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El Decálogo de Kieslowski, según Zaffaroni

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LA NACION
Jueves 28 de marzo de 2013
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Desde el 6 de abril, los sábados a las 22, Canal 7 televisará el Decálogo que el cineasta polaco Krzysztof Kieslowski realizó sobre el final de la década de 1980, inspirado en los Diez Mandamientos. Cada capítulo será presentado por el juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Eugenio Zaffaroni.

Quienes lo hayan visto en el momento de su estreno recordarán que el ciclo concebido por Kieslowski no se proponía ilustrar los mandatos bíblicos ni tampoco se presentaba como la interpretación propia del cineasta sobre aquellos textos. Lo que Kieslowski hace es plantear problemas éticos, camuflados bajo el ropaje anecdótico de situaciones cotidianas, desde las más pueriles hasta las irreversiblemente trágicas. Reflexiona sobre la certeza dogmática con los elementos del interrogante filosófico, porque cada película es una pregunta por el valor de la conducta humana. Dada una ley equis, ¿está bien o está mal que los personajes se comporten de determinada manera y realicen determinados actos? ¿Y hay que juzgar esos comportamientos como buenos o malos en sí mismos o según los resultados que producen?

Las diez películas son altamente valiosas, y ha sido una gran idea rescatarlas para su exhibición sistemática en la televisión pública, con el marco reflexivo que puede aportar un criminólogo como Zaffaroni. Pero acaso ofrezcan un atractivo adicional las tres primeras. Kieslowski filmó su Decálogo en el cénit del posmodernismo y poco antes de que se terminara de disolver el ordenamiento político que había regido el mundo secular desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto de derrumbe y "pensamiento débil", las películas referidas a los tres mandamientos que regulan específicamente la relación del hombre con Dios, ya sea directa, como la que establece el amor y la invocación (amarlo sobre todas las cosas, no tomar su nombre en vano) o mediada por rituales (santificar las fiestas), adquieren una significación especial. ¿Hace bien el padre agnóstico del primer capítulo al evaluar los riesgos de cierta situación según los instrumentos que le da la ciencia? ¿Obra correctamente el médico del segundo film cuando rubrica con un juramento su opinión sobre las posibilidades de vivir o morir de uno de sus pacientes? ¿Se puede culpar a alguien del desaguisado en que se convierte la Nochebuena de la tercera película? Allí, el protagonista se ve impedido de cumplir el mandato de santificar las fiestas por un pecado del pasado. Pero también, ¿cómo hubiera podido honrarlo mejor: permaneciendo toda la noche en el hogar junto a su familia o cayendo por el despeñadero de extravagancias que a la postre evitaron un suicidio?

Toda norma produce automáticamente su propio catálogo de anormalidades. En ese territorio de claroscuros se mueven los fascinantes personajes de Kieslowski.

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