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Guerras argentinas

Opinión
 
 

Hay guerras declaradas y no declaradas, conocidas y desconocidas, frías y calientes, fratricidas y xenofóbicas, raciales y religiosas. Hay guerras que algunos llaman justas. Hay guerras que otros llaman sucias y hasta existen quienes (dogmáticos de la tecnología o del purismo diplomático) hablan de guerras "limpias". A principios de este siglo, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) informaba que más de 90 guerras de todo tipo estaban en curso en el planeta. Quizás hoy son más.

Es muy difícil cuantificar bajas en donde hay guerra. Suelen existir desacuerdos en cuanto a muertos y heridos (porque aumentar, disminuir u ocultar las cifras puede dar réditos políticos o económicos, según quién lo haga). Y cuesta definir qué se consideran bajas. Algunas fuentes calculan que en Irak hubo 100 mil muertos desde 2004 y otras hablan de un millón. El Brown Institute, de Pasadena, prestigiosa institución en materia de estudios internacionales, dice que 225 mil personas murieron en Irak y Afganistán desde aquella fecha a hoy. Se estima en 250 mil los caídos en los Balcanes entre 1992 y 1995. ¿Y los daños colaterales? No hay forma de contar seriamente a las mujeres violadas, los niños huérfanos, los hogares perdidos, las migraciones, los desarraigos, las pesadillas que poblarán y desestabilizarán las mentes de millones de personas para siempre, los efectos que se extenderán de diferentes maneras a siguientes generaciones. Sin descontar, además, a los heridos, tantos de ellos muertos vivientes.

Todo se ha hecho parte del paisaje cotidiano, como el sonido de bombas y alarmas lo es en los países en guerra

Pero no todas las guerras toman forma de tales, aunque lo sean. Si se cuentan muertes evitables, tragedias absurdas, destrucciones irracionales, la Argentina parece vivir sus propias guerras. El año pasado murieron 7485 personas en accidentes viales, según la ONG Luchemos por la Vida, y el 54% de ellas era menor de 35 años. En una década son más de 70 mil los muertos y, como mínimo, otras tantas las familias destruidas. Hay más. A principios de 2011, mientras se discutía en el Congreso una nueva ley de armas, el doctor Hugo Spinelli, director de la maestría en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud de la Universidad Nacional de Lanús, sentenció: "Entre 1990 y 2008, en la Argentina murieron 59.339 personas por armas de fuego, una cifra que supera la cantidad de soldados norteamericanos muertos en la guerra de Vietnam". Pero la sangría no terminó y agrega nuevos nombres día a día. Muchos de ellos de mujeres: 255 fueron asesinadas a lo largo de 2012 (el 63% a manos de esposos, novios, amantes o ex parejas, como lo señala la institución Casa del Encuentro, abocada a este tema), y en lo que va del año la estadística es de una mujer asesinada cada 36 horas. Hay más de un millón 200 mil armas registradas en el país (según el Renar, organismo que las fiscaliza), pero especialistas en la cuestión, como la Red Argentina para el Desarme, estiman que el número de armas ilegales es aún superior. Se nota. Cada día numerosos conflictos, discusiones, enfrentamientos de cualquier tipo y por cualquier motivo, asaltos y vendettas se zanjan con la aparición de armas y la desaparición de vidas. Todo se ha hecho parte del paisaje cotidiano, como el sonido de bombas y alarmas lo es en los países en guerra.

En Malvinas, la única guerra oficial que la Argentina libró durante el siglo veinte, murieron 649 soldados compatriotas. Las guerras intestinas cotidianas no declaradas en el país superan abrumadoramente esas cifras.

Hay guerra de conductores contra peatones, de conductores contra conductores, de motociclistas contra conductores, de hombres contra mujeres, de barrabravas contra barrabravas, de vecinos contra vecinos, de ladrones contra comerciantes, de delincuentes contra ciudadanos comunes. Y hay otras guerras, de palabras, de gestos, de actitudes, de descalificaciones, de amenazas, de injurias, de calumnias, que están a la vista, que se dan entre anónimos y entre famosos, o entre profesantes de diferentes tribus políticas, que también dejan secuelas, heridas, resentimientos. Y prometen venganzas.

La intolerancia, el desprecio por el otro, la ambición cegadora, el interés propio como único, el pensamiento único como dogma. Todo eso crea campos de confrontación y destruye campos de cooperación

Lo peor de la guerra es su naturalización, la creencia de que es inevitable, de que no hay otro camino, en este caso la creencia de que no se puede conducir vehículos de otro modo que no sea transgrediendo y agrediendo, invasiva e irresponsablemente, que no hay otro modo de resolver un desacuerdo que no sea eliminando al oponente, que no hay otro modo de convivir con el que piensa diferente que no sea sometiéndolo, que no hay otro modo de acceder a bienes que no sea apropiándose de ellos y deshaciéndose de su propietario legítimo. Y todas las guerras aquí descritas tienen su origen en las mismas causas. La intolerancia, el desprecio por el otro (por su vida, por sus espacios, por su ser), la ambición cegadora, el interés propio como único interés, el pensamiento único como dogma. Todo eso crea campos de confrontación y destruye campos de cooperación.

Cuando se vive estado de guerra todos se vuelven sospechosos, se teme, no se sale de los refugios (reales y virtuales), se construyen fortalezas de las que luego cuesta salir, se reducen los horizontes y no hay propósitos ni proyectos que trasciendan el hoy, la mera supervivencia. Lo dicen quienes han vivido en ese estado: al final del día se agradece no haber sido el que cayó hoy y se piensa poco en el caído.

Las guerras cotidianas que vivimos requieren urgentemente un alto el fuego. No una tregua para luego continuar, sino un final. Que cada quien baje sus armas, las de fuego, las de palabra, las de cuatro ruedas, todas las armas, y ponga algo (una actitud, un proyecto, una reparación) en un pozo común. Las guerras terminan de verdad y los procesos de cicatrización (siempre largos, nunca fáciles) comienzan cuando se puede volver a reconocer en el otro a un semejante y no a un enemigo, a un ser humano y no a una cosa. Las guerras en las que estamos metidos sólo pueden terminar a fuerza de educación (que empieza en los hogares), de valores (que si no se viven se vacían), de divergencias que, sin anularse, encuentren convergencias fecundantes. Mientras tanto, son guerras que nunca se ganan..

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