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Testimonio

El desconsuelo de ver cómo el agua se lleva el esfuerzo de una vida

Buenos Aires

Gastón entró a la pieza de nuestra hija y comprobó que en el río de barro flotaban la cama, la ropa y los juguetes, pero ella, de 3 años, había desaparecido

Por   | LA NACION

Olivia, ¿dónde está Olivia?" La desesperación alcanzó su punto más angustiante cuando Gastón entró a la pieza de nuestra hija y comprobó que en el río de barro flotaban la cama, la ropa y los juguetes, pero ella, de 3 años, había desaparecido. El corazón se le paralizó mientras a tientas y en la total oscuridad intentaba revolver el fondo de ese caudal inmundo que se había infiltrado en nuestra casa mientras dormíamos.

En esos instantes las demás pérdidas parecían insignificantes. El sillón que todavía estábamos pagando y que flotaba en el living, todos los equipos electrónicos, algún pequeño ahorro escondido en un rincón de la casa, la computadora, la heladera, el auto... Todo había quedado bajo el agua, que nos llegaba hasta arriba de las rodillas. Afuera, el agua cubría los autos hasta la ventanilla. Pero nada importaba: Olivia no estaba y ésa era la única medida de nuestra pérdida.

Gastón entró a la pieza de nuestra hija y comprobó que en el río de barro flotaban la cama, la ropa y los juguetes, pero ella, de 3 años, había desaparecido. El corazón se le paralizó

No hace falta describir el alivio que sintió Gastón cuando la vio sentada al borde del agua, en la escalera del living, sin entender qué pasaba. Él no se había dado cuenta de que en mitad de la noche -por esas cosas que los padres no entendemos y por las que consultamos a pediatras y psicólogos- Olivia se había mudado a nuestra cama. Vivimos en un PH en el barrio porteño de Santa Rita. Olivia tiene su cuarto en la planta baja. Nosotros, en un entrepiso.

Unos minutos antes todos dormíamos en la planta alta, ajenos al desastre que se cernía bajo nuestro lecho. Sin tocar timbre ni avisar, el agua (que no es macrista ni kirchnerista) había invadido nuestra casa, al igual que la de miles de vecinos, y nos había dejado sumidos en la mediocridad.

Dormíamos. El teléfono sonaba y la perra ladraba, pero no los oímos. Insistieron y, al final, poco después de las 6.15, nos despertamos. Gastón atendió. No era nadie. Ya habían cortado. Acostados boca arriba, sin entender qué pasaba, sentimos un sonido como de burbujas que venía del piso de abajo. Ese ruido nos pareció raro. Gastón bajó, medio dormido, y cuando llegó a la mitad de la escalera se encontró con la pileta que inundaba el living. Pegó el grito y corrió a buscar a Olivia; mientras, yo, que sabía que estaba durmiendo arriba, no entendía el porqué de su desesperación.

Yo intentaba rescatar cosas. Subir el sillón, salvar las fotos, desenchufar equipos. Lloraba. Gritaba, rogaba que fuera una pesadilla, y lo era, sólo que de ese sueño no íbamos a despertar.

Cuando abrí la puerta del patio para ver si la rejilla estaba tapada me encontré con Chicha, que nadaba a cuatro patitas para ponerse a salvo. No había nada tapado. El agua había brotado por los desagües e inundaba todo. En el lavadero, el freezer estaba flotando. Cuando bajó el agua quedó acostado, en posición horizontal.

En el pasamanos que hicimos para rescatar algunas cosas, se nos cayó la computadora al agua. Después, mientras nosotros tratábamos de rescatar muebles y equipos comprados en 50 cuotas de abajo del agua, Olivia nos devolvió la perspectiva: estaba preocupada por la suerte que habían corrido las tapitas para el Garrahan. Una grande... nos hizo pensar.

En esos instantes me vinieron a la mente todas aquellas familias inundadas a las que me había tocado entrevistar en todos estos años de periodismo

Agotados, abatidos, cuando nos dimos cuenta de que ni siquiera podíamos abrir la puerta para salir de casa, decidimos subir y acostarnos juntos, otra vez los tres. Teníamos que esperar a que el agua bajara. No había otra. Yo prendí la radio de mi celular, lo único que funcionaba, y comprobé que la ciudad era un caos. Pasaron dos horas y el agua había bajado. Sin fuerzas, bajamos y nos pusimos a limpiar. No sabíamos por dónde empezar. Afuera, en la calle, había autos encimados, pedazos de asfalto arrancados por la fuerza del agua y desplazándose en medio de la vereda. El apocalipsis había pasado por allí.

Tratando de devolver el orden en casa, de cada puerta que abría parecía que iban a salir nadando pececitos. Nos lo tomamos con buen humor, para aligerar la angustia. Olivia, incluso, buscó su pistola de agua y se puso a jugar al bombero loco en medio de la inundación. En el cajón de juguetes, todos los chiches musicales ejecutaban sus melodías, un concierto desafinado en la zozobra. Enseguida empezaron a llegar familia y amigos, todos dispuestos a ayudar. ¡Gracias!

Yo separaba la ropa mojada por colores, levantaba basura, tiraba libros, cuentos y revistas que ya no iban a servir. Era todo un caos. También saqué fotos del desastre. Tal vez, dicen, el seguro de la casa cubra algo. Vamos a ver...

En esos instantes me vinieron a la mente todas aquellas familias inundadas a las que me había tocado entrevistar en todos estos años de periodismo. Poco después del desastre les toqué el timbre y les hice preguntas acerca de cómo se sentía perderlo todo. ¡Qué vergüenza! Esta vez yo estaba del otro lado de la historia. Me había tocado a mí. Podía entender a toda esa gente un poquito más.

Horas más tarde miro la televisión en una casa prestada y descubro que nosotros la sacamos barata. No fue nada en comparación con la tragedia que vivieron algunos hogares. Veo a los otros y me veo a mí. Hermanados por la desgracia, ahora todas las imágenes del terrible temporal me parecen las de la esquina de mi casa..

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