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De la pantalla al libro

Cómo se hace un lector

ADN Cultura
 
 

Hace bastantes años, cuando la Feria del Libro porteña todavía estaba en el predio de Pueyrredón y Figueroa Alcorta, en una de esas noches desapacibles y frías de abril, se desarrollaba una de las últimas mesas redondas del encuentro, que trataba sobre la lectura. Los años no dejan ver, diría Borges, ni recordar tampoco, todos los nombres de los participantes, pero uno de ellos era la entrañable escritora Alicia Steimberg. Como podía esperarse, su ponencia fue deliciosamente irónica y realista. "Cuando yo era muy joven -contó-, ya era raro encontrar gente que leyera; en realidad, leer, y mucho, siempre fue cosa rara, de gente rara."

Han pasado los años, pero las costumbres parecen no haber cambiado tanto, a pesar de que nunca se ha leído en la forma en que se lee hoy en el mundo entero. Los jóvenes, en particular, leen y leen mucho, porque están en contacto permanentemente con textos: textos visuales y textos lingüísticos, en soporte papel y, sobre todo, en pantallas que les exigen, además, interactuar, reescribir, participar, investigar.

Esta nota se pregunta si esos nuevos lectores, ahora que ya no se ven perseguidos por las famosas "lecturas obligatorias" impuestas por el manual o el profesor de turno en el secundario, y pueden elegir con total libertad, siguen leyendo. El mismo interrogante, hecho al azar, entre algunos conocidos, puede servir para empezar a ubicarse en un contexto que por fuerza será siempre incompleto y cambiante. Por ejemplo, Tomás (21 años), estudiante de abogacía, está leyendo ahora, y en inglés, 1984 , de George Orwell, tomado de la biblioteca de su padre. Alan (21) está preparando la tesina para terminar la carrera de comunicación, y tiene un libro empezado que comenzó a leer por placer y que quizás use para su trabajo final: La segunda revolución china , de Eugenio Bregolat, sobre las ideas con que Deng Xiaoping gobernó China en los años noventa. Ana Francisca (25) cursa veterinaria y comenzó a leer Conducción política de Juan Domingo Perón, por consejo de su padre, y alterna esa lectura con historietas ( Maitena , Mafalda y Patoruzito ), pero acota que en el trabajo, muchas compañeras de su edad leen novelas de Danielle Steel.

Están, por supuesto, de manera más sistematizada, los resultados de algunas encuestas hechas a partir del Plan de Promoción de la Lectura nacional. Así, la profesora Patricia Bailoff, que participa en el Plan Provincial de Lectura de La Pampa, en el equipo técnico y también como tallerista, cuenta parte de su experiencia: "Luego de recopilar datos de alumnos ya egresados y recibidos, y también escuchando la opinión de jóvenes docentes, pude observar que el gusto por la lectura permanece y que buscan por distintos medios interiorizarse de los libros actuales, cuáles son los más vendidos o cuáles pueden servirles de acuerdo con sus intereses. También van a bibliotecas o pierden horas en las librerías". La tecnología aparece como una herramienta de ayuda, sobre todo: "Permite el encuentro con los libros y, si no es posible la compra, existe la posibilidad de bajar un PDF, aunque todavía se advierte el gusto por la versión en papel y no tanto la lectura en pantalla".

Un párrafo aparte merecen, para la profesora Bailoff, aquellos otros a los que directamente no les interesa leer: "Aunque están en los primeros años de una carrera universitaria o de un profesorado, no tienen interés por la lectura. Generalmente leen algún texto 'suelto' de Coelho o Bucay, y no leen los diarios, ni siquiera los digitales. No están informados sobre la realidad cotidiana y al preguntarles por el uso de Internet para búsqueda de información o lectura de libros, señalan que no les interesa, pero sí destacan que utilizan mucho Facebook".

