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Editorial

Una nueva oportunidad para la reconciliación

Opinión

Es tiempo de que el recurrente llamado al diálogo entre los argentinos deje de ser una mera invocación para convertirse definitivamente en una práctica

 
 

La prédica austera y el ánimo reconciliador del papa Francisco podrían transformarse en una rápida quimera si el espejo argentino responde con la lógica de siempre: un primer embelesamiento seguido de contrición y promesas de cambio que suelen desaparecer con la misma presteza con que la luz se desplaza en el universo.

En las últimas dos semanas, los argentinos hemos pasado de la incredulidad al júbilo y de él a la esperanza de que se está ante una nueva oportunidad histórica que no podemos dejar pasar. La elección de Jorge Bergoglio como papa resultó un bálsamo para muchas más personas que las que profesan la fe católica en nuestro país. Su mensaje de paz, de unión, de simpleza y de una enorme austeridad invita a replantearnos qué hemos estado construyendo -si es que ése es el término- en medio de tanta fabulación, hostigamiento y altanería.

La rápida conversión de la frialdad presidencial en cálido saludo hacia el papa Francisco , sin dudas, sumó un voto positivo en esta necesaria introspección de nuestra historia personal y ciudadana. Recalar en la conveniencia política de esa actitud es un ejercicio avaro, orientado a seguir poniendo escollos en el camino del efectivo cumplimiento del cambio de acciones. El arrepentimiento no puede ni debe agotarse en sí mismo. De lo contrario, una vez más, habremos prometido y reclamado en vano.

En una de sus recientes presentaciones públicas, el domingo pasado, al cumplirse 37 años del último golpe militar, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo que "no se puede vivir en el odio" y que no les dará "el gusto" a quienes quieren que los argentinos se peleen. "No se puede tener la soberbia de pensar que nunca nos equivocamos. Quiero que no peleemos, que nos entendamos. Ahí está la clave. Nos vamos a entender los argentinos de una vez por todas", sostuvo.

No es nada habitual que se manifieste una coincidencia de fondo entre las palabras de la Presidenta y el ideario de la nacion. "No se puede vivir del odio". Claro que no. Menos cuando éste se halla a disposición de exaltaciones emocionales destinadas a perpetuar las diferencias en una sociedad, o peor, para la atención de intereses aún más sórdidos, como el de aquilatar la posibilidad de obtener ventajas materiales en función del aprovechamiento de ideales aparentemente nobles. Tampoco se podría vivir siempre con odio. El que lo padeciera enfermaría sin remedio y dañaría a otros, tanto en la salud psíquica como física, por la transmisión de su grave toxicidad.

La Presidenta dijo que no les dará el gusto a aquellos que pretenden que haya confrontación y agregó: "Quiero que los argentinos nos entendamos". Confrontación siempre habrá, porque es de la naturaleza humana la diversidad de visiones sobre lo que es mejor para el género, pero lo que se ha debatido en los últimos diez años en la Argentina ha sido algo más modesto: si es posible lograr o no una convivencia civilizada dentro de la cual las opiniones encontradas se debatan en concordia.

Si la Presidenta se debate en una transición emocional que la impulsa a manifestaciones llamativas es algo que le concierne en principio a ella. Sin embargo, lo que diga y lo que dé a conocer que siente es, por las funciones que encarna, de interés inmediato para la sociedad argentina.

Curiosamente, ese llamado a un entendimiento no ha sido el único de los casi diez años del kirchnerismo en el gobierno nacional. La propia mandataria ya había apelado a la unidad "de los 40 millones de argentinos" en sus discursos de campaña de cara a las elecciones primarias y a las presidenciales que le concedieron la posibilidad de un nuevo mandato consecutivo como jefa del Estado. "Yo no le guardo rencor a nadie", había dicho en 2011. Dejemos de lado las cuestiones menores", agregaba.

No obstante, pasados aquellos comicios primarios de agosto, en los que obtuvo un importante triunfo, luego reconfirmado en las presidenciales de octubre, no pudo precisar ante los periodistas el verdadero alcance de aquel llamado a la unidad nacional. Cuando se le preguntó si iba a convocar a las fuerzas opositoras, contestó que el Congreso era el lugar para ese debate. No se hizo cargo de la parte que le tocaba. En el acto del domingo pasado, fue más allá al pedir directamente que, entre los argentinos, aflore únicamente lo bueno y lo mejor, dejando de lado "lo malo, lo feo, el odio". ¿Es esta la misma Cristina Kirchner que sólo recordó a las 51 víctimas de la tragedia de Once cuando estaba por cumplirse un año del hecho? ¿Es la misma persona que suscribe las mentiras del Indec, desconoce la inseguridad, minimiza la pobreza y ataca a la clase media?

