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La fiesta del rock barrial

Espectáculos

Con un show soberbio, Pearl Jam cerró la segunda y última jornada del festival; el barro, un protagonista involuntario

Por   | LA NACION

Los festivales de rock tienen ese no se qué. ¿Viste? Unos suecos irreverentes vestidos en impecable blanco y negro, garageros , punkies y hasta surfers, que disfrazan sus limitaciones con un total conocimiento de cómo hay que moverse en escena para mantener la atención del público; siete ingleses que son la versión nerd de Madness y lo más bailable que propone la jornada y un trío de propuestas que, juntas, bien podrían resumir el adn de la canción norteamericana. En el medio, más de 60 mil personas, el predio de Costanera Sur con unos cuantos metros cuadrados de barro y las propuestas alternativas que convirtieron a la larga previa de Pearl Jam en un festival: los sketches de Capusotto en pantalla grande, un sector reservado para acampar, stands de ONG y los escenarios por los que pasaron una treintena de bandas locales.

Podrán decir que el show de Pearl Jam se pareció bastante a su visita de 2011. Lo que nadie podrá negar es que la fórmula de la banda es imbatible. Más si los clásicos se cuentan por decenas. Quién se apoya en quién, esa es la cuestión. Porque ese frontman que tiene algo de Neil Young y carga sobre sus espaldas la herencia más pesada del grunge, puede beber despreocupado de su botella de vino o cantar en castellano "It's OK", de Dead Moon ("Está bien, está bien...", uno de los pasajes más coreados del día), sin temor al ridículo, gracias a esa base todo terreno que representan Ament-Cameron y a esos dos guitar-hero personificados en McCready-Gossard.

Las dos décadas de intensa vida siguen siendo la columna en la que se basa el show y a través de ella se suceden "Corduroy", "Wishlist", "Hail Hail", "Daughter", "Do The Evolution", "Alive", los covers de Ramones y Young "I Believe In Miracles" y "Rockin' In The Free World", respectivamente y la final "Yellow Ledbetter". Un sauna de lava eléctrico que sirvió para agigantar aún más el mito que rodea a la banda.

Una buena previa

Con el cartelito brillante de banda revelación, Alabama Shakes salió bien temprano a demostrar que su fórmula de folk, blues y soul se sostiene y se propaga gracias a ese diamante que es Brittany Howard. Su caudal vocal, la facilidad con la que maneja los climas, las tensiones y el recorrido que va del drama blusero a la épica gospel, convirtieron su set en un debut impecable.

Más tarde y aún cuando los suecos The Hives no habían cerrado su set en el escenario Este, Hot Chip salió a hacer lo suyo en el otro escenario con cierto fastidio. Su cantante, Alexis Taylor, se refirió al cruce de sonidos con rabiosa ironía: "Gracias a los Stooges del otro escenario". Pero eso no iba a manchar la tercera -y mejor- presentación de Hot Chip en el país. Los ingleses, en su mejor momento y con una formación de siete músicos capaces de desdoblarse para sonar como si fueran varios más, se apoyaron en sus teclados, en sus beats irresistibles, en los hits de su discografía y en In Our Heads , su -excelente- álbum más reciente. Como contraposición, The Black Keys quiso demostrar luego que menos es más. La dupla de Dan Auerbach (voz, guitarras) y Patrick Carney (batería) lució pirotécnica pero tuvo su mejor cara cuando sumó a dos sesionistas, un bajo y una segunda guitarra o teclado, según la ocasión..

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