De todas formas, de esas encuestas, se desprenden algunos títulos y temas para tener en cuenta. Mario Vargas Llosa, por distintas razones, aparece con más de un texto: Travesuras de la niña mala , La tía Julia y el escribidor ; entre otros, están Fogwill, Cuentos completos ; Juan José Saer, El entenado ; Siri Hustvedt, El verano sin hombres ; por supuesto, Alejandra Pizarnik, Poesía completa ; novelas de Claudia Piñeiro (en especial, Betibú , que figura en listas de best sellers ); Indias blancas , de Florencia Bonelli; Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina , o la trilogía policial de Stieg Larsson, Millennium . Como se ve, elecciones heterogéneas, en las que predominan, además, las hechas por lectoras, porque las mujeres están leyendo más, por lo menos en cantidad.

No a la domesticación

Es cierto que la sociedad puede ser impiadosa con los jóvenes, siempre exigiéndoles ser ese "futuro" inalcanzable, que sus propios padres no lograron conseguir. El filósofo e investigador Hugo E. Biagini ha dedicado su libro La contracultura juvenil. De la emancipación a los indignados (Capital intelectual, 2012) a tratar en parte el tema. Escribe Biagini en la introducción:

 
Ilustración: María Elina. 
 

La estrecha afinidad entre utopismo y juventud presupone una serie de atributos que pueden ligarse con dicha etapa existencial. [...] En ese perfil relativamente singular aparecen matizadamente el inconformismo, la creatividad, el desprendimiento, la preferencia por la acción, el jugarse con osadía, la lealtad, etcétera. Las cualidades mencionadas han hecho que la juventud haya sido glorificada por concentrar todas las virtudes o por su monto de heroicidad y al mismo tiempo se la haya detractado por considerarla fuente de anarquía y perturbación social, con ribetes delictivos.

Es a esa juventud tan pronto endiosada como discriminada a la que la sociedad (sus padres, sus maestros; los adultos, en fin) le pedimos que lea, que lea incluso por lo que el resto no lee ni leerá. Por ello, es muy importante detenerse en este testimonio de una escritora que, como Verónica Sukaczer -también periodista y logogenista; entre otros libros, escribió Hay que ser animal (Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil) y Lindo día para volar (mención especial del premio El Barco de Vapor)-, tiene contacto habitual con los jóvenes porque dirige talleres literarios: "Hace poco, tuve dos experiencias que me trastornaron bastante. Por un lado, un grupo de participantes en un taller literario, todos veinteañeros, se aburrieron soberanamente con Fahrenheit 451 , de Ray Bradbury. Y mi hijo adolescente casi se infarta al tener que leer un único cuento de Poe para una tarea escolar". Un repaso personal de esos mismos textos arrojó la siguiente conclusión: "Me encontré con largas descripciones, diálogos a veces más literarios que reales, con modos de contar que, aunque a mí me siguen apasionando, entiendo que no resulten interesantes para nuestros nativos digitales. Y aquí entran muchos otros elementos que juegan en contra: el caudal cultural de los chicos de hoy en día es decididamente pobre, y por eso no comprenden muchas de las relaciones que el texto hace con momentos históricos o personajes o lo que fuera. También el lenguaje se ha empobrecido, los tiempos de lectura no son los mismos ni de la misma calidad, y las fuentes de distracción son variadas y están encendidas las veinticuatro horas del día".

Las experiencias de la escritora Silvia Plager (su último libro publicado es Boleros que matan , y ahora Sudamericana reedita La rabina ) son tan variadas como los años que lleva dirigiendo su taller literario. "Empecé coordinando los talleres literarios de los años ochenta en el Centro Cultural San Martín, cuando lo dirigía Javier Torre, con gente de todas las edades. Hoy, personalmente, no elegiría tener en mi grupo a alguien de 20 años, porque hay que tener lecturas básicas, que no siempre han hecho, y porque mi taller es de narración, no de expresión". También Plager coincide, como lo hará la mayoría de los entrevistados en esta nota, en que "hay que ser lector primero y después escritor. El que no venera el texto escrito no puede ser escritor". También ella va a destacar que le llama la atención "esa ansiedad por leer el propio texto, antes que leer uno de un escritor consagrado". De todas maneras, reconoce que cuando ella empezó a hacer taller con el escritor Roger Pla ("que tenía una cultura impresionante; si no habías leído nada de filosofía, te recomendaba qué leer"), en esa época también estaban las chicas que leían tanto Corín Tellado como Herman Hesse ( El lobo estepario ), porque eran las lecturas de ese momento. Finalmente, Silvia Plager rescata una "expresión escrita" que le parece importante: "Las largas parrafadas en Facebook de comentarios de libros, que se van armando entre los participantes, y que están muy bien escritas y tienen su valor", y que comprende a gente de todas las edades.

