plenitud".

Probablemente Bergoglio empezó a entender que, como en 2005, muchos cardenales comenzaron a pensar en él como candidato, en las congregaciones generales (las reuniones que hubo antes del cónclave). Entonces, su nombre como outsider -el leit motiv era que el candidato debía tener entre 65 y 75 años- comenzó a circular en las charlas de café.

Cuando en la tarde del 12 de marzo el Centro Televisivo del Vaticano transmitió en directo el ingreso, en procesión solemne, de los 115 cardenales electores a la Capilla Sixtina, el rostro de Bergoglio era llamativamente sereno. Ya entonces, cuando las cámaras enfocaban, uno por uno, a los cardenales que juraban, pronunciando una fórmula en latín, mantener secreto, al cardenal argentino se lo veía tranquilo, evidentemente confiado en la voluntad divina, en ese Espíritu Santo que, para los que creen, decide el cónclave.

Ya entonces Bergoglio estaba sereno, entregado. Y ya en ese momento mostraba un semblante rejuvenecido, sobre todo si se lo comparaba con los supuestos candidatos favoritos según los medios de todo el mundo, como el cardenal arzobispo de Milán, Angelo Scola, o el canadiense Marc Ouellet.

"Ahora irradia luz, cuando pude saludarlo el otro día o cuando lo vi salir al balcón central de la Plaza San Pedro, por televisión, porque yo todavía estaba en Buenos Aires, de recordar su gesto cansado me sorprendió verlo tan rejuvenecido", dijo a LA NACION el padre Guillermo Marcó, vocero del ex arzobispo durante ocho años, que viajó hasta Roma para acompañarlo en la misa de inicio de pontificado.

"Es como cuando Moisés bajó de la montaña después de su encuentro con Dios y no lo podían mirar porque su cara irradiaba luz. Es como cuando alguien va a un retiro espiritual y vuelve y no sabe explicar por qué tiene esa luz en los ojos y esa sonrisa en la cara", agregó.

Bergoglio también fue él mismo, pero otro, ayer cuando estuvo por primera vez con Benedicto XVI. Entonces el mundo vio a un papa humilde que irradia energía, llamado Francisco, con otro papa humilde, ahora emérito, que cambió la historia.

El Santo Padre, lanzado contra la corrupción

El diario italiano Sole 24 Ore publica en su edición de hoy un insert con un texto del Papa contra la corrupción institucional y política. Allí Bergoglio describe, de manera minuciosa, "los mecanismos sutiles a través de los cuales surge la corrupción y erosiona los fundamentos mismos de la moralidad".

Se trata de un adelanto del volumen Sanar la corrupción, que mañana saldrá a las librerías italianas en su versión íntegra. "Nos hará mucho bien, a la luz de la palabra de Dios, aprender a discernir las diversas situaciones de corrupción que nos circundan y nos amenazan con sus seducciones", dice el texto. Allí también se alerta sobre la figura del corrupto, que tiene "aspecto de santito, como decía mi abuela", según las palabras del Papa, que, al parecer, también en sus escritos expresa su frescura coloquial.

Con la colaboración de Silvina Premat.

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