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¿Qué es peor, engañar o engañarse?

Opinión
 
 

Aunque nunca ha conseguido definirlo con precisión, el Gobierno sostiene que cuenta con un modelo de gestión que denomina simplemente el modelo , al cual atribuye su supuesto éxito. La oposición, por supuesto, piensa todo lo contrario: el "modelo" de Cristina es para ella un "antimodelo", que está llevando el país, lenta pero inexorablemente, a la ruina. La mejor aproximación que hemos encontrado al concepto de "antimodelo" fue elaborada por el economista Luis Rappoport en un artículo que hace poco publicó Clarín. Su título es "El síndrome del quebrado".

La palabra "síndrome" es definida por el Diccionario como "el conjunto de síntomas característicos de una enfermedad". Al "síndrome" de la ruina de una persona o de un país, Rappoport lo llama, precisamente, "el síndrome del quebrado". Y lo cuenta como si fuera una anécdota o una parábola, de la siguiente manera: "Unos comerciantes veteranos se juntaban en la vieja confitería Richmond para contarse historias. He aquí una de ellas. Un empresario le pidió algo de plata a un amigo para iniciar un pequeño negocio. Como su proyecto no era viable, no pudo devolver el préstamo. Entonces emitió un pagaré con información falsa sobre su negocio. Cuando venció el nuevo plazo y tampoco pudo cumplir con su compromiso, entregó un cheque diferido de su propia mujer. Al vencer también este cheque, el amigo engañado descubrió que el deudor moroso había falsificado la firma de su mujer. Acudió por ello a la policía, pero el deudor, interrumpiéndolo en el camino, lo mató. Ya en la cárcel, abandonado por todos, el deudor infiel se ahorcó con una media".

"El síndrome del quebrado" cuenta cómo lo que fue al principio sólo una pequeña deuda entre amigos terminó convirtiéndose en una tragedia. ¿Cuál fue el momento preciso de esta fatal mutación? La tesis de Rappoport es que ese momento no fue comercial , sino moral , porque introdujo un nuevo factor que de ahí en más pasaría dominar los acontecimientos: nada más y nada menos que la mentira . Porque lo que perdió al deudor moroso, transformando sus dificultades comerciales en un drama moral que también golpeó a quienes lo rodeaban, fue el preciso instante en que decidió acudir al engaño. No fue la falta de dinero, sino la falta de escrúpulos lo que, en resumidas cuentas, lo perdió.

Si aplicamos la moraleja de esta parábola al caso argentino, resulta que el déficit principal de nuestro Gobierno no es la pérdida de dólares, sino la pérdida de credibilidad . Hay, en este sentido, dos clases de dificultades económicas: aquellas que resultan de que el deudor no puede pagar y aquellas que resultan de que el deudor no quiere pagar . En medio de la tremenda crisis de 2001-2002, la Argentina no podía pagar. Sus dificultades eran "objetivas". Sin embargo, la esperaron y al fin salió del pozo. Diez años después, cuando el país tiene sin comparación más recursos, ocurre lo contrario. Tenemos más recursos, pero no nos creen ni nos prestan. Somos más ricos, pero menos creíbles. Nuestras dificultades se han vuelto "subjetivas". Simplemente, no confían en nosotros. Es que, cuando un gobierno o una persona no pagan porque no pueden, siempre queda la expectativa de que, cuando puedan, pagarán. ¿Qué pensar de aquellos que pueden, pero no pagan? Por más que ahora acumulen recursos, ¿quiénes apostarían por ellos? Los recursos que les faltan son de otra índole que el dinero.

Así llegamos a la paradoja de que, al comenzar los años 2000, el gobierno argentino, que se había quedado sin dinero, aún conservaba credibilidad, mientras diez años después, habiéndose hecho de dinero, tiene un faltante de credibilidad. Quizás el momento crucial de esta pérdida de buena fama ocurrió cuando el Gobierno empezó a manipular los índices del Indec. Ya no éramos tan pobres, pero habíamos dejado, casi al mismo tiempo, de ser confiables.