Por esa razón, hay especialistas que creen que un lector, mejor aún, un "buen lector" (porque de eso se trata, en definitiva), puede hacerse como se hace un deportista, un músico, una persona que disfruta de los amigos y de los afectos, o del cine: con acceso frecuente, con disponibilidad del espacio apropiado, del estímulo. Y también de lo que se entienda por "buen, poco o mal lector". Para Lola Rubio, especialista en literatura infantil y juvenil, bibliotecaria, que está actualmente al frente del Área de Obras para Niños y Adolescentes de la editorial Fondo de Cultura Económica, "hay tantos buenos lectores jóvenes como buenos lectores adultos; lectores frecuentes, habituales, en general muy estimulados por su entorno social, familiar, escolar. Lo interesante es pensar que también hay espacio para generar lectores si la lectura deja de estar tan domesticada, tan asociada a los valores, a lo correcto, a la aceptación de pautas. Para muchos jóvenes, leer es casi como mostrar otra forma de obediencia: algo que puede provocar rechazo en muchos de ellos. La lectura tiene que ser un espacio de rebeldía, ya sea por la temática, por el autor, por el momento elegido para leer. La domesticación juega en contra. Cuántas anécdotas conocemos de grandes lectores que leían a escondidas o leían textos no admitidos (incluso prohibidos), o lo hacían robando tiempo a otras tareas, e incluso enfrentándose a adultos que aseguraban que leer era una pérdida de tiempo. No tendríamos que equiparar el goce de la lectura con el cepillado diario de los dientes".

Se pueden buscar, entonces, otras maneras de interesar a jóvenes (y adultos) en ese ámbito tan personal e inasible. En principio, ellos mismos se encargan de hacerlo. Por ejemplo, confiando en la recomendación de sus pares, que se da ahora a través de las redes sociales y que permite así convertir -o no- el libro en fenómeno. Como dice la periodista y editora de Norma, Hinde Pomeraniec, "ahí están lo que se llama fandoms , que son nuestros viejos clubes de admiradores. Pueden ser de libros, de series, de cómics". Estos lectores, muchos de ellos a punto de terminar el secundario, "aman las fan pages y debaten, discuten y hasta les dan ideas a los guionistas o escritores para segundas, terceras o cuartas partes".

Para Pomeraniec, los temas todavía siguen divididos "entre los lectores que buscan sólo fantasía, distopías y realidades paralelas, y aquellos que prefieren historias más reales, más cercanas, son ésos a los que de adultos les va a gustar leer biografías. Los primeros suelen ser lectores voraces, que consumen grandes tomos; los segundos son más vagos, y por lo tanto les produce tremenda felicidad llegar al final de un libro".

La vida misma

Esa circulación de la lectura a través de las redes sociales es una de las características más importantes para rescatar hoy. Si bien Eduardo González, autor de novelas juveniles y policiales, está convencido de que los jóvenes lectores provienen de familias lectoras en las que se comparten charlas y opiniones sobre los libros que se publican o se leen, esos libros finalmente hoy forman parte de lo cotidiano, de la vida. "Están los lectores de blogs que se enteran de las opiniones con sus pares a través de la Web. El cine es otro medio de abordaje a la lectura, como así también algunas series, ya que muchos llegan a los libros después de verlas: Crepúsculo , Los juegos del hambre , Juego de tronos ", películas que también comparten con los adultos, por lo que se da un interesante intercambio generacional, como cuando en la casa todo el mundo leyó la serie de Harry Potter. Para González, también es importante la temática de algunos títulos:

Llegan a ser best sellers aunque tocan temas como el abuso sexual infantil, el filicidio, el fratricidio o el vampirismo. Por eso, estoy convencido de que un joven sabe por qué elige un libro, por qué lo compra. Entiende perfectamente qué quiere leer a la hora de comprar un libro, porque la Web ha permitido la diversidad y esa situación para un joven inquieto es maravillosa.

