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El nuevo papa, ¿modificará a los argentinos?

Opinión

La designación del nuevo papa tendrá un fuerte impacto dentro y fuera del mundo católico de 1200 millones de personas. Una de cada seis personas del orbe confiesa adherir a la fe católica. Sea su fe más o menos intensa, he aquí un dato cuantitativo para tener en cuenta. La distribución de los católicos en el mundo es prácticamente universal, y éste es el significado original de la palabra "católico", una voz de origen griego que, según el Evangelio, proviene de una exhortación del mismo Cristo cuando les dijo a los Apóstoles, sus primeros discípulos, "vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación". De los 1200 millones de católicos, 480 millones son latinoamericanos. El cuarenta por ciento. No puede sorprender por eso que el colegio de cardenales haya designado al fin, aunque sea por primera vez, a un papa latinoamericano, abandonando así una tradición varias veces centenaria que se inclinaba por los papas europeos. Tampoco puede sorprender que los latinoamericanos sientan ahora como "suyo" al nuevo papa, una impresión que se refuerza naturalmente entre los argentinos, cuando había razones demográficas para suponer que el primer papa latinoamericano sería brasileño.

Pero el primer papa latinoamericano resultó ser el cardenal argentino Jorge Bergoglio, quien ya había salido segundo cuando el cónclave anterior eligió al cardenal Joseph Ratzinger, ayer Benedicto XVI y hoy "papa emérito" debido a su renuncia. La primera pregunta que nos surge ante la irrupción de un papa argentino en la cima de la Iglesia es ¿por qué? Los optimistas dirán "porque es argentino" y los pesimistas dirán "pese a que es argentino". ¿Lo eligieron por nosotros o pese a nosotros? En los años veinte del siglo pasado, cuando ser argentino implicaba sentarse en la cima del mundo, nuestro orgullo hubiera sido justificado. A partir de los años treinta y de todas las crisis que vinieron después, es nuestra sorpresa ante la entronización del nuevo papa, al contrario, la que se justifica. En ambos casos, sin embargo, el balance es incompleto por no incluir las características "personales" del papa Francisco en la ecuación.

¿Cuáles son ellas? Primero, la sencillez. Segundo, el amor a los pobres. Tercero, la huida sistemática de toda retórica, de toda vanagloria. Cuarto, una confianza en los designios de Dios que alejan de él toda presunción, como que su santa preferida es Teresita del Niño Jesús. Estas explicaciones responden a una pregunta que muchos argentinos, y sobre todo muchos porteños, se hacen ante la sorpresa de su exaltación: pero ¿cómo no nos habíamos dado cuenta antes de que existía Bergoglio? ¡Caminaba todos los días entre nosotros y no lo habíamos notado! Esta última observación corona a las ya anotadas porque quizás el rasgo decisivo del nuevo papa sea, después de todo, la humildad .

Orgullosos cuando nos iba bien y deprimidos cuando nos iba mal, los argentinos, y sobre todo los porteños, hemos sido ciclotímicos o, como se dice ahora, "bipolares". Cuando fuimos exitosos, nos llevamos el mundo por delante. Cuando las cosas no nos salían, no atinábamos a evitar el desconcierto. Este papa, ahora, nos vuelve a desconcertar. Los escépticos tienden a sospechar que, en el fondo, nada ha cambiado en nosotros. Los eufóricos suponen, al contrario, que algo profundo, misterioso, está cambiando. ¿Qué es, empero, este algo ? A lo mejor la respuesta a este interrogante reside en nuestra propia historia. Cuando nos fue bien, desde l853 hasta 1930, quizás nos fue demasiado bien, inflando nuestra vanidad. Y de ahí en más, cuando nos fue mal, quizá nos fue "demasiado" mal, sobre todo en relación con la vanidad que habíamos inflado. Nuestra ciclotimia resultó así en cierto modo lógica porque en ambos casos teníamos razón, pero también es verdad que, en ambos casos, exageramos hacia arriba o hacia abajo.

Es a estas alturas del razonamiento que esperaríamos aprender algo, quizá mucho, del nuevo papa. La primera etapa de nuestra historia, la de la guerra civil inicial, fue catastrófica. De ella aprendimos también, empero, la lección inicial: la necesidad de acordar. De este aprendizaje surgieron dos documentos fundamentales: el Acuerdo de San Nicolás, y, enseguida, la Constitución Nacional de 1853. Desde 1853 hasta 1930, aplicamos lo que habíamos aprendido: que la vida política debe asentarse sobre la aceptación universal de los principios de la convivencia. Este es el tipo de aprendizaje que inspira a las naciones exitosas, desde de los Estados Unidos a Brasil, Chile o Uruguay. Pero este aprendizaje salvador, lo perdimos, lo desaprendimos cuando, a partir de los conservadores en 1930 y otros émulos que los siguieron por el mal camino, un solo sector pretendió imponer su visión parcial sobre los demás, y ya se llamara ese sector conservador, radical, peronista o kirchnerista, renunciando al principio del acuerdo general en busca de una imposición particular, ya fuera ella civil o militar, de izquierda o de derecha. Y así fue como la Argentina, habiendo perdido en el camino el principio del acuerdo al que había debido su grandeza, no pudo salir del atolladero.

El papa Francisco, argentino y atípico la vez, ¿podrá mostrarnos ahora el camino que habíamos perdido? Que Bergoglio es argentino hasta la médula de los huesos, ¿quién podría negarlo? Pero su atipicidad, ¿no consiste en recordarnos, precisamente, las virtudes que habíamos olvidado? Somos, hoy, un país que ha perdido el hábito, la virtud de acordar. Seamos oficialistas u opositores, a todos nos alimenta la soberbia. Gobernantes y opositores, todos creemos tener razón. El acuerdo entre todos para volver a fundar una república exitosa fundada sobre la base de principios comunes hace décadas que se nos aleja. Si bien no lo declamamos, nuestro principio común es la intransigencia. En función de ella, asignamos todo el mal a nuestros enemigos y todo el bien a nuestros amigos. Y así se forma el círculo vicioso de nuestras pasiones, marcadas en el mejor de los casos por la desconfianza y, en el peor de los casos, por el odio.

Quizá la significación del nuevo papa Francisco sea, especialmente para los argentinos, el llamado a la concordia, gracias a la cual ya nadie "se la cree" ni considera que todo aquel que no piensa como él es su enemigo. Este defecto abunda sobre todo en el Gobierno, pero a lo mejor sería presuntuoso suponer, de parte de los opositores, que si tuvieran o recobraran el poder harían las cosas de otro modo. Porque así como cada argentino ha obrado de una manera cuando tuvo el poder y de la otra manera cuando no lo tuvo, el mal de la discordia nos ha afectado a todos, cada uno a su turno.

Si el papa Francisco pudiera ofrecernos con su ejemplo una lección a los argentinos, a "todos" los argentinos, sería en consecuencia ésta: que tu amigo no es tan bueno ni tu enemigo es tan malo como supones. Que es entre todos nosotros que deberemos tejer otra vez la unión nacional del mismo modo como lo tejieron los firmantes del Acuerdo de San Nicolás, de tal manera que ningún sector se sienta excluido porque perdió las elecciones ni porque las ganó se sienta el dueño de la verdad. Si ésta es la lección del papa Francisco para los argentinos, y si la aprendemos de verdad, se podría decir que es una lección espiritual cuyas consecuencias políticas serían insondables. Y así sería como este papa "espiritual" y nada "político" nos podría reabrir el camino de la unidad, la estabilidad y el progreso que nuestros próceres forjaron y que nosotros habíamos olvidado..

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