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Toda semejanza es pura casualidad

Una carrera por las arterias ciudadanas no guarda puntos en común con un autódromo; detalles y características.

Foto: DyN
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LA NACION
Lunes 01 de abril de 2013 • 16:57
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Para quienes se sorprenden con esto de hacer acelerar autos de carrera por las calles de una ciudad, vale la aclaración: la cosa no es nueva. La Argentina supo recibir a los ases europeos hacia fines de los 40 y principios de los 50 para batirse en los paseos peatonales de Rosario, Mar del Plata, Palermo, Retiro o la Costanera, cuando la palabra "autódromo" sólo refería a Monza, Silverstone o Avus. Después, los autódromos poblaron el país y se invirtió la ecuación: los callejeros pasaron a ser lo novedoso.

Vilas en los boxeos del callejero de Baires
Vilas en los boxeos del callejero de Baires. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Hoy, a más de sesenta años, algo está claro y se acentuó: las diferencias entre un lugar creado exclusivamente para las carreras y otro para que se desenvuelva el ciudadano común. Lejos de las similitudes con las tribunas de cemento, el Paseo Peatonal Florencio Molina Campos, repleto de público para ver a las máquinas transitando por la avenida del Libertador, resultó un show dentro de otro. Si hasta la gente parece diferente: a los habituales tuercas que hablan como eruditos cada domingo esta vez se sumaron aquellos que descolocaban a los primeros con sus preguntas: "¿A este circuito va a venir la Fórmula 1?" o bien "¿Traverso ya no corre más?", que levantaban alguna ironía de los más entendidos.

La carrera con el fondo de la Facultad de Derecho
La carrera con el fondo de la Facultad de Derecho. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Al final, y eso es lo bueno, la fiesta fue para todos, más allá de los agoreros pronósticos que siempre rodean a estas patriadas dirigenciales. Fue muy lindo ver los brazos elevando los celulares para inmortalizar las imágenes de un auto, que se asemejaba a la ola futbolística mientras el coche llegaba, pasaba y se iba de cada sector. Nada similar a un autódromo, como si cualquier semejanza con aquéllos fuera pura casualidad. Aquí se escuchaba a los técnicos y organizadores explicarles a los numerosos periodistas extranjeros de qué se trata esta experiencia en esta parte del mundo, en medio de un desfile de coches antiguos de todas las épocas y categorías de la rica historia del automovilismo deportivo argentino...

El desfile de los autos antiguos
El desfile de los autos antiguos. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Desde los más chiquitos trepados a los hombros de sus papás y tapándose los oídos ante el infernal ruido encajonado entre tanto cemento hasta los habitantes de los balcones más altos de los edificios que tenían el circuito a sus pies, todo tuvo otro formato. Un color distinto.

Las casas vecinas, además de la superpoblación de invitados (desde el 7° piso podía verse la totalidad de la pista), se engalanaron con banderas argentinas y hasta varias papales en homenaje a Francisco. A las 13.15 todos entonaron el himno y la ovación retumbó en cada esquina. Entonces, fue el tiempo del ruido y las aceleraciones. Cada toque entre dos autos levantaba el expresivo "uuuuh" y las bloqueadas en la esquina de Libertador rumbo a Tagle hicieron que muchos se tomaran la cabeza. Con banderas de equipos que no participaban (Ferrari, McLaren), los hinchas y nuevos fans quisieron, de algún modo, hacerles entender a los pilotos que estaban allí para recompensar la entrega de éstos. Y entonces, retumbaron los aplausos en el final. Muchos se quedaron con ganas de más, mientras invadían la avenida Las Heras o Coronel Díaz para volver a casa. Quizás en esas ansias de seguir viendo automovilismo en las calles haya radicado el secreto del éxito de esta convocatoria.

Las promotoras del espectáculo en Buenos Aires
Las promotoras del espectáculo en Buenos Aires. Foto: DyN
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