 
Ilustración: María Elina. 
 

La vida misma parece encargarse de darles a estos lectores actuales muchas más oportunidades que las que tuvieron sus mayores. También Eduardo González recuerda una anécdota muy interesante al respecto: "En el festival BAN [el de la Novela Negra de Buenos Aires], estábamos debatiendo sobre el policial juvenil, y dos profesores de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, comentaron que sus alumnos leían empleando soportes electrónicos y también papel; en especial buscaban libros usados, sobre todo, las primeras ediciones del Séptimo Círculo".

Es evidente, entonces, que las nuevas tecnologías tienen su lado altamente positivo. Los que frecuentan Twitter, ese reino de la "escritura corta" por lo de los 140 caracteres, saben que son infinitas las posibilidades de recibir y dar recomendaciones sobre todo tipo de lecturas. Así, está por ejemplo, desde Venezuela, @QuéLeer -sus integrantes se autodefinen como "lectores caseros que buscamos experiencias literarias, para enriquecer nuestro intelecto y nuestras bibliotecas" ( www.queleer.com.ve )- un colectivo, como les gusta decir a los españoles de España, que hace, además, entrevistas a distintos autores, generalmente una vez por semana, cuyo pensamiento se va desgranando -nunca mejor usado el verbo- a lo largo de decenas de tuits; al final de la entrevista, se hace una pregunta sobre un libro en particular del escritor, y aquellos tuiteros que aciertan ganan un ejemplar de la obra mencionada. Una de sus últimas recomendaciones ha sido esta: "@QuéLeer esta Semana Santa: Novelas Ejemplares de Cervantes en #ebook. ¡Mirad qué portadas más originales! http://ow.ly/joziS". De estos ejemplos, hay muchísimos en la Red.

Para Daniel Divinsky, creador de la ya mítica Ediciones de la Flor, no hay todavía datos fehacientes como para conformar estadísticas tan completas sobre el fenómeno de la lectura, tanto en soporte papel como en pantalla. Para él, estamos viviendo un poco el imperio de la cultura adolescente, porque la lectura en pantalla es predominante en un público cuya edad promedio son los 20 años. Por eso quizá también el auge de la novela gráfica; la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) que realiza anualmente envíos colectivos a las bibliotecas de todo el país y que siempre consulta a los bibliotecarios para hacer sus encargos, compró mucha novela gráfica a Ediciones de la Flor -específicamente, Los dueños de la tierra , de David Viñas, con adaptación de Juan Carlos Kreimer e ilustraciones de Dante Ginevra-, "y eso es porque esa debe de haber sido la recomendación", concluye Divinsky. Con respecto al humor gráfico, un plato fuerte de su editorial, también señala que ya son varios los autores que le comentan que, a raíz del número creciente de seguidores en las redes sociales, ese fenómeno levantó la demanda en la venta de sus libros.

Este otro fenómeno, la llamada "novela gráfica", ha merecido un libro: el del historietista español Santiago García - La novela gráfica , Astiberri Ediciones, 2010-, en el que su autor opina que no se trata del equivalente a una novela literaria, ni es un género, un formato o una temática, sino más bien una intención, una decisión consciente de un autor "de hacer un tebeo adulto", una decisión fundada sobre todo en la libertad que se ha conseguido en el transcurso de la historia y en la conciencia de autor, que en opinión de García es el punto clave del nuevo cómic. Independientemente de que estemos o no ante un nuevo género (aunque su denominación lo sea), el trasvasamiento de la novela gráfica al ámbito local puede llegar a dar resultados interesantes, y no es menor el hecho de que una institución como la Conabip haya decidido hacer una compra grande de una obra como la de Viñas que, en su época y aun ahora, por su valor literario e histórico, sigue siendo profundamente cuestionadora.