Aparentemente, el problema que plantea la falta de dinero es más difícil porque supone una acumulación de recursos quizás inalcanzable, pero para eso está justamente el "crédito". La voz proviene del latín credere , que quiere decir "creer". Al deudor honesto y capaz sus acreedores le creen porque confían no sólo en su capacidad, sino también en su rectitud. ¿No nos debiera decir algo a los argentinos, en este sentido, que nuestro Gobierno deba pagar al contado porque ha dejado de ser un deudor confiable? ¿Cuál es su verdadero capital de credibilidad?

Hay un momento fatal para los deudores no creíbles: es el momento en que empiezan a creer en sus propias mentiras . Quizá lo peor, desde el punto de vista moral, es que el engañador engañe a sabiendas. Cuando, al engañar al otro, también se engaña, ¿es más o es menos culpable? Cuando el Gobierno falsifica las informaciones del Indec y disimula, de este modo, por ejemplo, las verdaderas cifras de nuestra pobreza, ¿a quiénes engaña en verdad? Hace poco tiempo, el ahora "papa emérito" Benedicto XVI dijo que, en la Argentina, la pobreza es un escándalo , sugiriendo de este modo que, si hay que combatir la pobreza en todas partes, ella es directamente inaceptable en los países ricos como el nuestro porque en este caso no hay atenuantes.

Es aquí, justamente, donde la diatriba implícita en "el síndrome del quebrado" alcanza su pleno dramatismo. En la rueda de conversadores que imaginó Rappoport, la tertulia culmina cuando uno de ellos reconoce que "lo más importante es no creerte tus propias mentiras". Esta opinión refleja, en cierto modo, el magistral análisis que ofreció Max Scheller acerca del resentimiento, al observar que la víctima principal de este negro sentimiento es su propio portador, ya que el odio que siente contra la persona a la cual se opone termina por deformar su propia percepción de la realidad, induciéndola a graves errores. Supongamos por caso que mi rival me ha vencido limpiamente en un concurso académico. Si reconozco su victoria, optaré por mejorar en el próximo concurso. Si, llevado por mi resentimiento, niego la realidad de su victoria, la perderá de vista y, si no acepto la autocrítica, nunca progresaré. Cuando nuestro Gobierno afirma que le va mal porque el mundo se le ha caído encima, ¿a quién engaña aparte de sí mismo?

¿Qué es peor entonces, engañar o engañarse? ¿El simple engaño a un tercero o el autoengaño? El engaño a un tercero, por ejemplo el de los demagogos al pueblo, puede producir pingües beneficios. Este engaño a sabiendas parece más grave moralmente que el hecho de engañarse a sí mismo, que al menos parece ser más sincero. Pero la frontera entre el engaño y el autoengaño es difusa. El que engaña a sabiendas es un cínico, sin duda. Pero ¿es mejor un fanático, aunque crea a pie juntillas en sus mentiras? Lo que sugiere Rappoport en el artículo que estamos comentando es, más bien, que el autoengaño es un "proceso" en el cual el que engaña cae, casi sin darse cuenta. Empieza por mentir. Difunde después sus mentiras a cada vez más gente, hasta que aquellos a los que ha convencido no lo dejan, ya, desdecirse. Queda prisionero, de ahí en más, de su propia propaganda. En un punto dado, perderá su propia capacidad de autorrectificación. Y aquí culminará su verdadero drama, cuando el que llegó a autoengañarse sigue su camino en busca un engaño masivo que lo vuelva invulnerable a la autocrítica. ¿Cuál será, en todo caso, el punto más vulnerable de la Presidenta si sigue postergando el sinceramiento? Cuando el autoengaño sea cada vez más fuerte y sus frutos cada vez más prometedores, ¿tendrá la Presidenta el coraje de mirar de frente, al fin, el áspero y vivificante paisaje de la realidad?.

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