Si es la misma, bienvenido el cambio. Claro que para corroborar ese vuelco hay que aguardar que se transforme en hechos concretos y se contagie a su equipo de funcionarios tan acostumbrados al garrote, la amenaza y la presión .

Nadie ha estado a salvo de la comisión de errores en la Argentina reciente, de modo que cualquier rectificación respecto de los infortunios incurridos debe ser recibida con la generosidad con la cual se predica la necesidad de la enmienda y el perdón de los pecados. Nadie haría un buen servicio a la República si excluyera de esos beneficios a quien rige desde el Poder Ejecutivo los destinos del país.

Hay una impresión generalizada de que con el Papa salido del barrio de Flores se producirá un fortalecimiento del catolicismo en el país. En buena hora que así sea, pero tengamos en claro que la mayor contribución implícita de Bergoglio a su país de origen deberá abarcar espacios más amplios todavía, sin especificación de religión alguna: el secreto ha de estar en que, por la proyección de su nombre y su obra, crezca un sentimiento generalizado de que íbamos por muy mala senda y que a todos corresponde en adelante un esfuerzo hacia la perfección social: hacia metas de mayor solidaridad, inclusión, igualdad de oportunidades y afirmación de las libertades constitucionales que nadie -absolutamente nadie- está facultado a degradar.

Después de la barricada, siempre sobreviene la evaluación ulterior de las palabras a la luz de los hechos que le siguen. ¿Está siendo coherente la Presidenta entre lo que dice y lo que hace? ¿Cuál es la relación entre el primer reconocimiento que se haya hecho por parte del Gobierno de la "condición humana" de los detenidos por delitos de lesa humanidad, que mueren en las cárceles mientras se glorifica, desde tribunas adictas a la misma Presidenta, el terrorismo que tronchó la vida de cientos y cientos de argentinos y precipitó al país a la más violenta de las represiones, incluso por fuera de la ley, pero en realidad tal como lo había dispuesto, aun antes de la instalación del régimen militar, un gobierno civil peronista? A todos, aquí también, absolutamente a todos, corresponde el íntimo examen de conciencia sobre lo que se hizo para persuadir a sectores juveniles de la sociedad de entrar en un camino de sangre y fuego hacia el que los empujaban algunos de los más crueles totalitarismos de la época, como el de Cuba.

No obstante, pretender dejar únicamente en manos del equipo de gobierno el cambio de actitudes negativas por otras que nos lleven a reconstruir lo roto, sería tan simplista como hipócrita. Los gritos de un funcionario no tendrían poder si no hubiera personas o grupos de personas miedosas de enfrentar la prepotencia y de perder beneficios; la avanzada parlamentaria del oficialismo no se consagraría con tanta facilidad si no hubiera parte de la oposición dispuesta a someterse a esas presiones, canjeando apoyos por beneficios en lugar de pagar los costos políticos de sus decisiones. El arrevesado dibujo de la realidad no tendría sustento de no existir un coro de voces decididas a trocar lo onírico en sustancia y de transformar las derrotas en victorias.

Si seguir el ejemplo de Francisco implica sacar provecho de su imagen para acumular poder interno, ningún cambio podrá esperarse. Ni en el Gobierno, ni en la oposición ni en el total de la sociedad. Todo lo contrario, esa "apropiación" local del Papa desnudará una profunda debilidad.

Como dijo el ensayista Alejandro Katz, en una nota del domingo pasado en lanacion: "Un papa argentino es una buena ocasión para que terminen los discursos mesiánicos". Es una gran oportunidad para separar los mundos entremezclados de la política y de la religión. Una nueva chance para concretar en hechos los ejemplos de despojo que hoy nos deslumbran. Y para que tenga respuesta el llamado que monseñor José María Arancedo, presidente del Episcopado, efectuó en favor de una "mayor convivencia social" pues, agregó, "los argentinos nos debemos gestos de grandeza y de encuentro que nos permitan superar el agravio y la descalificación".

Por eso, en estas Pascuas de Resurrección de Cristo, en las que el espíritu de las grandes comunidades suele estar impregnado de los valores que emanan de la fe, aboguemos porque el llamado a la reconciliación y al diálogo deje de ser sólo eso, una invocación, para convertirse definitivamente en una práctica de la que nos beneficiemos todos..

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