Otras voces, otros caminos

Todos los entrevistados están de acuerdo en señalar que un escritor debe ser (sí, obligatoriamente) un muy buen lector. ¿Se cumple este apotegma hoy? Una experiencia interesante es la que está haciendo Casa de Letras (CdL, www.casadeletras.com.ar ), la asociación civil creada en 2006 y dedicada a "enseñar y desarrollar integralmente la lectura, la escritura, la narración oral, y los universos vinculados a ellas". Su directora, Blanca Herrera, cuenta que los integrantes de CdL ahora han decidido crear la Escuela de Escritura Online, que comenzará sus cursos en abril próximo. "En realidad, esta idea surgió porque gente de otros lugares, Rosario o Neuquén, por ejemplo, no podían asistir a nuestros cursos presenciales; se trata de recrear en un aula virtual las condiciones de intercambio y comunicación entre docentes y alumnos propias de un aula presencial". Lo que Herrera destaca es que, en la formación que ellos dan, el tema de la práctica de la escritura tiene la misma entidad que la de la lectura, aunque aquí se trate de una lectura "para escritores": herramientas técnicas, artilugios, etcétera, importantes de reconocer cuando se está intentando escribir un texto literario.

Con respecto a las lecturas que pueden tener los que se acercan a cursar en CdL, dice Herrera que "el espectro es heterogéneo en cuanto a las edades; en su mayoría están entre los 25 y los 40 años, aunque hemos tenido asistentes de 70 años y más. Aquí se da también, como arrastre del secundario, el fenómeno de la pobre o mala comprensión de textos. E incluso entre los más jóvenes, que vienen porque quieren escribir, ocurre que no quieren leer, están enamorados de sus textos y no están interesados en leer los textos de otros, aunque se trate de Borges o de Nabokov". Por eso, en las reuniones de claustros, se ha acordado con el equipo de profesores, todos escritores conocidos y que producen su propia literatura, trabajar primero con la lectura y análisis de textos literarios.

"Hay un ejemplo muy interesante -cuenta Blanca Herrera- y está relacionado con un texto clásico, por su belleza literaria y porque se da siempre en el secundario, «El hombrecito del azulejo» de Manuel Mujica Lainez. Cuando fuimos a una escuela para leerlo en voz alta -nosotros hacemos alianzas con distintas empresas, como parte de su responsabilidad social empresaria, para ir a contar historias a las escuelas y así crear un vínculo recreativo y afectivo con la literatura-, sólo entonces los chicos parecieron comprenderlo, tanto que después se lo contaban ellos al maestro." Conclusión: CdL recupera el valor de la narración oral, para adultos también, en sus cursos de narradores orales, "a partir de los cuales, se han formado grandes lectores".

Leer para ser feliz

Lola Rubio vuelve a definir muy bien este proceso vital tan particular que es elegir qué se quiere leer:

Comparto la idea de que hay un tiempo, un tiempo interno, que requiere de cierta suspensión mental, o de una inmersión total más propia de un mundo analógico que va a contramano de este mundo digital que transitamos, hiperapurado y que superpone estímulos. Me parece que sí tenemos dos lógicas en tensión. La lectura de ficción (o de alta demanda de concentración, lo mismo que si se trata de no-ficción) pide y proporciona aislamiento. De ahí todas las metáforas vinculadas a los mundos que conocemos mientras leemos, o de estar en otro mundo gracias a la lectura. Esta lectura rechaza otras distracciones. Cuando se está metido en una lectura, uno quisiera eliminar las llamadas, la conversación, todo.

Por eso, y como nos recuerda también el escritor Eduardo González, sigue teniendo inmensa vigencia lo que alguna vez escribió Jorge Luis Borges: "El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el imperativo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz"..

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